Desconfió y me resultan hipócritas y despreciables los hombres que en cada oportunidad se desgañitan en halagos hacia las mujeres; esos que pregonan que la mujer es más dulce, más sensible e inteligente y en últimas superior a nosotros. Por mi parte creo en la superioridad del hombre sobre la mujer y seguro no le faltaba razón a quien escribió que “Dios, viendo al hombre tan solo le envió a la mujer para que su soledad fuera mayor”. Entre tantas cosas estúpidas que disfruto está el fútbol y nada es más aburrido para mí que ver un partido de fútbol acompañado de una mujer; sobre todo aquellas que tratan de convencerme que les gusta y hasta se ponen la camiseta y gritan el nombre de un jugador (que no pertenece a ninguno de los equipos en contienda) y cantan goles que jamás se concretan y no entienden porque ellas gritan entusiasmadas y los otros se ponen tristes cuando un jugador del equipo amado hace un gol. Y uno, con paciencia, trata de explicarle que los goles metidos en el propio arco no se celebran y ella replica que un gol es un gol y lo sigue celebrando. Los partidos de fútbol femenino son una cosa tristísima; resulta lamentable verlas correr detrás de un balón y celebrar histéricas una victoria creyendo que eso es el fútbol. No poder disfrutar del fútbol, aun jugándolo, es lo que hace inferior a la mujer.

Cambiando de cancha no creo que existan dudas de que el pensamiento y el lenguaje que lo difunde son masculinos. Cuando una mujer escribe bien para elogiarla los críticos no encuentran nada mejor que decir que “escribe como un hombre”. El mundo, que sepamos, fue creado por Dios y ese Dios creador en la mayor parte de culturas corresponde a un ser masculino: el plácido Buda (que dice no ser dios pero se comporta como tal), el exigente Alá, el tolerante Visnu, el iracundo Yaveh y el ambiguo Papá Dios. Y sus profetas o mensajeros también fueron hombres: Siddharta Gautama (que luego, de gordo, sería Buda), Mahoma, los brahamanes (que son muchísimos manes), Moises y Jesús. La mujer llegó tarde a las decisiones importantes y durante siglos ha vivido a la sombra, hasta en las cosas para las que se supone tiene talento es superada: los mejores chefs del planeta son hombres y la palabra chef es masculina. Los mejores diseñadores de moda, peluqueros, maquilladores son hombres… raros, pero hombres al fin y al cabo.

.Algo que me cabrea de las mujeres es que se sientan orgullosas y complacidas de inspirar poemas y canciones. He visto como suspiran cuando algún casposo poeta de café recita que son “bellas e inalcanzables como la luna”. ¿Acaso no han visto fotografías de la luna? Es un lugar horrible, con más huecos que la calles de Bogotá, ni siquiera es redondo y la luz que emana es un reflejo del sol (que por cierto es una entidad masculina). Y en cuanto a lo inalcanzable basta agregar que tres putos gringos se dieron gusto allí, clavaron su bandera y se largaron sin pagar y todavía no vuelven. No creo que la ternura sea patrimonio de la mujer y más que sensibles diría que son sensibleras; no he visto todavía una mujer estremecerse o llorar leyendo las atormentadas líneas del Concepto de la angustia de Sören Kierkegaard pero si convertirse en magdalenas ante una grasienta telenovela. Cierto que hay mujeres que corren más rápido los cien metros que muchos hombres pero quien, hasta hoy, los corre más rápido es un hombre. No voy a aceptar que ningún idiota oportunista me venga a hablar de la superioridad de la mujer hasta que una de ellas me haga feliz ganándole un partido de tenis al antipático y aburrido Roger Federer. Cuando estudiaba medicina leí que las mujeres tienen genéticamente más resistencia al dolor que los hombres pero no me parece nada divertido ganarle a otro en sufrimiento; prefiero, por supuesto, ser capaz de tolerar más whisky o de comer más hamburguesas “El Corral” doble carne.

Creo que la mujer tiene todo el derecho a expresar su libertad en cualquier sentido pero es lamentable que para ciertas mujeres expresar su libertad se reduzca a imitar al hombre; las frases almibaradas de los poetas y canciones no pueden ocultar la terrible realidad de millones de mujeres que viven todavía en condiciones infrahumanas soportando, para colmo de males, la violencia física y mental por parte de sus infrahumanos compañeros. Se habla mucho de los grandes logros de las mujeres en las últimas décadas que, entre otros, son: haber conseguido votar por los mismos políticos corruptos que siempre han elegido los hombres; andar cada vez más ligeras de ropas –para placer de los hombres–; ponerse las tetas tan enormes como los hombres desean. Ejercer profesiones con la misma ineficacia de los hombres: abogadas en un mundo sin ley; médicas empeñadas en enriquecer a los laboratorios, mientras las viejas enfermedades regresan en versión recargada y las nuevas se hacen indestructibles; economistas en un mundo arruinado y sin futuro económico... Triste verlas deformar sus piernas en horribles deportes mientras, en las gradas, los grandes mamíferos comen papas fritas. Querer llegar tan lejos como el hombre es lo que hace inferior a la mujer. Es como si una imponente águila soñara con ser un pollo congelado.

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