No sé qué odio más, si masturbarme o escribir. Al final de lo primero me invade la culpa, a la vez que me deprimo después de lo segundo. Lo peor es que no puedo dejar de hacer ninguna de las dos cosas.

Escribir es como masturbarse, y viceversa. Está bien que a uno le guste llenar de palabras las hojas, pero es mejor ser fanático de autocomplacerse. Realizar ambas con regularidad es sinónimo de salud mental.

A mí me sirven para sacarme las obsesiones de encima, los malos pensamientos, las imágenes perturbadoras que no me dejan dormir. Nada como una pajilla nocturna para poder cerrar los ojos diez minutos después de haber puesto la cabeza en la almohada. Tanta práctica me ha convertido incluso en ambidiestro, lo que me permite hacer las dos cosas al tiempo cuando me entra la gana.

Me libero de las malas ideas cada vez que escribo, y cuando me masturbo –que no lo hago de arrecho, no vaya usted a pensar mal– logro expulsar de mi cabeza escenas de sexo con mis exnovias, mis amigas, mis compañeras de oficina, las desconocidas que veo por la calle. Es automático, lo hago y dejo de desear.

No creo que el mundo mejoraría si más gente escribiera, porque basta con ir a una librería o entrar a internet para descubrir que cualquier hijo de su madre tiene un libro, o un blog, pero sí creo que éste sería un lugar mejor si más personas se masturbaran sin sentimiento de culpa.

Toda ambición malsana se esfuma con la paja, y no es paja. Inténtelo usted, hombre de grandes metas, que aspira a que lo acepten en una especialización en Harvard, sueña con un carro lujoso, un penthouse, un sueldo con siete ceros a la derecha y esa mujer por la que se ha derretido desde el colegio. Mastúrbese una y otra vez. Verá que al final todo carece de sentido y que se contentará con los pequeños detalles que hacen que la vida valga la pena, como amanecer vivo cada mañana.

Si Álvaro Uribe se la jalara a diario, seguramente no habría aspirado a una segunda reelección, incluso no habría deseado ser presidente nunca. O tal vez sí, porque a veces creo que nuestro ex presidente se masturba como loco, pero pensando en fincas, cultivos de palma africana y caballos de paso. Debe eyacular de sólo imaginarse una carretera destrozada, pero sin guerrilla.

Tengo una amiga. Es pacifista y está estresada porque a su hijo de cuatro años le gusta dispararle a todo con una pistola de juguete que le regaló el papá. Un día me preguntó (no sé por qué, si soy soltero y no tengo hijos) qué debía hacer, cuál sería la mejor forma de desfogarse. Y yo, sintiéndome comprometido con la educación del niño, no tuve otra opción que responderle sin rodeos que masturbarse. Hubo silencio en la sala, donde estaban también los abuelos del infante, que en ese momento jugaba en el jardín de la casa con su pistola mientras les gritaba a unas hormigas que las iba a matar a todas.

Ante el estupor que causó mi afirmación no me quedó otra que poner cara de serio, como si le acabara de dar el consejo que cualquier psicólogo le habría dado, y agregué que no se preocupara, que era mejor que su hijo fuera belicoso ahora, durante su infancia, para que llegada la adolescencia se volviera escritor, o masturbador. Así, garantizamos que de adulto no vaya a querer ser ministro de defensa primero, y presidente después, como Juan Manuel.
 
Publicado en la revista Cartel Urbano. www.cartelurbano.com 

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