Se celebra por estos días la vigésimo segunda Feria Internacional del libro de Bogotá y, como siempre, fuimos todos en manada. Dejaré de lado en este comentario los lanzamientos, las conferencias, charlas y exposiciones, y me concentraré en lo que importa, en lo que no es un divertimento para especialistas: lo que la feria le ofrece a quien la visita con el objetivo principal: comprar libros a buen precio.

Y si decimos buen precio, lo primero que se nos viene a la cabeza es el colosal pabellón de la Panamericana. A excepción de algunas colecciones como la de El País, la que le dedicaron a los premios Nobel de literatura y uno que otro ejemplar de las de El Tiempo, el espacio dedicado a este pabellón hubiera sido mejor aprovechado haciendo una guardería gigante para los niños o al menos una nueva plazoleta de comidas. El efecto es engañoso: uno entra y lo que se anuncia son títulos a menos de diez mil pesos, y entonces todos sonreímos, nos regodeamos imaginando el paquete inmenso de libros con el que saldremos, y la esperanza se va convirtiendo en rabia cuando vemos que entre la autoayuda y el esoterismo no se logra encontrar un solo autor medianamente importante, o medianamente bueno, o medianamente autor. Ni siquiera pusieron un stand de papelería (¿No se supone que la Panamericana es eso, una simple papelería?), como para comprar una cuerda y ahorcarse ahí mismo.

Uno sale ya resignado a gastarse millonarias sumas en libros. Ya se sabe que los precios son los mismos que en cualquier parte y pues bueno, ya hecho el gasto de la entrada, derrochemos. Pero el gran problema de la feria es ese, que ni siquiera queriendo hacer caso omiso a la mentira de los precios bajos uno puede comprar nada. Los vendedores ineptos de Penta, la que distribuye a editorial Anagrama, se dedican a hacer visita entre ellos mientras la fila crece y crece, y cuando uno llega (como me pasó a mí) resulta que en su ineptitud se les olvidó ponerle papel al datáfono (o se les acabaron las facturas o algo así, yo no sé de eso) y para pagar con débito habría que esperar otros 15 minutos. Verdadera ineficiencia. En Alfaguara la cosa parece mejorar, pues los precios bajan considerablemente, el stand es organizado y la variedad de autores y títulos realmente es digna de una feria internacional; sin embargo, otra vez el mismo problema: las filas no se acaban y parece que los vendedores fueran invisibles. Es más fácil ir a hacer un reclamo a Comcel (amos definitivos del mal servicio al cliente) que comprar un libro en, valga la redundancia, la feria del libro.

Uno termina despechado, mamado después de caminar tres horas viendo gente (ojo, porque allá uno lo que menos ve son libros; uno ve gente, y toca gente, y manosea gente, y odia gente), sin haber comprado nada que le guste (claro, uno termina comprando todo en los stands de las editoriales universitarias, únicos en los que no hay ni un gato y todo es a precio de feria) y comiéndose un cono de maíz pira con ganas de amputarse las dos piernas, dormir de un tirón 36 horas y no volver jamás a Corferias. Porque uno promete siempre eso. Pero siempre vuelve.

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