Lo apasionante del mundo virtual es que le permite ser valiente hasta al más grande de los tarados. Aquel que en su vida cotidiana se hace en los pantalones cada vez que  tiene que saludar a un compañero de oficina, se convierte en un ofensivo comentarista de las columnas de El Tiempo, mientras que en un salón de chat porno tiene cuatro relaciones sexuales por noche, no necesariamente con heterosexuales mayores de edad.
 
Sin llegar a esos extremos de veneno y corrupción, y después de haber leído toneladas al respecto, Facebook no deja de ser una novedad, pero ante todo, algo muy demente. No sólo porque haya personas lo suficientemente locas o estúpidas para tomarse, subir y etiquetar unas fotos inenarrables en las que no quedan bien paradas, sino porque no importa lo que digan nuestras fotos, ni cuántos amigos tengamos, lo cierto es que al final del día estamos irremediablemente desesperados y solos. Claro está, no tan desesperados ni solos como el mago Gustavo Lorgia, que hace poco me pidió como amigo en Facebook. Iluso, siempre me gustó más Fabrianny.
 
Tengo más de mil amigos en Facebook y unos trescientos contactos en Messenger, pero todo es una fachada; me importa un rábano la gente y cada día me cuesta más trabajo encontrar alguien decente con quién hablar. He llegado al extremo de cambiar de acera o esconderme en un almacén para no tener que saludar a un amigo virtual que veo venir de frente. Ese amigo no es realmente mi amigo. Hace cinco años descubrí que a mi vida no le cabía uno más. Quienes aparecieron después de 2005 llegaron tarde; de todas formas, no se pierden de nada. 
 
Pero no es sólo el Facebook, ni Twitter, ni el chat. Hay que ver lo que significa un Blackberry. Lo bueno de ese aparato es que ha reivindicado la existencia de esos eternos olvidados, los pulgares. Sin pulgares no podríamos empuñar bien un lápiz y escribir, o un arma y disparar, o masturbarnos a placer. 
 
Hay que ver a aquel que usa un Blackberry, con un ojo en la pantalla y otro en la vida real, sin estar ni aquí ni allá, chateando velozmente con sus pulgares porque las teclas son demasiados pequeñas para utilizar los dedos índices. Porque no es un celular, tampoco un computador, es un Blackberry, que pese a ser un nombre particular se ha convertido en el genérico de todos los de su tipo, igual que los Kleenex. Lo más triste de todo es que si aquellos que chatean por el teléfono quedaran frente a frente, no tendrían nada que decirse, así que este tipo de invento reivindicó a los pulgares, pero mandó al olvido otra parte vital de nuestro cuerpo: el cerebro.
 
La buena noticia para aquellos que se aburren pronto de las novedades es que en este momento hay un nerd tecnológico de catorce años creando algo que lo hará rico antes de cumplir los veinte y que dentro de poco hará ver a Facebook y Twitter como cosa de abuelos. En inglés, a tal personaje se le denomina geek, apenas a una r de distancia de greek (griego en inglés). Son otros tiempos. Aristóteles se moriría de hambre en el mundo de hoy.
 
 
Publicado en la revista Cartel Urbano. www.cartelurbano.com

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