PorMartín Caparrós
 
Devolución a Villoro:

Todo empezó en Alejandría, caro güey. Los que creen que fue en Atenas, Jerusalén, incluso en Roma se confunden: Alejandría fue la primera vez que alguien pensó en reunir personas, ideas y costumbres de las procedencias más variadas para mezclarlas e inventar algo nuevo; fue, digo, el primer gran lugar globalizado. Así que fue aquí donde empezaron el fútbol y el Mundial.

Olvidate de Durrell, olvidate incluso de Cavafis: Alejandría ha conseguido convertirse en una ciudad módicamente fea con un mar esplendente y esa biblioteca donde hace un par de años constaté, muerto de envidia, que había libros tuyos y no míos. Pero Alejandría sigue teniendo los mejores cafés o, mejor: es un café. Son un café sus calles, llenas de mesas y té de menta y el backgammon y café turco y las pipas de agua. Y esta tarde las calles-café de Alejandría son, también, grandes miniestadios: en cada cuadra una televisión, ante cada televisión cincuenta, cien personas, gritando porque va a empezar un partido que no es un partido, sino 64.

Debe haber sido duro ser –hoy a las 4 pm hora de Johanesburgo– mexicano. Es probable que nunca tanta gente junta haya visto a un equipo mexicano –aunque México ya debe haber participado, si mis cálculos no fallan, en tres primeros partidos de Mundial: es un equipo muy inicial, cuando le convendría más ser terminal. Y es probable que nunca tanta gente junta haya querido su derrota. Sí, mi estimado, es una pena, pero esta tarde Sudáfrica era la favorita del corazón del mundo, gracias a semanas de bombardeo sentimentaloide que empezó con Invictus, ese bardeo tan PC, y terminó esta mañana con la muerte de la bisnieta del gran hombre, pasando por fiestas, arcoíris, apartheids derrotados y otras vuvuzelas.

Otro día, si quieres, hablamos del Mundial “africano” –me tienen harto con esta cantilena del Mundial “africano”. Pero ahora miramos un partido. Uno pasablemente vulgar entre un equipo muy primario que trata de simplificar lo simplón y uno muy secundario que intenta complicar lo inexistente. No hay jugadores de mirar –salvo un brasileño criado en Barcelona– y es, además, complicado mirarlos: la imagen se confunde. Últimamente solemos pensar la tele como un animal manso, porque nos olvidamos de cómo fue durante tantos años. Aquí, en Alejandría, en esta calle-café, entre el humo azucarado de las shishas y la menta del té, sigue siendo aquella caja de Pandora: cada diez minutos, quizá doce, nunca más de quince, la imagen se congela y aparecen en la pantalla unas letras árabes –por cierto, caro: quién pudiera escribir con esas letras– para recordarnos que ver a 5,000 kilómetros es un milagro, no un derecho.

Si a las 4 pm –hora de Johanesburgo– ser mexicano era difícil, mucho más lo fue a las 5:16. Cuando los sudafricanos la embocaron, mis contertulios gritaron como se grita lo que no te importa demasiado: esta mezcla de griegos, judíos, fenicios y esa mezcla que llamamos egipcios se siente tan africana como tú y como yo. Después México empató –el infinito Rafa Márquez– y no hubo dramas, y todo terminó como debe: con más pipas de agua.

A mí –debo confesarte– el partido me pareció triste: como si tu equipo fuera una panda desalmada –con el alma empatada, dirías tú–, que intentó un rato y se desanimó y después siguió por compromiso: porque no encontraba la salida y no buscaba la llegada. Y, además, yo ya estaba pensando en el partido de mañana. Como sabes, Maradona confirmó un equipo que no tiene nada que ver con el que había anunciado hace unos días: allí donde iba a poner cuatro zagueros centrales ahora juega con dos y medio –De Michelis, Samuel, Heinze– y un volante retrasado –Jonás–; dos mediocampistas –Verón y Mascherano–, y cuatro atacantes rotatorios: Di Maria, Messi, Tévez, Higuaín. Es un equipo que le hace, en principio, justicia a las posibilidades argentinas: un equipo lógico. Pero que, por eso, me preocupa: esta adaptación a los jugadores puede –puede, sólo puede– significar que Maradona ha empezado a ser un director técnico y que –quizá, sólo quizá– se ha vuelto un ente razonable, uno que entiende que el mundo tiene límites que él debe respetar: que ha dejado de ser Maradona. Y eso puede ser bueno y malo al mismo tiempo.

Me preocupa, no tanto, otra amenaza: el rival, Nigeria. Como sabes, Nigeria es el país donde la estafa se ha hecho alejandrina. Cuentos del tío y otras virtudes semejantes, que hasta la irrupción nigeriana sólo podían hacerse a los cercanos, se instalaron en el mundo globalizado por correo electrónico, con éxito tremendo, gracias a estos virtuosos. Todos esos cuentos tienen un esquema común: consiste en hacerte pensar que vas a desplumar a alguien –y entonces ese alguien te despluma. Ése es mi miedo para el partido de mañana.

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