Este domingo, la revista Semana traía una bomba. No el veredicto de Interpol sobre el computador de Reyes. No los correos que contenía, no. La revista Semana destacaba como frase la que dijo la modelo Johanna Uribe en una entrevista a Cromos: “Aquí no hay duques. El hombre colombiano no es para mí, porque me merezco algo bueno”.

¿Por qué una frase tan ingenua, tan inocua, se convierte en una noticia nacional de proporciones bíblicas? Porque fue el tema del día en la W, pero no sólo por eso. También porque todos se sintieron aludidos: los hombres, terriblemente agredidos y las mujeres, enormemente orgullosas. No en su totalidad, claro, porque hubo mujeres que salieron a decir que la culpa era de la modelo (dispárenle al mensajero). Incluso oí a una decir que los hombres, pobrecitos, no tenían la culpa de ser machistas, porque eran las mamás las que les inculcaban esos hábitos desde chiquitos. ¿Qué tan increíble puede ser eso? Ahora resulta que nosotras tenemos la culpa de eso también.

Y aunque Johanna Uribe me pareció un poco cándida en su contundente declaración, no conozco la primera mujer que no haya despotricado de los hombres colombianos.
Que son machistas, dicen. O decimos: que son ignorantes, feos, bajitos, gordos, mediocres, malos polvos… todo eso he oído. O dicho, en varias ocasiones.

Pero en realidad eso no es todo. No conozco a la primera mujer, llámese Johanna, María, Ángela, Jessica o Sophie, que no haya despotricado de los hombres. Punto.
Y todas, sin importar en qué lugar del mundo estén, dicen lo mismo más o menos. Que son malos polvos, que son unos brutos, unos salvajes, unos tarados, unos dominantes, en fin.

Pero lo peor es que esa debería ser la frase de la semana desde los años sesenta, que es cuando la mujer se atrevió a decir que los hombres eran todo eso (antes sólo lo pensaba, porque corría el riesgo de que le pegaran si abría la boca).

¿Hasta ahora se dan cuenta de que las mujeres pensamos así? Con razón les dicen “ignorantes” o “ególatras”. Supongo que han estado tan ocupados mirándose el ombligo y viendo cómo se levantan a las viejas, que no han estado oyendo bien nuestras quejas.

El descontento parece ser general. Y generalizado. Y generalizante, porque ahí metemos a todos los hombres, en ese costal de infamias, y nosotras tan campantes. Ahí entran los tipos que son dulces, los que son inteligentes, los que nos respetan, los polvazos (escasos o no) que hemos tenido, en fin. Y eso también es injusto con ellos. Porque ni nosotras somos todas muy muy ni ellos son todos tan tan.

Johana no habló del género, es cierto, pero sí habló de todos los colombianos. Dice que no la merecen, en pocas palabras. Lo que yo creo que le va a pasar a la pobrecita es que va a caer en cuenta de que los europeos tampoco es que sean la panacea. Y que si en realidad conoce un duque, se va a dar cuenta de que la única diferencia con el colombianito es que el duque es, tal vez, más alto, y si resulta ser un Habsburgo, con seguridad también tendrá la quijada más débil. De resto, los vicios y las virtudes, en mayor o menor medida, serán los mismos.

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