Hace mucho tiempo, en una galaxia no muy lejana, en 1975, recién se veía a la Naranja Mecánica jugar futbol en blanco y negro pues la televisión a color aun no había llegado.

Las jugadas maestras de Cruyff, de Neskens, de Resenbrik y de Rep entre otros, a todos maravillaban bajo el lema del futbol total.
Ese mismo año, también se estrenó la película Tiburón, un clásico cinematográfico del pasado. La guerra de Vietnam se encontraba en un punto culminante y un joven llamado Bill Gates fundaba una compañía de garaje llamada Microsoft.
En un país llamado Colombia era presidente Alfonso López, hoy conocido pero en los libros de historia; y Yo y Tu era el programa de televisión de mayor sintonía y popularidad en el país.
Bogotá no llegaba al millón de habitantes y la temperatura promedio en esta ciudad estaba 4 grados más fría que hoy en día.

Todo esto sucedía el año que Independiente Santa Fe fue campeón por última vez.
De muy niño recuerdo haber ido al sagrado Nemesio Camacho el Campin con mi familia a un clásico Santa Fe - Millonarios, una de las primeras historias registradas en la memoria de mi vida. Mi padre y mi hermano, fervientes azules me insinuaron durante todo el juego que debería pasarme a Millonarios. Yo me había declarado santafereño contra sus voluntades, tal vez, como mi primer acto de rebeldía infantil.

Al frente nuestro, sentada sobre su ruana en la tribuna de cemento, una mujer adulta de sangre roja fumaba como una chimenea mientras miraba detenidamente el juego, y sin duda se había percatado de la presión que mi padre y mi hermano ejercían sobre mí: ¡ven al lado azul! Me decían.

De repente llegó un gol cardenal y la señora emocionada salto y giró su cuerpo para mirarnos fijamente a los tres, luego solo a mí y me dijo: “tranquilo mijito que usted es el único decente de su familia. Vamos Santa Fe”.

Inolvidable. Esta señora me marcó la vida. Hoy han pasado muchos años y ese recuerdo quedó grabado en mi frente y en mi corazón. Yo nunca he visto a Santa Fe salir campeón del torneo colombiano, pero no quiero dejar pasar esta oportunidad donde el equipo tiene chances reales de llegar a la final, y por qué no, de ganar su séptima estrella.

No sé si esta señora del estadio aun esté viva, pero aquella mujer sin nombre me inspiró profundamente en el arte del aguante y de la nobleza. Un sentimiento que desde la niñez me acompaña con gran cercanía.
Mucho la recuerdo, y si Santa Fe sale triunfador en 2009, después de 34 años de ausencia, mi alegría roja se la dedico a ella.

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