Realmente yo no creía que esto pudiera ser cierto. Definitivamente no. Me encontraba en una van llena de mujeres nepalíes, todas gordas y comiendo algún tipo de cereal que se regaba por todos lados. La carretera tenía la misma estética que La Línea: estrepitosa, peligrosa, miedosa. Y el trancón iba de cabo a rabo en la carretera. No se movía nada, la gente se salía de los carros, se acurrucaban al pie de la carretera a esperar, los niños se montaban en los techos, y nadie, nadie protestaba o se preguntaba qué podía estar pasando. La incertidumbre, en la forma de pensar nepalí, no es un problema. Y lo que era peor: la gente no paraba de vomitar.

 

Pasa que parte de la cultura de carretera nepalí es vomitar. No hay bus en ese país montañoso y deteriorado que salga, por más desvalijado que esté, sin una cantidad significativa de bolsas de plástico negras y pequeñas para que la gente vomite. En promedio, usando como fuente mi experiencia de un mes en ese pobre país, se vomitan la mitad de los pasajeros en un bus que va de un pueblo a otro, de una ciudad a otra. No estoy exagerando. No le extrañe que, en medio del recorrido, lo despierten y le pidan que pase una bolsita para atrás, que la viejita se está vomitando. No le extrañe que se vomiten a lado suyo. Que lo hagan sobre su maleta. Que cuando usted esté al lado del bus haciendo un break cuando el bus paró, de repente se salga una cabeza por la ventana y vomite en cima suyo. Acostúmbrese al vomito, porque acá éste tiene raíces históricas.

 

Y lo que es increíble es que la gente, acostumbrada toda la vida a viajar por carreteras montañosas, nada que entiende que uno, cuando va en un carro, suele marearse. Porque no tienen el más mínimo interés en que deje de pasar. No cargan remedios, no duermen, no miran por la ventana ni la abren para que entre aire: vomitar es parte del viaje. Y de ahí que la típica estela de vomito en forma de triángulo, seca y ya pegada, en el costado lateral del bus sea una imagen típica de las cosas que uno ve en Nepal. Es decir, a la lista de los templos hinduistas-budistas, la comida china, los Himalaya y los monasterios tibetanos, hay añadirle el vómito.


De los 10 buses que cogí en Nepal en carreteras, en 6 de ellos me tuve que hacer en el techo, porque no venían más y porque, bueno, así es que funciona la cosa allá. Todo, faltaba más, en trayectos de no más de dos horas, durante el día y en carretera, porque en la cuidad está prohibido.

 

Las carreteras, como decía, son como las colombianas. En términos estéticos, del contexto y la curvatura. Y lo más sorprendente: son más peligrosas, más llenas de huecos y los conductores son más irresponsables: pasan en curva, manejan borrachos, comen manejando, fuman, hablan, textean, lo que se le ocurra: los tipos manejan como salvajes. Y eso en carreteras de casi un carril, sin líneas en el piso y con curvas de 90 grados al pie de abismos de 2.000 metros, es preocupante.


En un mes que estuve viajando por Nepal, donde el transporte es impresionantemente barato, estuve en dos accidentes y vi tres más. En el más grave de todos los que vi hubo tres muertos, entre ellos un niño. Un bus pasaba en plena curva y no vio el carrito que venía desenfrenado al frente con una familia adentro. En el peor de los accidentes de los que hice parte,  yo iba en el puesto de atrás, con unos turistas con los que estábamos haciendo bunjee jumping. Al estrellarse, mi cara se pegó contra el asiento de al frente y me reventó, inflamó y cicatrizó el labio. El bus no pudo seguir y nos tocó esperar, ahí en la mitad de la carretera, lloviendo, a que viniera el otro bus, que nos dejó en la mitad de una Katmandú caótica y atronadora a las 11 de la noche. Estuve 15 días con el labio hinchado y, ya entrados en gastos, ya estando en Nepal, me rehusé a ir a un doctor. Ahí está la cicatriz, divina: un hueco en el labio de adentro. A Jesse, un gringo alemán estudiante de medicina, sí lo vio un doctor, pues se había descalabrado contra el tubo oxidado que había al frente de su asiento, el de adelante. Los puntos se infectaron y tuvo que devolverse a Dusseldorf antes de tiempo.


 

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