Por Martín Caparrós


Pelotazo a Villoro:


Son pocos, y lloran lágrimas muy frías. La ilegítima, merecida victoria de los tuyos, caro güey, puso la penúltima piedra en la tumba bafana.

Tum babafana, retumba
rumba macana.
Bafana tumba sin rumba,
bafana insana.

 

Aquí, en Johannesburgo, la derrota se huele en cada cara –y la amenaza de que, a partir del martes, el Mundial va a ser cosa de otros. Otros muy presentes, de caras repintadas, más eufóricos cuantos menos sean, que van a restregarles cada tarde en sus caras oscuras que ellos no pudieron. Un telón que se rasga. Hay quienes anuncian una ola de huelgas; ya empezó una de los empleados de seguridad de los estadios, que ganan 15 dólares por día por 12 horas de trabajo helado, y se manifestaron en la calle; un diario dice que un policía les mató, bala de goma, una huelguista este domingo; los demás callan. Pero se preparan otros paros –los chóferes de bus, la energía eléctrica– para la semana próxima, y la derrota definitiva de bafana puede ser el pistoletazo de partida. O no.

 

Bafana zumba, rezumba,
zumba canana.
Zum babafana, sin rumba,
bafana insana.

 

Su derrota sería insalvable si hubiera colaboración entre los pueblos hispanoamericanos, amerindios, charrúaztecos. Así que vuelan las especulaciones. La cuenta es fácil: si Uruguay y México deciden empatar, los dos se clasifican. Uruguay queda primero por diferencia de goles y juega, según toda apariencia, con Corea o Nigeria; México con Argentina. Sí, lo sabías: el precio de asegurarse el pase, mi estimado impertérrito, es encontrarse con esos muchachos. En el desayuno del hotel, repleto de uruguayos, nos preguntábamos si pactarían un empate y, si sí, cómo lo harían, quién llamaría a quién. ¿Forlán a su ex compañero Gaby Milito para pedirle que le haga una apertura con su actual compañero Rafa Márquez, por ejemplo, o viceversa? Yo miraba a mis dos contertulios, periodistas curtidos, con cierto escepticismo: su conspiración me sonaba un poco inverosímil. Entonces ellos –Woody Allen con el viejo McLuhan en Annie Hall– recurrieron a un huésped de otra mesa, un ex jugador de Uruguay en varios mundiales, muy ligado al equipo todavía –te sorprendería con su nombre si pudiera–, que nos dijo que claro, que ellos no querrían jugar contra Argentina –“aunque atrás son un poco débiles”– y que imagina que México tampoco.


–¿Y van a hacer algo al respecto?
–Eso se habla. Antes se hablaba antes de los partidos. Ahora a veces también, o si no ahí mismo, en la cancha, según cómo viene la cosa.
El anónimo se reía con un brillo en los ojos. Entonces mi amigo el gran Fernández Moores le recordó cómo Argentina les había regalado empates decisivos para clasificarlos en 2002 y 2006.
–Y lo agradecidos que estamos, bó.

 

Queda dicho: si arreglan el empate los dos se aseguran los octavos, pero México va con Argentina. Así que hay otra alternativa: que esa perspectiva les resulte tan poco alentadora que se arriesguen a buscar la victoria –que arriesguen la derrota– para ver si la evitan. La ecuación es precisa: la única razón posible para que México decida atacar a Uruguay es el miedo a Argentina. Sería tan elegante de vuestra parte, caro güey, que negociaran el empate: que hicieran trampa para ser valientes como chamacos de película, que aceptaran con desdén el desafío, la revancha de la emboscada de Alemania.

 

Sería un buen partido. Esta Argentina nunca va a ser un gran equipo porque no tiene medio campo, pero ahora creo que puede ser campeón porque sí tiene una panda de killers desalmados, thugs bengalíes, decapitadores de tu capital, jugadores de fútbol. Era bonito verlos, en la cancha –como no los muestra la televisión– cuando llegaban cuatro o cinco cabalgando, abriendo opciones a lo ancho, aterrando al coreano. Quizás ayer la delantera argentina podía haberse recitado Maxi, Messi, Higuaín, Tévez y Di María, como hace medio siglo, y no habría sido pose.

 

El desayuno sigue. Una mujer joven y rubia, muy bonita, toma mate en su silla de ruedas. Algunos dicen que es la hermana de Forlán, que se quedó parapléjica en un accidente de auto hace más de diez años. Yo no me atrevo a preguntarle –no me atrevo a mirarla de frente– pero no puedo dejar de pensar en ella, en su cara siempre un poco perdida, un poco ausente, como fijada en el momento en que subió a ese coche. Me pregunto cuántas veces en sus sueños se habrá bajado de él, primero un pie, después el otro, un ligero impulso de los brazos para pararse en la vereda; me pregunto cómo será vivir con la evidencia de que un error tan banal te deshizo la vida, y te dejó este hilo para que sigas retorciéndolo; me pregunto si pensará en la paradoja extrema de que su hermano haga millones con sus pies. La mujer se acomoda mucho el pelo. Hoy lleva un jean bien fashion, de esos que tienen agujeros y remiendos en las piernas, todo roto, muy roto, que me parece una provocación. Vamos a hablar de tangos y de besos, mi querido.

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