Yo sé que este es un blog de sexo, pero esta entrada sería más bien de antisexo. No todos los días son apropiados para tirar y ayer fue uno de ellos. Llegué del trabajo (sí, trabajo, en una oficina), con ganas de una tina de agua hirviendo y sales de baño color lila y un whisky doble en las rocas, y que me dejaran en paz.

Quería un masaje con aceite de almendras, una buena película, una piyama de algodón, cuatro almohadas gigantes y muchas horas de sueño.

Esos días existen, y no hay nada de malo en ellos. No es que me haya vuelto frígida de la noche a la mañana, o que ya no esté enamorada de mi novio, nada de eso. Es que simplemente no quiero tirar. ¿Es tan difícil de entender?

Pues resultó que sí. Mi novio vio las burbujas llenar la tina, mi cuerpo metido dentro de la espuma y pensó que lo estaba invitando a una noche romántica. No lo dejé entrar. Luego me esperó afuera, en la cama, ansioso, y cuando salí desnuda se me lanzó encima. No de nuevo. Después, cuando ya estaba lista para irme a la cama, la piyama puesta, los dientes cepillados, todo listo, volvió a arremeter. No, por favor.

No tengo dolor de cabeza, no estoy triste, no me vino la regla. Simplemente no quiero. No me da la gana. Quiero un poco de consentimiento. Tal vez hablar en los comerciales sobre lo gorda que está la protagonista de la serie. Pero mi novio no entendió. ¿Ya no te gusto? ¿Qué pasa? ¿Fue algo que hice? ¿Me estás castigando?

Ay, qué desastre. La lora prometía seguir durante un buen rato. ¿Cuál era la opción? ¿Acaso pelear y exponerme a no dormir? No. Más fácil, y sobre todo más corto, aceptar. Bajar la cabeza, abrir las piernas y disfrutarlo. Por lo menos me queda la tranquilidad de que gracias a eso sin duda pude dormir mejor.

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