¿Qué es la infidelidad realmente? ¿Dónde se establece un límite? He preguntado a gente que conozco y las respuestas han sido disímiles. Uno me dijo que infidelidad era todo. “Acostarse con otra persona, besar a otra persona. Coquetearle a otra persona. Incluso pensar en otra persona”.

En ese caso, si este tipo tiene razón, yo soy una mujer infiel y sin conciencia.
Otro me dijo que la infidelidad no existía. “En realidad uno es infiel cuando compromete el alma, pero no el cuerpo. Mientras tanto, uno puede comerse al que quiera sin ser infiel”. Esa definición me pareció también un poco extremista.

Sin embargo, esa delgada línea es difícil de trazar y casi se vuelve una cuestión filosófica. ¿Un polvo es infidelidad? La mayoría de la gente diría que sí. ¿Qué tal un beso o una conversación telefónica erótica? Ahí las opiniones comienzan a dividirse.

Pregunté lo de la infidelidad porque yo tengo mi propia visión del asunto. Gravito en un punto medio entre todo y nada, es decir, creo que hay cosas que sí son infidelidad y cosas que no. Por ejemplo, cualquier contacto físico-erótico es infidelidad (como la vez que supe que mi novio le había lamido la espalda a una mujer en una fiesta). Pero un pensamiento o un contacto verbal-erótico no lo es (como cuando mi novio me dijo que a veces se hacía la paja pensando en su primer amor).

En cualquiera de los casos, mi visión de la infidelidad es mucho más despegada que la del común de los mortales y eso no necesariamente es bueno. No voy a negar que me duele profundamente, en mi ego y en mis sentimientos, cuando han sido infieles conmigo, pero siempre que me he enterado (no hay nada oculto bajo el sol y además los amigos son chismosos), he optado por hacer silencio y no enfrentar a mi pareja.

Y he hecho silencio tal vez porque me siento incapaz de exigir que alguien me rinda cuentas. Siempre me imagino a una mujer vieja y arrugada, con rulos en la cabeza y una levantadora rosada, moviendo un rodillo de madera y preguntando: “¿Y qué es lo que ha estado haciendo últimamente?”. Eso no es lo mío.

Todos sabemos que la regla número uno cuando se hace un reclamo por infidelidad es negarlo hasta la muerte, así que me parece un desgaste pedir explicaciones que no me van a dar. Simplemente callo, entonces, y en cambio empiezo a pensar por qué ha ocurrido eso. A lo mejor la infidelidad no es culpa del infiel, o no sólo. A veces es culpa de ambos (cuando hay muchas peleas o cuando uno de los dos tiene un trabajo muy absorbente, eso puede pasar). De nuevo, no sé si mi visión sea correcta o no, pero así actúo, casi por impulso.

La conclusión a la que llego casi siempre termina por hacerme ver que mi relación no estaba funcionando aún antes de la infidelidad y me hace ver que ésta es un síntoma y no una causa de separación.

Lo otro es que yo no soy nadie para juzgar tan duro a los demás. El que no haya sido infiel, que tire la primera piedra. Y juro que yo no voy a empezar.

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