En los baños de hombres del Loftus Versfeld de Pretoria, los jabones vienen en tarros vacíos de Coca – Cola (adjunto foto). Y por muy ridículo que parezca que en un mundial de fútbol no haya recipientes adecuados para limpiarse las manos, este detalle es el menos extravagante de todos los que hemos visto en esta copa.

Casi toda persona que vino a Sudáfrica tiene una historia para contar. Ya no se trata solamente de los precios de escándalo de los tiquetes aéreos, los taxis y los hoteles, ni los robos a las habitaciones donde se hospedan periodistas y jugadores que tanto ruido producen en los medios.

Quiero hablar del transporte, por ejemplo.

Deje de quejarse usted, amigo colombiano, de nuestro sistema de transporte público, el cual le lleva años luz al sudafricano. Mal que bien, en nuestro país siempre va a encontrar un colectivo, un bus, una chiva que lo lleve a donde quiera. Acá en Sudáfrica, transportarse dentro de la misma Johannesburgo es un martirio. El sistema de buses es simbólico y con suerte pasa uno cada hora, mientras que taxis, en cambio, tampoco se encuentran por la calle. Toca andar con celular en mano para llamar a alguno, y cuando llegan cobran como si los tanquearan con Chanel en lugar de gasolina.

Recomiendan no montar en tren por el riesgo de ser atracado, y el Gautrain, moderno transporte sobre rieles estrenado el pasado 8 de junio, solo va del aeropuerto a Sandton, la zona más exclusiva de la ciudad. Tiene proyectado llegar hasta Pretoria en 2012, fecha para la cual los que vinimos a ver el mundial ya nos habremos ido.

El Rea Vaya, sistema de buses tipo Transmilenio puesto en marcha para la ocasión, va apenas del centro de la ciudad al Soccer City. Lo malo es que, al igual que ocurre con los trenes, el que se pase por el centro de Johannesburgo corre el riesgo de ser robado.

Y si moverse dentro de la ciudad más importante es un parto, un viaje intermunicipal es tarea para Indiana Jones. El otro día fuimos a Rustenburg en el carro que alquiló un periodista centroamericano para ver el juego de Estados Unidos contra Ghana; el partido terminó a las once, pero el reloj marcaba las cinco de la mañana cuando regresamos a Johannesburgo. Y eso que entre una ciudad y otra hay en teoría solo tres horas.

¿Buses intermunicipales? Dicen que hay, pero tampoco los he visto. Eso sí, todo hay que decirlo, los 60 kilómetros que separan a Johannesburgo de Pretoria se pueden recorrer en una autopista de puta madre y ocho carriles en perfecto estado. No quiero imáginar cuánta plata nos sacaría en peajes el Ministerio de Transporte por una vía así.

Si no fuera por los buses especiales que ha dispuesto la FIFA para los periodistas, esto sería caos total. El asunto es que solo van de ciertos hoteles seleccionados hasta los estadios, así que por lo menos estamos en caos parcial.

Tiempo de hablar de la seguridad.

Al Qaeda no ha hecho un atentado porque no se le ha dado la gana (y la Ghana). Cada vez que entro a un centro de prensa hago sonar ese arco que detecta la presencia de objetos metálicos. Nunca, una vez quizá, me han pedido que me regrese y me quite el cinturón y el reloj, que es lo único que tengo en dicho material.

El otro día me tocó ver a dos hinchas, un argentino y un chileno, subirse al bus de FIFA y entrar a la sala de prensa del Ellis Park sin escarapela. ¿Cómo lo hicieron? Les preguntaron en la puerta si eran periodistas y ellos respondieron que sí. De haber contestado afirmativamente a la pregunta de si eran los presidentes de sus respectivos países, ¿qué les hubieran dado?

Y eso que en este mundial hay cuarenta y un mil policías y quince mil voluntarios para temas de seguridad y logística. Tal despliegue fue burlado por dos hijos de vecino venidos de Sudamérica.

Con respecto a los voluntarios hay que decir que tienen –su nombre lo dice- la mejor voluntad, pero que a veces dan ganas de ahorcarlos. Acabo de salir del Paraguay - Japón de octavos de final y me tocó verlo en cualquier parte porque, en palabras de la persona que me tenía que guiar a mi lugar en la tribuna de prensa, el puesto no existía. Dígame usted ante quién se queja uno ahí, cuando el juego está a apenas diez minutos de empezar.

Alrededor de los estadios los andenes son de arena y basta con alejarse a cinco kilómetros para ver la pobreza del país. No quiero saber cómo será el nivel de vida de los sudafricanos, ya no a cinco, sino a cincuenta kilómetros del Soccer City.

¿Y el fútbol?

Joseph Blatter acaba de disculparse con la FA por el gol no validado a Frank Lampard. Una vergüenza por parte de ese señor avaro, que sabe que sin polémica el fútbol sería menos rentable.

Antes de seguir debo decir que estoy de acuerdo con que el tanto inglés no haya subido al marcador. Si el remate de la final del 66 que valió un título fue considerado como gol, era justo que este de 2010, más que legitimo, fuera invalidado.

Justicia divina que le llaman: la misma escena ocurrió hace cuarenta y cuatro años, contra el mismo rival, en una jugada idéntica y con los mismos uniformes -Alemania de blanco e Inglaterra de rojo-. Ahora solo falta que a Argentina la eliminen con un gol con la mano para hacer las paces con la historia.

La FIFA también se disculpó con los mexicanos por el gol en fuera de lugar que les hizo Argentina en octavos de final. La polémica del asunto se produjo cuando en las pantallas del Soccer City dejaron la repetición y casi noventa mil personas (y todos en la delegación mexicana) se dieron cuenta de que la jugada debió ser anulada. Porque he aquí otro detalle: Los partidos son transmitidos por las pantallas gigantes de los escenarios, pero cuando hay una situación dudosa, una falta, una tarjeta, la señal se corta para que los aficionados y los perjudicados no tengan manera de verla de nuevo. Si esto se tratara de un caso de asesinato y no de un mundial, la FIFA sería acusada de ocultar evidencia clave.

A mí no me importa si esto se vuelve básquet, pero el fútbol necesita incorporar cámaras para jugadas dudosas, o meter más árbitros en la raya de gol.

Creo que me repito con lo que voy a decir, pero un evento de estas dimensiones debería ser organizado por un país primermundista, un lugar que pueda ofrecer facilidades a los hinchas que se pegan el viaje, y a los periodistas que venimos a trabajar. No es posible que buscar hospedaje, ir del punto A al punto B, conectarse a internet o irse de turismo por ahí sea un eterno problema.

Este país podrá tener unos estadios increíbles, que los tiene, pero son joyas construidas sobre un peladero, en uno de los países con más desigualdad del mundo. Un pobre latinoamericano es rico si se compara con un pobre en Sudáfrica; de la misma manera, un rico en nuestro continente es un muerto de hambre en comparación con un millonario de los de acá.

Lo que pasa es que Blatter está pagándole el favor a África de haberlo mantenido en la presidencia de FIFA, dicen por acá, y además son unos pocos millonarios sudafricanos -blancos casi todos- los que se están enriqueciendo con la copa. Al respecto recomiendo leer el artículo “La ostentación de Sepp, del baño a los estadios”, escrito por el argentino Ezequiel Fernandez Moores en la página de internet canchallena.com.

Si fue capaz de leer este artículo hasta acá, y ya para ir cerrando, le digo entonces que mire de nuevo la foto del jabón en el tarro de gaseosa. Ya no luce tan grotesco, y a la larga tiene toda la coherencia del mundo (y del mundial): Coca – Cola es patrocinador del torneo. Lo reprochable es que la botella fuera de Pepsi.

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