Por Martín Caparrós


Pifia para Villoro:

Jirafas, caro güey, oh las jirafas, ese animal cuyo cuello interminable nos distrae de sus motas. Pero que Buffon –que no era hombre de bromas ni portero italiano– describió largamente en su Histoire Naturelle sin la menor referencia al largo de su cuello y varias a su piel moteada:"mota serán más mota enamorada", habría dicho el mucho más que maestro –“no un escritor, una literatura”– Francisco de Quevedo si no hubiera ignorado que mota es, para nosotros, una mancha, y para ustedes un jabón del alma. Pero no, no me atropellaron, te agradezco, aunque a veces parezca; así como he pasado por Egipto sin encontrar camellos, llego al África sin tropezar jirafas.


Tropiezos, en cambio, abundan en estos primeros partidos del Mundial. No hablemos de la torpeza del juego, de la falta de goles, del tedio que todavía justificamos, esperanzados, “porque esto recién empieza” –o de tu ¿querida? Alemania. Lo más sorprendente es el error: la irrupción virulenta del error. Los arqueros con sus nombres imposibles, el inglés Green, el argelino Chaouchi: la fiereza descarnada del error.
Y eso es duro. Solemos pensar que esta gente no comete estos errores. Sería lógico que personas que se pasan la vida repitiendo un movimiento que bloquea con sus brazos la trayectoria de una bola de cuero pudieran, si la bola se dirige a sus brazos, bloquearla una vez más. Creemos esas cosas; queremos creer en esas cosas; necesitamos creer en esas cosas. Que un arquero de un equipo mundial deje escapar tan tonto una pelota es una amenaza seria para nuestra confianza en la marcha de este mundo; que dos lo hagan en dos días es una crisis de nuestra cultura. Digo, si el arquero que se pasa los días arqueándose para cuidar su arca no lo logra, ¿qué garantías pueden darnos el piloto que debe depositar su avión en esa pista, el médico que receta este remedio, el fumigador que dosifica sus venenos, el cónyuge, el banquero, el confesor o psicopsíquico, cualquiera de las numerosas funciones que damos por seguras? ¿Percibes, estimado, la inmensidad de la zozobra?


Si los errores continúan este Mundial puede volverse disolvente: el origen de un pánico tsunami, una pérdida universal de la fe más persistente y más inexplicable: la que depositamos en la capacidad ajena. No creo que suceda; los arqueros, conscientes de su responsabilidad, harán su parte y salvarán al mundo. Pero si la tragedia se consumara, si se diera esa crisis espantosa en las crencias, debo reconocer que quien mejor se ha preparado para eso es tu equipo, mi estimado. Me perdonarás que lo traiga a colación o cuento; me perdonarás que juegue casi sucio, pero es que la noticia me la deja, como decimos en mi barrio, picando frente al arco. La habrás visto; la habrán, suputo, comentado: tu selección se ha llevado a Sudáfrica su cura. Por más hidalgo que sea ese señor, es un problema. ¿Para qué lo quieren? ¿Para recordar a sus jugadores que son como niños, que el fútbol tiene la ventaja de retardar el crecimiento de quienes lo practican con denuedo? ¿Para volverlos legionarios, luchadores por esa fe constantemente amenazada? ¿Para expiar con padrenuestros las derrotas? ¿Para ir edificando poco a poco la razón de la próxima mea culpa vaticana?


Lo llevaron, en cualquier caso, allí lo tienen. Y entonces aparecen, oh diosas, las comparaciones. Nombrabas ayer, mi estimado, entre los argentinos desbocados a ese “preparador físico que habla como un filósofo”, Fernando Signorini. ¿Sabes que, en vez de sacerdotes, ese señor llevó para sus jugadores una parva de libros y, entre otros, Por qué no soy cristiano, del viejo Bertrand Russell, 1927?


"Cómo las iglesias retrasaron el progreso", titulaba Russell un capítulo, y decía: “Ustedes pueden pensar que estoy yendo demasiado lejos cuando digo que todavía lo hacen. Yo no lo creo. Pensad en el siguiente hecho; puede no ser agradable, pero las iglesias nos obligan a mencionar hechos que no son agradables. Supongamos que una muchacha sin experiencia se casa con un hombre sifilítico: la Iglesia Católica dice que ‘es un sacramento indisoluble. Debéis seguir juntos o ser célibes. Y si seguís juntos, no debéis usar ninguna forma de control de la natalidad para impedir el nacimiento de niños sifilíticos’. Nadie cuya solidaridad natural no haya sido arruinada por el dogma, o cuya naturaleza moral no esté completamente cerrada al sufrimiento ajeno, puede sostener que eso está bien y que ese estado de cosas debe continuar”.


¿Será que el PF Signorini conseguirá que alguno de sus pupilos lea tales palabras? ¿Te imaginas, caro güey, a tu geronte veronés o al pequeño gran hombre o al apache Carlitos leyendo y comentando esos exortos mientras los tuyos oyen misa? ¿No es un exceso de metáfora? ¿No es apurar la Copa hasta las heces? ¿Te imaginas –yo no– cuáles serían los efectos deportivos?


(Y, ya que estamos: elegí ese pasaje de Russell porque estoy en Zambia, como te decía, no buscando jirafas sino mujeres con sida cuyas historias tengo que contar para una publicación de Naciones Unidas. Ante estas historias, ante el holocausto que produjo la condena de Roma a los condones, el párrafo de Russell nos muestra que hay errores que no son un error sino la norma, que se repiten incesantes como las llamas del infierno, sine die, sine cura.)

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