Pocas veces en mi vida he salido con hombres realmente espectaculares. El tipo más sexy con el que alguna vez salí se llamaba Daniel y, aunque éramos sólo buenos amigos, fue una experiencia incómoda porque todas las mujeres le ponían papelitos en las manos con sus teléfonos. No miento cuando digo que en una noche que fuimos a comer, Daniel terminó con tres papeles con los teléfonos de las mujeres que estaban en tres mesas diferentes.

También han sido pocas las veces en que no he podido salir con un hombre inteligente por cuenta de su fealdad. Si no recuerdo mal, me ocurrió una sola vez. Este tipo, que me parecía divertido y agradable, era tan feo que me costaba trabajo besarlo. Tenía tres pelos en perpetuo desorden en la cabeza, unos ojillos hundidos bajo arrugas prematuras, una nariz voluminosa y peluda y unos dientes pequeños y separados. Por si fuera poco, su voz era chillona y temblorosa, así que cuando hablaba podía decir cosas brillantes pero nadie quería oírlas.

De resto, nunca he salido con modelos y tampoco con adefesios, pero me inclino a pensar que mis novios han sido más bien feos.

Los feos tienen sus ventajas. La primera de ellas es que tienen que desarrollar otras partes para compensar su falta de atractivo físico. Así, muchos feos tienen buen sentido del humor, son grandes conversadores, se visten bien, leen cosas interesantes y, sobre todo, son amantes buenos y generosos.

Los bonitos, por el contrario, son obsesivos con su cuerpo, tontos, vacíos, aburridos y polvos egoístas.

Las mujeres celosas encontrarán menos problema siempre si salen con un tipo feo, y si terminan con él, es probable que sean ellas quienes empiecen a salir primero que sus horribles ex novios.

Total, es claro que la gente busca belleza. Mis amigas viven más preocupadas por el físico que por la cabeza y casi ninguna de ellas es capaz de salir con algunos hombres con los que yo he salido, porque les parecen feos.

Una me dijo el otro día que había un tipo caminándole pero que no le terminaba de gustar. El tipo parecía, por la descripción, perfecto. Culto, inteligente, entretenido, le gustaba viajar, era tierno y comprensivo. ¿Por qué no le gustaba? Porque tenía cuerpo de pera. Así me dijo. Cuerpo de pera. Nunca me habría imaginado que ese pequeño defecto podría ser el culpable de que no floreciera el amor.

Por el contrario, mi amiga tiene un fetiche con los pelirrojos y cuando estuve saliendo con uno, hace poco, se murió de envidia porque pensó que era el amante más fogoso del mundo. No había tal. Era un polvo más bien mediocre.

Aún así, creo que los hombres se fijan más en el físico que las mujeres. Nunca he visto a ninguno de mis amigos salir con una fea, mientras que casi todos ellos son, si no feos, poco atractivos.

Las apariencias, en definitiva, no son lo más importante. Sin embargo hay algunos defectos que es imposible pasar por alto. El mal aliento, la gordura o las manos sudorosas son algunos que me asustan mucho.

Quién sabe si podría besar a un hombre cuya boca huela feo, o comerme a un tipo obeso o siquiera saludar de mano a alguien que me extienda la suya y sea blandengue, pequeña y húmeda.

El atractivo, porque tiene que existir alguno, no necesariamente radica en la belleza perfecta o la simetría de las formas o el registro frente a una cámara, sino en cómo se mueve, cómo actúa, cuánto me hace reír una persona. Lo importante es lo que queda adentro. La belleza, al final, se acaba.

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