Cuenta la leyenda hagiográfica cómo un militar romano se apiadó de un mendigo que andaba padeciendo frío en un friísimo invierno, a las puertas de Amiens, en la Galia, y le cedió la mitad de su capa.
El gesto es loado desde entonces como muestra de caridad cristiana, y no de tacañería, que es como yo lo hice siempre: porque ¿por qué sólo la mitad de la capa? Se me argüirá, a) que la leyenda tiene un valor simbólico, o b) que incluso careciendo de ese valor simbólico, también el futuro santo debería estar pasando frío, de ser cierto el hecho que sustenta la leyenda.
Al primer argumento respondo que el valor simbólico se queda en nada justo por ese gesto cicatero de no repartirlo todo con los pobres, que es lo que mandó el fundador de la religión que se apropió de la leyenda. Y al segundo argumento le replico que un soldado del Imperio no se moría de frío tan fácilmente, y que algún cuartel con repuestos indumentarios habría cerca del lugar donde socorrió al mendigo.
 
Sea como fuere, la leyenda sigue contando que el soldado caritativo tuvo esa noche un sueño en el que vio a Jesús, y Jesús iba envuelto en la mitad de la capa de Martín, y predicaba el ejemplo cristiano que había sido el gesto de quien lo estaba soñando (o sea, como pueden darse cuenta, que el posmodernismo estaba inventado hace muchas calendas). Y la moraleja de la historia es que Martín abandonó las armas y abrazó la cruz, y hasta llegó a ser obispo de Tours.
 
[Por cierto que al morir el señor obispo, la legendaria mitad de aquella su capa fue custodiada como reliquia en un anejo a la iglesia, al que se llamó capilla, y de capilla salió luego la palabra capellán. Así pues, el gesto del soldado tuvo repercusión lexicográfica].
 
La iglesia de Roma canonizó al buen Martin, incluyendo la fecha de su onomástica en el día 11 de noviembre. Y al cabo de cierto tiempo ya existía en Alemania –pues no conozco otro país donde también se festeje a este santo de ese modo– la costumbre de celebrar al buen San Martín con unas procesiones infantiles encabezadas por un adulto a caballo (el caballo debería de ser blanco, y el adulto ir envuelto en una capa roja y tocado con un casco de legionario romano). Son unas procesiones en las cuales los niños empuñan unas cortas pértigas de donde cuelgan unos faroles hechos a mano por ellos mismos, en la escuela o el kindergarten, y recorren las calles de su pueblo, o de su barrio, entonando las canciones típicas de esa fiesta.
 
Es domingo por la noche cuando escribo estas líneas, y acabo de regresar de la procesión de San Martín en el barrio de Braunsfeld, en Colonia, con los niños del kínder donde está Vincent, mi tercer nieto. El caballo no era blanco, y el legionario una mujer joven, pero de estas cosas sólo nos damos cuenta los puristas, que ni siquiera somos cristianos. Y vuelvo una vez más a la reflexión que me ocupa todos los años por estas fechas, una que tiene que ver con los vecinos que viven en el piso inferior al nuestro. Son nigerianos, y musulmanes. Pero yo recuerdo muy bien a los dos más pequeños de sus hijos, a la pequeña Fátima y al pequeño Mohamed, cuando llegaba este día de la procesión de San Martín, cómo los dos salían de la casa con sus faroles en la mano y se iban con los demás niños de su escuela, recorriendo las calles del pueblito donde vivimos, cantando a coro con ellos las canciones de alabanza de la caridad de un santo cristiano. Y aquí la reflexión...
 
Pero no: no, porque formularla sería ofender la inteligencia de quienes me estén leyendo.

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