Por Martín Caparrós

Penal a Villoro:
¿Cómo era que lo llamabas, caro güey? ¿Schadenfreude? En mi barrio lo llamamos fiesta, gran fiesta, qué fantástica fantástica esta fiesta: perdieron los brasucas. Para serte sincero: no me había dado cuenta de cuánto me alegraba hasta que faltaron unos pocos minutos y el cuerpo se me fue llenando de placer. Y así, supongo, a buena parte de mis compatriotas. Mi hijo Juan me manda un mail escueto: “Qué lindo, no?”. Mirá, mirá, mirá/ sacale una foto,/ se vuelven a San Pablo/ con el culo roto, deben estar cantando los muchachos, en un nuevo alarde de corrección política. La corrección política sudaca consiste en no callar; aquí, en París, en cambio, nadie canta esas cosas, pero en el bar irlandés donde lo vi todos parecían contentos con la derrota de un equipo que siempre pareció sobrar la situación, que jugaba como si su triunfo sólo dependiera de un pequeño movimiento de pulgar, a la Julio César –el auténtico, no el gran cazador de mariposas.
Brasil se regulaba, se recostaba atrás, esperaba el momento del zarpazo confiando en que cuando lo precisara lo daría: jugaba como si no pudiera perder –con la soberbia adolescente de creerse inmortal. No fue un partido; fue una lección moral. Y no lo ganó Holanda, superada una y otra vez, tan limitada que cuando lo pudo liquidar con tres jugadores solos en el área contraria se enredó con la pelota. Lo perdió el equipo falso de Brasil. Un tal Platón –que, a diferencia de Sócrates, nunca integró el scratch– dijo hace unos cuantos meses que lo verdadero es aquello que persiste en su esencia. Brasil decidió guardar su esencia en una caja fuerte y jugar a otra cosa; con ese equipo mentiroso acaba de irse a la cama sin postre otra vez, como hace cuatro años. Mañana la foto del inverosímil impostor Carlos Dunga colgado del Cristo Redentor recorrerá el planeta; espero que su ejecución contrarreste el efecto Mourinho, la tentación de perder el fútbol con el pretexto de ganarlo.
Y en cambio, después, el glorioso sainete uruguayo. Dos de los ocho mejores equipos del mundo patearon y patalearon durante casi tres horas para demostrar que el sistema que definió que ésos eran dos de los ocho mejores equipos del mundo no funciona. Fue un partido cacofónico, horrísono, jugado con toda honestidad, porque los compañeros yorugas son la contracara de los brasileros: tan conscientes de sus limitaciones, hacen de necesidad virtud y del fútbol un arte de pelear, bracear, sobrevivir.
Sin reparar en medios. ¿Escuchaste hablar alguna vez, mi querido hospitalario, de la viveza criolla, esa virtud que se supone tenemos los rioplatenses y que consiste en sacar la mayor ventaja, siempre al borde de la legalidad, de cualquier situación? Eso fue lo que hizo Luis Suárez cuando decidió, in extremis, que estaba dispuesto a pagar el precio del penal y la expulsión a cambio de que su equipo tuviera, todavía, otra oportunidad tan improbable: perdido por perdido. Y metió el manotazo, y pagó por él, y cobró por él. Si alguien hubiera escrito una historia en la que un jugador tiene en sus pies, en el último minuto del último partido, la clasificación para una instancia en que ningún equipo de su continente estuvo nunca, y la malgasta, todos abuchearíamos al guionista por obvio, por berreta. Pero así fue y, para más inri, después se le ocurrió escribir que el tiro decisivo quedaría, en otra puesta en escena de la Gran Palermo, para el otro Loco rioplatense, Abreu, que picó la pelota. Fue un pequeño milagro, de esos que el fútbol tira de vez en cuando para que olvidemos que lo cagaron a patadas.
Uruguay está, todos los dioses del panteón charrúa lo acompañan. Brasil se fue, mañana no ha llegado –pero es mucho más amplio, más abierto que lo que era hace unas horas. Hablabas ayer sobre la maldición de la Nike áptera; yo creo que la maldición mayor, en este campeonato, es la del azul francia. Los tres que la portaron –el epónimo, Italia y Brasil, tres campeones del mundo– ya no portan más nada. Sólo espero, entonces, que mañana la Argentina no caiga en la nefasta tentación del azulado. Dicen que el pequeño gran hombre no va a hacer ningún cambio; espero que eso incluya los atrezzos. En cuanto al resto, es un partido impredecible: todo depende de vaya a saber qué, en función de los vectores ordenados del cubo de la hipotenusa y un bombero versado en vuvuzelas.
“Soyons heureuses en attendant le bonheur”, dice un stencil en una pared de aquí a la vuelta –tú sabes, las paredes son a París como la Biblioteca a Alejandría–. “Mientras esperamos la felicidad, seamos felices”, dice, sin saber que, en realidad, la frase no fue escrita para chicas hedonistas sino para hinchas con una definición de Mundial en su futuro: esta rara felicidad de esperar la grande, la final. No me malinterpretes: no quiero decir que la única forma de la felicidad sea la espera de la felicidad posible; sí digo que es una de las pocas –y que no suelo saber cuáles son las otras.
Pero la felicidad acepta muchas formas, y tú sigues retaceándome la tuya. ¿Qué te guiará, mañana, cuando Alemania y Argentina se peloteen sin piedad? Te lo pregunté hace unos días y no me contestaste, así que, como en aquellos quiz shows que seguramente te gustaban tanto como a mí, te repito la pregunta: ¿tu deutsche vita, junto a la schadenfreude, alcanzarán para volverte, en ese trance, otro corista del Deutschland über alles? ¿O vas a pretender, amable como siempre, que crees por un rato en la dizque hermandad dizque latinoamericana? El pueblo, caro güey, quiere saber de qué se trata.


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