A las mujeres nos encanta que nos digan que estamos bonitas y que nos regalen flores. Aunque digamos lo contrario. Aunque juremos ser liberadas. Aunque a veces (por cortesía) paguemos la cuenta. Porque no falla: si ustedes se enamoran por lo ojos, nosotras por los oídos. Por fortuna, nuestros hombres colombianos –nuestra propia versión del latin lover, siempre a la mano, siempre a la vuelta de la esquina–, parece estar al tanto. Pocas culturas más expresivas y más ingeniosas para expresar la admiración hacia sus mujeres que la colombiana. Si no lo demuestran las cifras, la interminable colección de piropos acuñados en estas tierras dará una idea clara de lo que hablo.

Con ánimo taxonómico, a continuación listo algunos de los piropos más destacados de nuestra cultura popular.

Mamita, usté con esas curvas y yo sin frenos.
Usté de rojo y yo con este antojo.
Quien fuera mantequilla para derretirme en su arepa.
Si como camina lo bate me tomo todo el chocolate.

Nota curiosa: las referencias gastronómicas son abundantes y completan de manera ingeniosa la metáfora sexual que intercambia tirar por comer. Sigo:

En el sancocho de la vida, usté es la papá preferida.
Está mejor con tamal con doble presa (variante: changua con doble huevo).
Flaca tírame un hueso.
Mamazorca venga la desgrano.

Un poco de historia. Los piropos fueron la primera y más efectiva arma de cortejo. En un principio se usaban para llamar la atención, empezar una conversación y, en algunos casos aislados, para expresar la honesta admiración por la belleza, el ingenio y la coquetería de la mujer. Los tiempos han cambiado y, aunque la razón primigenia del cortejo persista, sus usos han variado. Hoy en día un piropo sirve para sorprender (variación efectista de llamar la atención), quitar las palabras de la boca (se sabe que las conversaciones retrasan el efecto deseado) y atacar (el efecto deseado). Y si alguna virtud tiene el piropo colombiano es que aunque ordinario no adolece en su efecto. ¿Qué puede decir una mujer después de un “Eres la mona que le hace falta a mi álbum”, de su variante común “Yo te he visto en algún lado” o de su versión discotequera “Te noté desde que te vi pasar por la puerta”? Aunque rara vez lo hacen frente una dama, nuestros latin lover lo hacen entre ellos, cuando están borrachos, cuando están de buen genio, cuando quieren expresar su euforia. “Uyyyyy, ¿Quién pidió pollo?”. El mismo efecto que tiene pitar en el carro cuando ven a una incauta cruzar de acera: sorprender, callar, atacar. Atacar, aunque desafortunadamente no en lo que se refiere al sexo, pues de todos es sabido un bombardeo de nuestros mejores piropos nunca termina en la cama.

Por eso, si algo tienen que aprender los colombianos de los argentinos (si, ya estamos cansados de la imitación de acentos, de las camisetas de Boca hechas en algodón, y de la nuestra platonizada versión del bife chorizo –un pedazo de lomo sobre el que descansa impune un chorizo santarrosano-) es el arte del piropo. A la vuelta de cada esquina de la capital porteña, en lugar de un latin lover bien plantado aparece un tipo bien piantao* que grita: “¿Sabés que sos hermosa?”. El efecto es innegable. Sorprende (¿Me lo preguntas a mí?), quita las palabras de la boca (“No, no lo sabía” o “Si ya lo sabía, pero no lo voy a decir”), expresa admiración sin ser regalado (es una pregunta). Será herencia del tango y la milonga, de los tiempos de Carlitos Gardel y Alfredo Zitarrosa y sus nostálgicas, románticas y, por supuesto, atormentadas letras. Siempre se ha sabido que el hombre colombiano no se atormenta demasiado levantando.

*Piantao: en lunfardo, loco (y, déjenme añadir, loco de amor romántico).
**Lunfardo: jerga común de los inmigrantes de la región del Río de la Plata. Considerado por algunos como “el lenguaje del tango argentino”.

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