Por Caparrós

 

Toquecito a Villoro:

No sabes cómo te envidio, caro güey, esta noche, tu sedentaritud, tu Coyoacán goteando, tus tres opciones, tus tres millones de uruguayos en la esquina. Te lo diré sin oropel: estoy perdido. Y harto, y muy exhausto: hace dos días que no duermo –y ni siquiera pude ver partidos. Hay que acabar con ese mito de los viajes.

Supongamos que por eso te lo cuento. Dejé Arúa el miércoles a la mañana, y fueron 600 kilómetros por rutas duras hasta Entebbe, el aeropuerto de Uganda, donde llegué hacia las 9 de la noche. Mi avión salía a las 4 de la mañana del jueves, así que tuve que esperar. Debía ir hasta Niamey, la capital del Níger, con conexiones en Addis Abeba, la de Etiopía, y Lome, la de Togo. Pero el vuelo Addis-Lome se retrasó tres horas y tuve el privilegio de ver, desde la ventanilla de mi avión aterrizando, despegar el que debió ser mío y nunca fue. Aquí en Lome no sabían qué hacer conmigo; yo nunca me detuve a pensar qué hacer con ellos. De hecho, te confieso que hasta hace unos días no recuerdo haber sabido que existía este lugar. Pero existe, y yo estoy; me acaban de poner por un rato en un hotel donde Italia pierde, una y otra vez, en una gran pantalla pálida. Delante del hotel hay una playa con cabras y un mar grande que debe ser –si mis cálculos no fallan otra vez– el océano Atlántico, y morenos limpiando unas canoas y un olor bruto a pescado rabioso. Es levemente inverosímil pero es: estoy en Togo para naga.

Por eso esta noche, a eso de las 11, tengo que volver al aeropuerto para tomar un avión que –dicen– me dejará en Niamey, a dos horas de vuelo de aquí, doce horas más tarde. Nadie sabe bien qué va a hacer entretanto; una azafata me dijo, casi conspirativa, que piensa parar en una cantidad indeterminada de capitales del África ex francesa. No sé cuándo voy a llegar dónde, así que te mando estas líneas preventivas antes de salir.

Como te decía, estos dos días casi no vi partidos. Dicen que Italia-Eslovaquia tuvo lo suyo. Algo se rompió con la fuga de Italia; una cierta idea aristocrática del orden futbolístico, de la victoria como derecho adquirido que no necesita renovarse con jugadas y goles: Italia lleva décadas usando ese derecho. La fuga italiana –cuánto le gustaba a mi abuelo Antonio contar historias de italianos en fuga en la guerra de España– es un golpe para la idea, que yo suelo sostener, de que en el mundo hay cinco equipos y, muy de vez en cuando, alguno se nos cuela. Pero, si te fijas, los ganadores de Mundiales son Uruguay, Italia, Alemania, Brasil y Argentina; hay dos ganadores de Mundial propio, Francia e Inglaterra –y los demás les hacen de comparsa. Es un orden casi inexplicable, que siempre parece a punto de romperse, y que, como la mayoría de ellos, no se rompe.

Mira ahora, por ejemplo, el fracaso de la Operación Oro Africano: el intento de poner varios equipos africanos en la segunda ronda se hundió en el barro de Ginebra y Johannesburgo. Y, en cambio, lo que se vio hasta ahora en este Mundial pobre, sin alardes, es un gran triunfo sudamericano: sus cinco equipos clasifican y, si Chile no pierde con España ni Brasil consigo mismo, los cinco podrían entrar primeros en sus zonas.

Pero nada de todo esto es muy interesante. Insisto: tengo mucho sueño. No quería, de todas formas, olvidarme de felicitarte. Es tu santo, don Juan, enhorabuena. También lo es de mi hijo, del rey español, del gran gay mexicano, del señor Pelotas, del de los Palotes y, por partida plural, de ese cantor colombiano al que no basta llamarse como un solo hombre –y de otros cientos de millones. Siempre me sorprendió esta cuestión del santo: festejarse con tantos, por algo tan personal y tan poco personal como el nombre más o menos propio. De las tres opciones de efemérides individual, una te la eligen para inscribirte en una tradición –porque el cristianismo impuso ese rara costumbre de que todos nos llamemos con los nombres de sus muertos más y mejor muertos–; las otras dos son fruto del azar, y yo tengo la superstición de creer que el azar hace las cosas verdaderas. Por eso sí me intriga que ayer también se festejaran juntos, como dijiste hace unos días, cumpleaños fastos para el fútbol criollo: el gran Riquelme, el muy probable Messi. Y, al mismo tiempo, los 75 años de la muerte del mayor argentino, el primer Maradona, el franco-yorugua Carlos Gardel: alguien ayer debe haber renovado el cigarrillo que su estatua nunca deja de fumar. Sé que debería sacar alguna conclusión de todo esto, pero no sé cuál es; al azar se la dejo.

Se ocupará, como de casi todo. Y ya te avisaré el 11 de noviembre, cuando tengamos santo yo y tu goleador de cabecera. Mientras tanto, y aunque hayas preferido hablar de la Argentina como si su próximo contrario no existiera, seremos, estos cuatro días, víctimas de la espera. El fútbol, como todo lo que importa, produce una espera perfectamente desproporcionada a lo esperado. Nos pasaremos lo que falta hasta el domingo, horas y horas, imaginando la infinitud de esa hora y media. La inversión de tiempo que le haremos a esos dos tiempos de 45 va a ser un despilfarro: como todo lo que importa, un despilfarro.

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