Los que odian son constantes. Es muy común que las personas sean infieles en el amor. Es asombrosa, en cambio, la fidelidad del odio. Que lo dejen de querer a uno es una experiencia continua; te quieren, y de repente o poco a poco, ya no te quieren. Este proceso se repite una y otra vez, como si fuera algo más o menos normal. En cambio los que te odian no dejan de odiarte nunca, no bajan la guardia, no se les pasa el ardor. El fuego de la inquina lo debe alimentar una llama más firme que el de la pasión amorosa. Hay amores hasta la muerte, pero escasos; en cambio el odio a muerte, el que apenas la muerte sacia o libera, es mucho más corriente.
      ¿Qué será lo que nos hace abominables ante los ojos de otra persona? Cuando estamos seguros de no haber cometido ningún agravio contra ellos, la perplejidad aumenta. Muchas veces el odio puede explicarse por una vieja pasión humana, inconfesable, y perfectamente descrita por La Rochefoucauld en una de sus Máximas: "a menudo nos envanecemos de las pasiones, incluso de las más abominables; pero la envidia es una pasión tímida y recatada que nunca nos atrevemos a confesar."
    Hay, sin embargo, en la envidia, por lo menos un mérito, alguna vez señalado por don Miguel de Unamuno, quien decía respetar, en la envidia, "la enorme energía que revela en el individuo que la padece." Al menos el envidioso tiene fuerza para algo: para odiar, y esa constante atención que le dedica a uno con su odio, habrá que agradecerla como un homenaje.
    Recuerdo también un poema de José Emilio Pacheco, que dice así: “¿Pensaste alguna vez en tu enemigo, / en el que no conoces / pero que odia / cuanto escribe tu mano? / ¿Pensaste en ese joven de provincias / que daría su vida por tu muerte?” Yo he conocido a este tipo de personajes. En la vida literaria, por ejemplo, los que lo odian a uno son asiduos en su atención y recurrentes en su furia. Aquel que te odia no deja nunca de leer, o al menos de hojear tus libros; examina uno a uno (y con lupa) tus artículos o tus ocurrencias en el blog; no se pierde ninguna entrevista; dice detestar y aburrirse con cuanto escribes, pero no se lo pierde. Asiste a cualquier presentación o conferencia y actúa como el célebre envidioso de don Antonio Machado que, durante los aplausos, silbaba. Y no es ni siquiera que lo silbe a uno; la cosa es más honda: silba el aplauso. Los que te quieren se olvidan muchas veces de felicitarte cuando te pasa algo bueno; los que te odian nunca dejan de celebrar tus caídas ni de lamentar tus triunfos.
      Pero quizá no todas las personas saben odiar con tanta hondura y persistencia. En general, los infieles en el amor son también infieles en el odio. Olvidan los agravios con la misma rapidez con que olvidan los favores. Son malagradecidos, pero no rencorosos. Este es un caso más de esos defectos que se convierten en virtudes y de esas virtudes que por exceso pasan a ser defectos. Los que aborrecen son fieles a sus ideas fijas y el chorro de su bilis es constante.
 

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