Los hombres, y no es por generalizar, son unos tarados a la hora de levantarse a una mujer. Si tienen todo el tiempo del mundo a su disposición, no hay lío, concedo que ahí pueden llegar a salir con buenas ideas, con ideas hasta románticas, pero si tienen dos minutos, normalmente salen con cualquier imbecilidad.
 
Lo digo porque el otro fin de semana estuve en una fiesta donde había veinte hombres y cada uno trató de que yo le parara bolas de una forma diferente… y todas fueron un fracaso. Era una especie de carrera a ver quién se quedaba con la niña al final de la noche.
 
Yo sé que suena un poco arrogante, y sé que mis detractores me dirán que soy una creída, pero no hay tal. Tampoco hay mucho de qué creerse. Estaba en una fiesta donde había en promedio una mujer por cada 5 hombres, y de esas mujeres la única soltera y flaca era yo, así que las probabilidades de que me cayeran eran altas. Y así fue. Se me acercaron varios personajes.
 
El primero, un tipo simpático, bajito, con ojos saltones, me dijo que tenía que contarme un secreto. Cuando me acerqué, me estampilló un beso en la oreja sin ningún preámbulo y me dejó el oído pitando.
 
Fue tan chocante el asunto que me alejé enseguida, huyendo del bajito, que me perseguía. Di con otro tipo, que parecía más sensato. Un tipo que bailaba y sonreía. Su método era un poco más elegante, porque simplemente se limitaba a sonreír. Al final, me dijo sólo dos cosas. La primera, que tenía un culo precioso y la segunda, que quería darme un beso. Ese es otro error. A las mujeres no se les puede tratar así. Por lo menos deben hablarles del clima antes de lanzarse a alabar su culo. Y además, no hay que pedir permiso para besar. Eso es patético.
 
Me fui de nuevo, y di con un tipo callado y serio, con una cara preciosa. El tipo me dijo que se había dado cuenta de que estaba en una situación complicada (eso quiere decir que me había estado mirando). Me dijo que él nunca se portaría así. Me alegró mucho oírlo, porque el tipo me gustaba bastante, entonces me puse a hablar con él y le pregunté por qué actuaban así los tipos, por qué era tan difícil que hablaran con una mujer y no que alabaran sus tetas y su culo y quisieran manosearla. El tipo me dijo, todavía muy serio, que ese asunto era muy difícil de lograr con una hembra como yo.
 
Escandalizada por lo imbécil del comentario, caminé hacia la pista de baile, con la esperanza de encontrar una cara amiga. Ahí estaba un grupo de mujeres bailando solas, y una de ellas me dijo que era mejor bailar entre nosotras porque los hombres eran unos idiotas. Me estaba diciendo eso cuando uno de ellos, esta vez un alto delgado de gafas, me agarró y empezó a bailar conmigo. Su propuesta fue que en esta vida él no quería hacer nada conmigo, pero en la otra le gustaría que fuera su esposa. Nunca supe si era una forma de enamorarme o una afirmación sobre sus creencias religiosas y la importancia de la reencarnación.
 
Estaba bailando con él cuando llegó el bajito de nuevo con su boca apuntando a mi oreja. Ya no resistí más y salí corriendo.
 
En la puerta, otro hombre me detuvo. Me preguntó para dónde iba, me llamó un taxi y me dijo que tuviera mucho cuidado. Ese, el único hombre que no me estaba coqueteando esa noche, fue el que más me gustó.
 
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