Por Juan Villoro

 

Pase a Caparrós:

Ayer fue asesinado el candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas. Es el mayor golpe político del crimen organizado. ¿A quién le importa ahora que Osorio haya regalado una pelota? El Mundial era la fantasía extrema de un país con 22,700 asesinados en los últimos tres años. El domingo México se volvió un país neutral en el futbol. Hoy está en guerra consigo mismo.

Paso a la tarea más bien ociosa de valorar la justicia en la cancha. El error del árbitro es parte del juego; por eso se parece a la vida, esa experiencia azarosa donde de pronto orinas sangre o encuentras un billete de cien dólares en el asiento del taxi. Ante Argentina, el árbitro nos jodió pero no mucho. Como Rosita Alvírez en el célebre corrido, México “estaba de suerte: de los tres tiros que le dieron, sólo uno era de muerte”.

El verdadero problema no es que el árbitro pueda equivocarse, sino que la FIFA se equivoque al elegirlos. Sudáfrica 2010 es un bazar de jueces incompetentes. ¿En qué escuela de ciegos fueron reclutados? El árbitro y el asistente que hundieron a Inglaterra olvidaron el método más sencillo para analizar lo real: abrir los ojos. El mexicano Marco Antonio Rodríguez, que acuchilló a Chile, tiene otro defecto: ignora que ya se inventó el criterio. Nació para tomar dictado o ser dictador, no para discernir. Si un equipo pierde 0-2, basta una tarjeta amarilla para que sepa que está en apuros. A no ser que se trate de un faul de amputación, el color de la mostaza es preferible al de la sangre.

México pateó a los argentinos porque confunde la agresividad con la enjundia. Visité a Javier Aguirre en el Centro de Alto Rendimiento, poco antes de que saliera rumbo a Sudáfrica. Esa noche insistió mucho en el trabajo psicológico. Sin embargo, en vez de contratar a expertos en manejo de frustración y agresión (nuestros estados de ánimo básicos), tomó en sus manos la tarea. El Vasco tiene algunos récords curiosos: como futbolista fue expulsado en el primer minuto por iniciar un partido con una patada y como entrenador fue expulsado por meterle una zancadilla a un futbolista rival que pasaba por su área técnica. Sus jugadores salen al campo incendiados. Esto es bueno para perseguir la pelota, pero no para distinguir el marcaje del empujón.

Estimulado por las pantallas diminutas que encuentras en tu safari africano, vi un partido como lo amerita un sedentario: en la macropantalla de un cine. Cada Mundial inaugura una tecnología. Alemania 2006 fue el torneo de las pantallas planas; Sudáfrica 2010 es una fiesta compartida en Twitter y Facebook. También ha traído otro alarde: las transmisiones en tercera dimensión. Ayer fui al cine con el deseo de que un balón llegara hasta mi asiento.

A veces deseas que lo novedoso no deje de serlo, pues no quieres repetirlo. Así fue mi experiencia. El tráfico del D. F., variante automotriz del camino de penitencia, me hizo llegar justo a tiempo. Esto se agradece cuando se trata de cenar en casa, pero no funciona en los Grandes Acontecimientos. En esta nación de 110 millones encontrar sitio sin llegar dos horas antes significa que el acto fracasó.

No había nadie fuera de la sala. Pensé que todos se me habían adelantado. Nada de eso: el poeta Eduardo Hurtado y yo éramos los primeros en llegar. Esto nos deprimió: un partido sin gente es un bautizo sin niño.

Cuando comenzó la proyección entendimos por qué el 3-D cautiva poco. Brasil y Chile salieron a la cancha. En la oscura cavidad del cine, sentimos que eso había sido filmado. La televisión permite ver el resto de la vida: a un metro de la pantalla tu hermana se acerca con las quesadillas y a tu lado el teléfono suena como un promotor que desea ficharte para el infierno. Eso indica que vives en tiempo presente y que el partido pertenece a la confusión de tu existencia. En cambio, el cine suspende la temporalidad: no hay otro hecho que el partido que parece hecho en Hollywood o en una PlayStation. Es como el cuento de Borges y Bioy, donde conjeturan que el fútbol carece de realidad y sólo se escenifica en televisión como un performance para los aficionados.

Comprobé que los mexicanos somos brasileños pirata. Con algún retraso, llegó una torcida enfundada en camisetas amarillas. Los tres goles brasileños fueron celebrados con la algarabía de cinco personas en un cine para quinientas. ¡Qué lejos estábamos de las vuvuzelas!

Hubo algunos problemas técnicos para entender el nuevo artilugio. Las cámaras tenían nitidez extrema en las tomas cerradas. En un momento de quietud pudimos contar hebras de pasto en el Jabulani. Luego los rostros de Bielsa y Dunga adquirieron preocupante relieve: el argentino que calificó a Chile con brillantez, parecía al borde de la autocombustión, actitud amable, si se compara con la de Dunga, dispuesto a convertir el carnaval en un desfile militar.

Cuando la cámara registraba acciones de conjunto todo se borraba un poco. Me acordé de los antiguos autocinemas, donde el parabrisas empañado no dejaba ver la película. En ese caso, la mala vista provenía del vaho, es decir, de la autocombustión de los espectadores que habían ido al “cine” para besarse en un coche. Las modas raras se justifican si tienen efectos eróticos interesantes. No es el caso de la tercera dimensión, tan poco sexy que convierte a la chica de junto en un alienígena y te acerca demasiado a los escupitajos de Robinho. ¿Por qué escupen los futbolistas? La pregunta dio lugar a un cuento de Rubem Fonseca. Se trata de un tic o un vicio que puede ser misterioso. Pero no en 3-D.

Otro problema visual fue que Brasil jugó en tercera dimensión y Chile en blanco y negro. La escuadra que enfrentó a España con valentía suicida apenas inquietó a los amarillos.

No veré Brasil-Holanda en 3-D. Será un choque de aparatos. Si en la hierba juegan máquinas, tener ojos ya es suficiente alarde tecnológico.

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