Por Juan Villoro

 

Pase a Caparrós:

Y de pronto, un día sin fut. En pleno síndrome de abstinencia fui a dar al hospital, no para curarme de la falta de goles, sino porque operan a alguien de la familia (nada grave, aunque todo bisturí abre los nervios). Atravesé la ciudad de madrugada hasta un suburbio que semeja una estación espacial recién inaugurada. Al entrar al hospital me sorprendió que no tuviera que pasar por migración. Cambié de país sin salir del D. F. El entorno encapsulado en que me encuentro se rige por la obsesión de estar aparte. Y sin embargo, también aquí hay algo de África. Aunque la enfermedad es tratada como un lujo, por las noches llegan seres de otras tribus a llevarse las bolsas de la basura. Algunos viajan tres horas desde un remoto tuareg sin luz eléctrica. En el camino, se enteran de los goles. Son un poco como tú, sólo que para siempre.

En esta ciudadela de los enfermos me enteré de la despedida del Vasco Aguirre. El mejor entrenador mexicano cumplió lo que había dicho desde hace tiempo: deja la selección. No añadió que estaba harto de las injerencias de directivos, publicistas y televisoras. Sin embargo, en este país donde cada duda genera una teoría de la conspiración, es fácil pensar que lo presionaron para hacer anuncios en los que no creía y tal vez para alinear a jugadores que no le interesaban. Una de las paradojas del Mundial es que los destinos de Maradona y Aguirre se invirtieron. Diego comenzó la justa como un técnico al que le cuestionaban su capacidad de saber en qué día se encontraba. En cambio, Aguirre llegaba con el prestigio de haber salvado a la selección cuando la eliminatoria parecía perdida. Luego vino el cruce de destinos: el Dios albiceleste estrenó ecuanimidad y el Vasco tomó decisiones extravagantes.

¿Es posible que exista el entrenador feliz? Ocupar el banquillo al borde del campo no es una opción de dicha. Más allá de los dólares, ¿qué lleva a sufrir de esa manera? Todo entrenador es un gato junto al agua: adora el pescado y odia mojarse. Quiere el triunfo, pero no puede querer las molestias que empapan y humillan. Por desgracia, las dos cosas van juntas. Si alguna gente que has conocido en tu viaje no sabe si odia o quiere su trabajo, todo técnico detesta la mitad del suyo. ¿Por qué lo ejerce? Estamos ante un mártir y verdugo a medias, que padece con estoicismo y luego se pone cabrón. Un trabajo ideal para gente bipolar o superhéroes, que siempre son bipolares: Bruno Díaz padece a los directivos y Batman festeja los goles.

En México cada fracaso futbolístico da lugar a un deporte extremo: el linchamiento. De redentor, Aguirre pasó a archivillano. En realidad actuó como un profesional promedio. Pero en estos momentos nadie quiere hablar de normalidades.

En cuatro años tuvimos cuatro técnicos. Aguirre se va porque está tan harto como nosotros de la forma en que se lleva el futbol en México. Sólo tomó el cargo porque carecía de equipo cuando el sueco Eriksson se fue en busca de otro sauna (lo encontró en Costa de Marfil). Sería deseable que alguien de la jerarquía de Aguirre o Bielsa se hicieran cargo del equipo hasta el próximo Mundial. Sin embargo, para eso tendríamos que cambiar a los dueños del negocio. ¿Será posible que en el centenario de nuestra Revolución –hasta ahora deslucido– organizáramos la primera revuelta para garantizar la calidad del juego? ¿Habrá un Zapata de estadio? Lo único cierto es que, si esa rebelión llegara a organizarse, daría lugar a una película y el Zapata en la hierba sería Gael García Bernal.

Esto nos lleva a la maldición que se cierne sobre los jugadores que participaron en el anuncio de Nike, dirigido por Alejandro González Iñárritu. Si juegas de maravilla en los anuncios corres el riesgo de que te castiguen los celosos dioses de las canchas. Repasemos el elenco: Ronaldinho no fue convocado por Dunga, Drogba se fracturó antes del Mundial y no brilló, Ribéry y Rooney pasaron de incógnitos y Cannavaro permitió que los delanteros le ganaran la espalda y la cabeza. Cristiano Ronaldo era el único que aún podía salvarse, pero ante España fue un insípido portugués hervido. Espero que la maldición no se haga extensiva a Gael, que aparece en el mismo comercial, interpretando a Cristiano Ronaldo en la versión fílmica de su gloria. ¡Lo necesitamos para encarnar al Zapata del fútbol!

Ahora que duermo en un hospital, soy sedentario de ninguna parte. Aquí veré los partidos de mañana. Evoco al primer nómada, Caín, que comenzó de jardinero y se hartó de los rebaños de su hermano Abel, que mordían sus pastos. Después de arreglar cuentas con cuchillo, Dios lo convirtió en el primer nómada. Vagó en penitencia hasta que construyó la primera ciudad, Enoch. El antiguo jardinero se volvió arquitecto. No sé si construyó un estadio pero sería justo que lo hubiera hecho. Una cancha: el jardín al que regresa el nómada, el campo provisional del sedentario.

Hasta mañana, en algún jardín.

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