Si ustedes han visto La edad de la inocencia o han leído esos poemas melosos del siglo XVIII, se habrán dado cuenta de que en esa época, las manos eran consideradas tan eróticas como las tetas hoy en día.
 
Ellas, las manos, eran la puerta del infierno. Las mujeres las tenían escondidas bajo encajes (como las tetas, hoy en día) y tocarlas por primera vez era una aceptación franca de que la relación iba por buen camino (como las tetas, hoy en día).
 
En esa época en la que perder la virginidad era estar condenado a las llamas eternas, eran las manos lo más cercano al coqueteo, y quitar esos guantes que las escondían era casi como desnudar a la mujer que se empeñaba en ocultarse bajo tules y miriñaques.
 
Los tiempos han cambiado. Hace mucho, además. Ya las manos no son puentes para nada. Ahora lo que menos se molestan en agarrar los hombres son las manos. Las mujeres tampoco, no crean, eso no es cuestión de género. Pasamos del coqueteo al beso y de ahí al polvo y ya estuvo. Ni siquiera nos fijamos en las manos.
 
No es cuestión ni siquiera de romanticismo. Ni de buenos modales. Es que ya se perdió la carga erótica de esas extremidades, tal vez para siempre. Incluso esos mitos sobre el tamaño de las manos pueden ser rebatibles con facilidad. Ningún experto ha afirmado categóricamente que si un tipo tiene las manos grandes su pipí va a ser grande. Nadie ha publicado un tratado médico certificando que el puño cerrado de la mano de una mujer equivale al tamaño de su vagina. Y aún así, yo me fijo en las manos de los hombres. No puedo evitarlo. Buena parte del atractivo de un hombre, para mí, está ahí. Tienen que ser grandes y firmes. Las manos muy suaves me producen escozor. Las regordetas de dedos chiquitos me hacen pensar en bebés sobredesarrollados con culitos rosados y llenos de sarpullido.
 
Las manos que sepan tocarme las tetas me excitan probablemente de la misma forma que se excitaba la nena de los guantes dos siglos atrás. Un par de manos, bien usadas, para mí son el indicativo de que el resto estará a la altura.
 
Pero más allá de su erotismo, de su belleza estética, me gusta mirarlas, tocarlas, chuparme sus dedos. Me gusta la cotidianidad que viene con ellas.
 
Me gusta ver dos novios cogidos de la mano por la calle. Para mí, una mano es símbolo de estabilidad, de tranquilidad, de apoyo. Un símbolo de pertenencia más que una flagrante exhibición de sexualidad.
 
Y sin embargo, ellas son las que nos ayudan en nuestros ratos de soledad. Las que se despiertan de ese olvido y se vuelven nuestras amantes más fieles. Las manos son las que penetran en nuestro cuerpo, nos tocan, nos conocen, nos exploran.
 
Mi mano es una de mis mejores amigas. Ojalá que los hombres aprendieran a apreciarlas más.

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