He leído días pasados un libro precioso, publicado en Medellín en abril de este año dentro de la colección del Fondo Editorial Universidad EAFIT, dirigida por mi querido Héctor Abad, y es un libro que recoge el epistolario del malogrado Gonzalo Arango (* 1931–† 1976) a su amigo Alberto Aguirre.
 

De Gonzalo Arango se sabe poco o nada fuera de Colombia, y quienes saben algo de él militan entre los especialistas en poesía latinoamericana. No en vano se trata del fundador de uno de los movimientos más míticos y al mismo tiempo más mitificados en la lírica del continente durante el siglo pasado: el nadaísmo. Cuyo Manifiesto –debido a Gonzalo Arango– encierra poco rescatable, si no es apelando a un cierto sentido del humor. Por ejemplo, la frase según la cual “no somos católicos porque dios [sic] hace 15 días que no se afeita”. El nadaísmo, su nombre es programa, se proponía la nada. Y en ella terminó. Sintomático de sobra es que ni el diccionario de la Real Academia lo defina, y si saco a relucir el diccionario es porque juega un importante papel en lo que sigue.
 

Por la época en que Gonzalo Arango no era nadaísta ni sencillamente nada más que un joven apasionado por la literatura, y sin un centavo en el bolsillo, su amigo Alberto Aguirre decide ayudarlo y le consigue un puesto como redactor de la Agencia France Presse en Medellín. Él mismo confiesa ahora que lo hizo consciente de que Arango no sabía francés, ni escribir a máquina, ni tampoco tenía la más mínima noción (“ni veniales”, dice gráficamente Aguirre) de periodismo.

Así las cosas, un buen día, y a propósito de la visita de la reina Juliana de los Países Bajos a su homóloga Isabel de Inglaterra, Aguirre se encuentra en un diario local con la siguiente noticia de la AFP, en traducción perpetrada por su amigo Arango: “Las dos reinas almorzaron juntas en un hotel”. Intrigado por lo insólito del caso, Aguirre buscó el original francés, donde leyó:
“La reine Elizabeth á eté l’hôte de la reine Julienne pour un déjeneur au Palace de Buckingham”. Que Aguirre nos traduce de este modo: “La reina Isabel fue huésped de la reina Juliana en un almuerzo en el Palacio de Buckingham”.
 

Y aquí se centra de lleno mi pregunta: ¿huésped? ¿no sería más bien anfitriona? Pero ojo: el diccionario de la RALE registra como tercera acepción de la palabra “huésped” la de “mesonero o amo de posada”, y como cuarta la de “persona que hospeda en su casa a uno”. Y en el Seco la segunda acepción es “persona que aloja a otra en su casa”, si bien considera “hoy raro” semejante uso. Mas no tan raro, diría yo, al menos en Zoología y Botánica, según se desprende de una tercera acepción en el propio Seco: “Animal o vegetal a cuyas expensas vive un parásito o comensal, o donde se aloja un inquilino”. Doña María Moliner, con su prosodia de ese proverbial cualquier tiempo pasado que siempre fue mejor, también registra la acepción de huésped como “persona que tiene hospedada a otra en su casa”, pero lo precisa formulándolo así: “respecto de ésta”. Y lo mismo en la acepción botánico-zoológica: “vegetal o animal en el que vive un parásito, respecto de éste”.
 

Hablando a calzón quitado, si ya me molesta la existencia de dos palabras para una misma función, mucho más que eso me molesta el que una sola palabra designe dos funciones contrapuestas. Y también el hecho de que en este caso concreto, sin un conocimiento previo de las circunstancias tópicas, la frase “La reina Isabel fue huésped de la reina Juliana en un almuerzo en el Palacio de Buckingham” podría interpretarse como que la monarca inglesa almorzó en su propio palacio invitada por una colega extranjera. Por más que, desde luego, conociendo la excentricidad característica de los ingleses, tampoco tendría tanto de extraño.
 

Bromas aparte: hasta admitiendo lo paranoico del planteamiento, esto es, que una misma palabra, “huésped”, designe al mismo tiempo al visitante y también al visitado, traduciendo deberíamos esforzarnos por dejar claro quién es quién en cada ocasión. Claro está que en la que nos ocupa, el original francés no ayuda mucho. Lo “más mijor” (Cantinflas dixit!) quizás hubiera sido una versión libre: “La reina Isabel agasajó a la reina Juliana con un almuerzo
en el Palacio de Buckingham”. Ahí ya no queda ni el menor resquicio a la ambigüedad. Lo que sí puede desconcertar bastante es descubrir la expresión “ser uno huésped en su casa(cursivas mías) como equivalente de “parar poco en ella” (ídem), puesto que la condición de huésped, en la propia casa, se reduciría así a la del forastero que encuentra allí su aposento, contradiciendo de un modo absoluto la otra posibilidad. Misterios del idioma.
 

Algo semejante sucede en algunos lugares con el verbo “heredar”. Recuerdo el susto con que oí una noche de tertulia del mes de octubre de 1984, en el jardín de la casa de Sergio Ramírez, en Managua, la frase “Lo que nos heredó el somocismo”, sin que nadie, ni una sola de las personas presentes, se sintiera irritada por semejante contradiós. Tanto que incluso llegué a pensar que quien lo dijo ensayaba tal vez una ruda ironía, para no decir un descarnado sarcasmo. Pero no. Se trataba de un uso habitual, por muy disparatado que me pareciese. De hecho, lo he vuelto a encontrar varias veces en la literatura latinoamericana, concretamente en un cuento del mexicano Héctor Aguilar Camín y en una novela del mismo Sergio Ramírez. Y de hecho, una mirada al diccionario de la RALE nos dice que “heredar”, segunda acepción, es “darle a uno heredades, posesiones o bienes raíces”, y/o también, tercera acepción, “instituir uno a otro por su heredero”. Lo más notable es que el diccionario académico conoce y nombra la figura de quien hereda como sujeto receptivo, el “heredero”, mientras carece en cambio de nombre para quien hereda como sujeto donante. No así el Seco, que sabe identificarlo bajo el legalismo “heredante”.
 

Y volviendo a “Lo que nos heredó el somocismo”, he intentado averiguar las reacciones de un alemán traduciéndolo literalmente: “Was uns der Somozismus geerbt hat”. Y he cosechado tan sólo la mirada conmiserativa de quienes creen que nunca en la maldita vida lograré dominar la sutileza de matices del idioma teutón: “No, Ricardo, lo que seguramente quieres decir es ‘Was uns der Somozismus vererbt hat’, ¿no es eso lo que querías decir?” Claro como el agua clara, porque en alemán es imposible que el verbo “erben”, heredar como heredero, pueda transmitir el mismo sentido que el verbo “vererben”, heredar como heredante. Lisa y llanamente, son dos actividades distintas, tan distintas que no se pueden enunciar con una sola palabra.
 

Tirar la toalla, tirar la esponja, es lo más fácil. Lo difícil es deber (de) aceptar que cada idioma tiene su propia torre de Babel y esforzarse por bajar todos los puentes levadizos, por desbrozar el monte bajo de los malentendidos y del “nosotros decimos así”, para abrir los senderos de la comunicación sin trabas. ¿De qué me sirve tropezar con el bordillo de la acera, si en el Río de la Plata lo voy a hacer (sea ello lo que fuere) con el cordón de la vereda?

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