Ya no los hacen como antes, diría mi abuelita. Y tiene razón. Pero no hay que culpar a los hombres por eso, o no sólo a los hombres. Lo cierto es que a ustedes no les gustaba mucho aquel asunto de la liberación femenina en primer lugar, pero nosotras insistimos y ganamos… y también perdimos.

Ganamos porque conseguimos derechos fundamentales que antes se nos negaban categóricamente. Pudimos votar, acceder a puestos de responsabilidad, estudiar, decidir con quién carajos queremos tirar y cuándo y también cuántos hijos vamos a tener.

Pero también perdimos, porque con el ascenso del feminismo murió la caballerosidad. No del todo, afortunadamente y, de nuevo, no se les puede culpar enteramente a ustedes, porque hay locas que despotrican de aquel tipo que las quiere invitar a comer o el que les abre la puerta del carro.
Yo no soy así. Yo sé que somos diferentes, y es delicioso ser diferente. Yo tengo menos fuerza que un hombre de mi edad y de mi altura. No tengo barba, no tengo pipí y en cambio tengo dos tetas. Y estoy muy orgullosa de eso.

Y llámenme anticuada, pero todavía creo en los caballeros. No en los de brillante armadura, porque esos son para los cuentos de hadas, sino en los que creen que a las mujeres hay que tratarlas bien.

Me gustan los que me invitan a comer, y no exigen que paguemos por mitades. A veces invitaré yo, obvio.

Me muero por un hombre que me abre la puerta del carro, o que me corre la silla para que me siente, que siempre deja que yo entre primero a cualquier lugar y que me dice por favor y gracias y qué linda que estás hoy.

No me interesan los regalos caros, pero me seduce que me lleve una flor de vez en cuando. Eso no es mucho pedir.

No me malinterpreten, yo también soy detallista y me gusta dar regalos y agradecer y piropear. Pero si él no lo hace, no hay posibilidad alguna de que yo responda con detalles. Si no me invita nunca, yo me limitaré a pagar por mitades y olvidarme de invitarlo a nada.

Eso es cuando salimos. Cuando estamos tirando, quiero que me complazca, que me haga venir, que sienta mi cuerpo y que lo conozca. Que el sexo sea entre los dos y no sólo de él, para autosatisfacerse con mi cuerpo.
Y cuando terminamos de hacer el amor, me gusta que me de un beso, o que me diga algo bonito, o que me haga un chiste, cualquier cosa antes de quedarse dormido, porque tampoco exijo una charla demasiado larga…
Me gusta que me llame y me invite a salir, así llevemos meses saliendo.
Que en un matrimonio al que vamos juntos me saque a bailar, como cuando tenía 15 años. Me encantaría que supiera sorprenderme, taparme los ojos y llevarme a un lugar espectacular a pasar la noche, por ejemplo.

Pero es más fácil para muchos comerse el cuento de la liberación, de la igualdad de los sexos, de que todos somos lo mismo. Es más fácil sentarse a esperar a que sea ella la que llame, o ella la que invite a comer, o ella la que compre regalos. Es más sencillo encaramarse en el carro y quitar los seguros que abrir la puerta, y que cada quien corra su asiento (si total no es manca, deben pensar). Es más cómodo para algunos encaramarse encima de la niña de turno, comérsela y fundirse ahí mismo, que demorarse media hora llenándola de aceites de olores y haciéndola sentir placer.

Hay incluso hombres que se han pasado al otro lado y hacen el papel de nenas indefensas, para que seamos nosotras las que los complazcamos en sus caprichos y sus antojos.

Yo creo que soy anticuada, en efecto. Aún creo en la fuerza del coqueteo, en la magia del cortejo. Y en la felicidad que me da el tener un caballero a mi lado.

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