El ritual empieza temprano, como a las seis. Mis tres mejores amigas y yo hablamos a esa hora y nos ponemos de acuerdo para esa noche. Usualmente empezamos en un bar inglés con buen rock, donde se puede tomar cerveza, así que nos ponemos una cita ahí.
Como a las ocho, llego a mi casa y me arreglo. Jeans apretados, sandalias doradas, una camiseta amarilla pegada y un cinturón con una hebilla enorme que tiene una cara de Mao y pistolas alrededor. Me maquillo un poco, poquito nada más. Al rato llega mi mejor amiga, la más cercana, también lista para salir. Tiene una falda corta y unas botas rojas. La camisa escotada deja ver sus tetas, grandes y redondas, que envidiaría cualquier modelo. Comemos pizza fría, nos tomamos la primera cerveza y nos vamos.
 
Allá nos encontramos con las otras dos. Una de ellas es conservadora y tiene una falda negra a la rodilla, botas del mismo color y un suéter de hilo blanco. La otra es un poco menor, un par de años, pero se le notan, porque se viste como una nenita malvada, con botines de cuero, y aunque es un poco más gruesa que el resto, tiene una cara preciosa, que oculta bajo un mechón morado.
 
Somos cuatro mujeres atractivas en noche de niñas. No se equivoquen, señores, que no vamos a levantar nada. Nos vestimos así porque nos fascina competir por quién es la más sexy. Nos encanta que nos miren y ver a quién miran más, pero apenas se acerca un hombre, las cuatro lo sacamos corriendo.
 
En el pub pedimos jarras de cerveza, conversamos, criticamos, hablamos, por supuesto, de hombres, del trabajo, de política y del mundo, pero principalmente de hombres.
Viene el primer tipo (nunca faltan). Trae una jarra de rubia en la mano, y la pone en nuestra mesa con un aire de superioridad. Las cuatro nos quedamos en silencio. El tipo saluda y yo lo mando al carajo. Le digo que por favor se vaya. El bruto contesta. Me dice: “Deja que tus amigas decidan”. Mis amigas también lo despachan, con mucha menos elegancia.
 
Luego nos vamos porque una de nosotras tiene una invitación para la inauguración de un bar nuevo. Entramos y hay demasiado ruido, demasiada gente. Estamos desesperadas, aquí nadie nos mira ni podemos ver a nadie. La más conservadora se va. La del pelo morado se encuentra con un ex y decide quedarse en el bar. Mi mejor amiga y yo nos vamos a otro lugar. Ahí se nos acercan dos tipos. Como ya no estamos en pandilla, les hablamos, a ver qué tienen que decir. Casi por instinto les damos cinco minutos. Son abogados, un poco tiesos para mi gusto. Nos invitan a bailar salsa. Mi amiga dice que sí, y vamos al baño. Les decimos que nos esperen en la barra. En el baño es cuando las mujeres evaluamos las posibilidades. Decidimos no ir, así que salimos del lugar, sin despedirnos.
 
Cuando las mujeres salimos juntas, en realidad nos importan poco los hombres. No vamos buscando nada, sino pasar un buen rato con las amigas y coquetear un poco. En contadas ocasiones terminamos hablando con alguien, pero lo más probable es que ustedes pierdan siempre que quieran conocer a un grupo de niñas ruidosas que se ríe mucho. Probablemente se están riendo de ustedes.

 
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