Cuando niño la llamaba casa. Se casó acá. Enterró a su hermano Bobby acá. Y fue Nueva York, un Estado que le trató de dar la nominación por el partido Demócrata cuando perdió contra Jimmy Carter en el 80, la ciudad que vio sus sueños de ser presidente difuminarse.
 
Edward (Ted) Kennedy, el hermano menor de John y Robert (Bobby) Kennedy que murió esta madrugada, será siempre recordado, como su familia, como un hombre de Massachusetts, siendo que representó a este Estado en el Senado durante 46 años. Pero Ted Kennedy, en esencia, era un neoyorquino del Upper East Side, del Central Park los domingos, de Wall Street Journal en la mano izquierda y de café oscuro y sin leche en la derecha. Los momentos más importantes de su vida ocurrieron acá, y los testigos de su muerte eso no debemos olvidar.
 
Uno de eso momentos, por ejemplo, fue en agosto de 1980, en el famoso escenario de Manhattan, el Madison Square Garden, cuando dio un discurso legendario en la convención demócrata que nominó a su previamente contendor en la primarias del partido, Jimmy Carter. “Las cosas salieron diferente a como las había pensado—empezó—, pero déjenme decirles, yo siempre amaré Nueva York”. Las palabras que se volvieron parte de la cultura popular de la ciudad y del país entero fueron al final del discurso: “Para mí, hace unas horas, esta campaña se acabó. Pero para todos aquellos cuyos problemas han sido de nuestra competencia, el trabajo prosigue, la causa se refuerza, la fe pervive y el sueño nunca morirá”. (Este fue el mismo tipo de lenguaje poético y utópico que le vimos en la convención demócrata que nominó a Obama).
 
Cuando nació, en el 32, su familia vivía en una casa al norte de Nueva York, en Westchester County. En el 42 se mudaron de vuelta a Boston, y él se quedó en un apartamento en Manhattan. Cuando se casó, en el 58, Ted volvió a Westchester.
 
Los Kennedy siempre fueron una familia de esta ciudad. Cuando mataron a Robert, en el 68, justo después de haber sido elegido candidato demócrata para la presidencia, su funeral fue en la famosa catedral de San Patricio en la Quinta Avenida con calle Cincuenta. Precisamente ese día, Ted pronunció con voz cortada tal vez su más famoso discurso, en el que dijo: “Mi hermano no necesita ser idealizado o agrandado por haber sido asesinado, porque su vida habla por sí sola. Que sea más bien recordado como un hombre que veía el mal y lo corregía, uno que veía sufrimiento y trataba de sanarlo, que veía guerra y trataba de pararla…Esos que lo amábamos lo acogeremos en nuestros brazos para siempre; recemos por lo que fue para nosotros y por lo que quiso para los demás, un sueño que algún día tendrá que ser una realidad”.
 
Un sueño que Ted se empeñó en cumplir durante 46 años en el Senado. Hoy Nueva York se unió para rendirle tributo a uno de sus más cercanos amigos; amigo de ricos y pobres. Hoy los medios dicen que Ted fue el Kennedy más influyente, el que más relevancia tuvo en la política norteamericana, y tiene sentido. Haber superado el asesinato de sus dos hermanos no fue un obstáculo para insistir en su proyecto primordial, la reforma al sistema de salud; esa que hoy está en limbo y Obama está prestado en sacar adelante.
 
Hoy Nueva York, junto con medio país, estuvo de luto por un hombre que nunca dejó de ser un auténtico neoyorquino: un liberal con mente revolucionaria empeñado de cabeza en ayudar a los demás.
 

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