Últimamente he encontrado en mi Bandeja de Entrada correos de algunos de mis lectores que dicen que me quieren conocer, que los meta a messenger, que cuál es mi nombre de usuario en Facebook, que cuando me pase por Medellín o Cali o Barranquilla nos veamos y me mandan su correo personal, celulares y hasta vagas indicaciones para llegar a algún lugar remoto en una ciudad lejana. Lo mismo en los comentarios a la columna. A todos ellos gracias, pero les pregunto: ¿si estuvieran frente a Alexa, se atreverían a salir con ella, a hablar con ella, a realizar sus fantasías -como muchos amablemente me lo han pedido- con ella?

Hace poco me vi con un amigo, un conocido de la universidad para ser exactos. Nos habíamos cruzado hacía unos días y, después de un brevísimo round de las preguntas de rigor, intercambiamos teléfonos y nos pusimos una cita. La idea era tomarnos algo, a lo mejor comer, más que todo conversar -nada peligroso o comprometedor, por lo menos desde el punto de vista femenino-. Nos encontramos pues, y después de un par de vinos y hacer un par chistes sobre achaques de la edad, salió - como no - el tema de la columna de sexo.
- ¿Tú eres Alexa?
- Yo soy Alexa - la misma que canta y baila, pensé.
- ¿Alexa, Alexa? - la misma que tira y mama, debió pensar él.
- ....
- ¿La de la pornografía, la que le gusta tirar en lugares públicos? - Confirmado.

La conversación dio un giro de 180 grados. De los inofensivos chistes de la edad se pasó a apuntes de doble sentido, de las preguntas de rigor pasó a las miradas morbosas. A los diez minutos perdí el interés, pedí un taxi y me fui. Nunca supe más de él – y, felizmente, él tampoco quiso saber nada más de mi.

Pero también he tenido las reacciones opuestas. Cometí el error de contarle a mi hermano y a un amigo que yo era Alexa. El primero, aunque empezó entusiasmado, admitió que no había pasado de la primera línea de mi última columna. Después de leer “Nos está viendo el vigilante del edificio de enfrente”... con la respiración entrecortada... Me tenía agarrada por uno de mis mejores ángulos: cadera", lo dejó asustado. El segundo, que vio el título "Tres verdades sobre el sexo anal" (ver SoHo 105) en la pantalla de mi computador, retrocedió aterrado, se alejó, se volteó y dijo: "No yo no puedo ver esto". Y, cuando le pregunté que por qué "por qué cada cosa tiene su lugar. No necesito saber tu vida sexual" (yo era su angelical amiga y, claro, la imagen que tenía de mi no sería la misma, si es que no ha cambiado ya).

Las reacciones de los hombres que conocen a Alexa pueden ser moralistas, machistas, de estilo (hablo de los nobles señores que se interesan por la forma como escribo), de rabia, de amor, de horror, de arrechera, pero nunca son neutras. No son, digamos, como las que tienen cuando se encuentran con una vecina en el ascensor: casuales. La programación mental de los hombres parece clara: las mujeres con las que se puede hablar (las inteligentes) son asexuadas, las mujeres con las que se tira (las que están buenas, pero son brutas) no se habla, y con la novia o la esposa se tira y se habla -de vez en cuando y a medias– no vaya y sea se encuentren metidos en la cama con la imagen de su mamá. Queriendo siempre meternos en una de estas clasificaciones, en la otra o en ambas, mis queridos señores, corren el riesgo de pasar por los más aburridos.

Escríbeme a: alexa@soho.co

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