Hace unos días, hablando con Lolo —para los hombres que no han oído hablar de él, el columnista de sexo de SoHo mujeres (ver SoHo 102), para las mujeres, que se lo querrán imaginar, créanme: un guapetón tipo morisco que le hace honor a sus palabras— surgió el tema de las fantasías sexuales masculinas. Fantasías sexuales que mi querido colega definió como (cito): “Esas cosas que ustedes hacen juntas y a las que uno le mete morbo”. Por supuesto, no entendí nada. Esas cosas que ustedes hacen, como ir al baño juntas y a las que uno les mete morbo” repitió acelerándose y en un ataque frenético de emoción, empezó a describirme cosas que nunca se me habrían pasado por la cabeza. (Corrijo: que solo se me habrían pasado por la cabeza si hubiera visto las cantidades industriales de porno que ve un adolescente promedio y que es la piedra angular de su mediocre educación sentimental).

Al parecer, en la imaginación masculina todas las mujeres somos lesbianas. Cosas tan comunes como cambiarnos de camisa en frente de una amiga, comprar ropa interior que, por supuesto, nos medimos en frente de la otra (cosa que, se los digo ya, rara vez pasa fuera de programas porno) y hasta ir al baño juntas para empolvarnos (con polvos que en la imaginación de Lolo no precisamente eran cosméticos), son excusas para terminar besándonos, manoseándonos y tirando. Eso, por no mencionar y otras más elaboradas: broncearnos topless (y, cómo no, untarnos la espalda de bronceador) y organizar piyamadas que, claro, siempre terminan en eróticas guerras de almohadas (versiones emplumadas de la clásica fantasía de una lucha en barro). El final, se lo imaginarán: en escena aparece un hombre que, por casualidad, cosas de la vida o simple despiste, se topa con semejante espectáculo y por invitación personal de las amables señoritas termina haciendo parte de la acción. Un trío, una orgía, lo que sea, pero originado en nuestra innata tendencia al lesbianismo.

¿Nuestra tendencia al lesbianismo? Qué va, pero es un tema que desde tiempos inmemoriables ronda la mente de los hombres (historias se han oído de los harén de los fakires) y que por estos días me llama mucho la atención. No me vayan a entender mal. Después del chat del último miércoles, una fiel lectora me escribió preguntando que si yo “le jalaba para ambos lados”, después de haber estado en un trío de dos mujeres y un hombre. Hago mi respuesta pública: no soy lesbiana. Ni siquiera creo que sea bisexual. Nunca he tenido una relación larga con una mujer, ni he pensado hacerlo. Soy capaz de aceptar que hay mujeres bonitas, que me atraen de cierto modo —ese era el caso de mi amiga, con la que además tenía mucha confianza, lo dije en el chat—. Pero he oído de hombres (y muchos) que sienten cierta atracción por sus mejores amigos. ¿O me equivoco? Que no me vengan a decir que tanta abrazadera de borrachos, y hasta besitos, que la confiancita que comparten (y con la que dejan por fuera a sus novias y amigas en las fiestas) no son solo muestras públicas de afecto, sino signo de atracción. Cosa que no está mal. Todo lo contrario: está muy bien. Ya va siendo hora de que dejen tanto escrúpulo a la hora de demostrar físicamente sus afectos.

Y para finalizar, aclaro: si no hubiera sentido esa atracción y confianza amiga no habría estado en trío con ella. Lo hice por experimentar y la cosa se dio bien. Pero ese no es mi estilo de vida. El lesbianismo tampoco. Me gustan los penes, ¿qué le vamos a hacer?  

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