Las cosas claras y el chocolate espeso
 

Dijeron quienes lo sabían, que el chocolate debiera beberse muy cargado de cacao, por lo cual lo preferían espeso, o sea, "a la española", mientras que el gusto de otros priorizaba la forma "a la francesa", esto es, más claro y diluido en leche. Ganaron al final quienes se inclinaban por la primera alternativa, y así, la expresión las cosas claras y chocolate espeso se popularizó entre los españoles en el sentido de llamar a las cosas por su nombre.
 

Llamando, pues, a las cosas por su nombre, y como el tema del darwinismo etc. me parecía que no lo ameritaba, no tenía yo ninguna intención de insistir en la divergencia de mis puntos de vista con los de Carolina Sanín en esa materia. Pero ayer apareció en este blog un comentario del lector Samuel Castro donde me dice lo que cito literalmente:
 

«No podía dejar de agradecer su posición frente a Carolina Sanín. Creo que su actitud crítica es muy buena para algunos autores que como ella, están acostumbrados a que los medios les abran las puertas y las alaben simplemente porque existen (¿o porque se apellidan Sanín?)»
 

Me gustaría dejar claro: a) que si defendí un punto de vista mío personal frente a la opinión de Carolina Sanín, no lo hice para desacostumbrarla de como la tratan los medios, asunto acerca del cual no sé absolutamente nada ni me importa, como tampoco me importa si los medios le abren las puertas por llamarse como se llama, eso es cosa de los medios y no mía; y b) que si mantengo una diferencia de puntos de vista con una persona, eso no influye para nada en mi relación con ella, sencillamente sólo significa que pensamos distinto acerca del mismo tema, y es bueno y conveniente que así suceda, que haya tales diferencias, porque si no caeríamos en una monotonía que nos mataría a bostezos.
 

La ocasión me vale para hablar además de mi relación con la familia Sanín, que se reduce a la lectura de un libro de don Baldomero, lectura a la cual le dediqué mi primera crónica del año 2003 en la emisora HJCK, de la que entonces era corresponsal (yo, no don Baldomero). Dije allí, y pido perdón por autocitarme, que jamás les perdonaré a mis amigos colombianos el que nunca me hablasen de don Baldomero Sanín Cano. Aunque después de todo, quién sabe, quizás no me lo recomendaron porque pensaban que ya lo conocía. Y no era así. Vine a descubrirlo leyendo en El Malpensante la reseña de la reedición de uno de sus libros, Tipos Obras Ideas.
 

Sería un tanto, un mucho, exagerado decir que removí Roma con Santiago (la de Compostela, no la de Chile) hasta conseguir un ejemplar de ese libro. Me bastó pedírselo a una buena amiga bogotana, Constanza Vieira, periodista tan irredimiblemente vocacional que siendo aún bebé, ya lloraba cuando su padre y Gabo hacían largas pausas en la conversación.
 

Y pues viene a cuento en este contexto de mi cuasi polémica con una Sanín, diré ahora que la lectura de Tipos Obras Ideas me confirmó mucho de lo que pensaba acerca de don Baldomero en base a la reseña que me lo descubrió. Él fue tal vez una de las personas mejor dotadas, en el mundo hispanoamericano, para la crítica constructiva, y no sólo en el terreno literario: hay en él un afán de comprender al otro, al que no piensa como él, que resulta muy refrescante y muy saludable en estos tiempos de dogmatismos excluyentes y hasta homicidas.
 

Tuve entonces la curiosidad de buscar en un buen léxico alemán de autores latinoamericanos, el del profesor Dieter Reichardt, quien hablando del gran polígrafo paisa dice lo que traduzco:
 

«Característica [de la obra de Sanín Cano] es la mirada comedida, diferenciada, que no acepta ninguna clase de exclusiones. (...) Hay que destacar la sencilla elegancia de su estilo, donde se puede reconocer que, por razones de edad, perteneció al modernismo. Sin embargo, esta elegancia no es sino la envoltura de una precisión y una concentrada plétora de ideas, que como dijo [el escritor argentino] Enrique Anderson Imbert en El humanismo y el progreso del hombre, conducen a una prosa “habitada y no sólo visitada por el epigrama”».
 

Por mi parte, entre mis descubrimientos leyendo ese libro de Sanín Cano se cuenta el hecho de que al hablar de los habitantes del gran vecino del Norte siempre los llama saxoamericanos, y una cosa que me hizo estallar en aplausos y risas es que fue, sin yo saberlo, precursor de Julio Camba. De la misma manera que el inmenso humorista gallego, cuando hablaba de ellos, solía puntualizar que son los Estados Unidos del Norte de América entre el Canadá y los Estados Unidos Mexicanos, también ironiza Sanín Cano que "existe una república, tan conocida en el orbe que es superfluo designarla por un nombre del que carece".
 

Y en algún otro texto de su libro me tropecé, cuando don Baldomero habla del arte, con "el estrépito luminoso de las praderas florecidas de Liebermann", de las que tenemos un ejemplo espléndido en el Museo Wallraf-Richartz, acá en Colonia. Un cuadro que, por cierto, un día se lo he mostrado a Andrés Hoyos, el director de El Malpensante: ya ven ustedes cómo el mundo es un pañuelo y cómo las cosas se engarzan entre sí por el procedimiento de las cerezas.
 

Pero a decir verdad, creo que lo que más me iluminó, de todo ese libro Tipos Obras Ideas, es la reflexión que hace Sanín Cano sobre la mortandad masiva de indígenas americanos a consecuencia de la llegada de los conquistadores. Una reflexión tan sencilla como aguda: los indígenas eran gente muy limpia y aseada, mientras que los españoles no conocían la higiene y hedían y atufaban de un modo criminalmente pestífero, de modo y manera que masacraron a los aborígenes por la vía olfativa.
 

Concordé don Baldomero y además reforcé su argumento con lo que tan graciosamente explicaba el humorista argentino Enrique Pinti acerca de la promesa que hizo doña Isabel la Católica de no cambiarse de camisa hasta que capitulase el reino de Granada. Según Pinti, cuando la reina llegó por fin a Santa Fe de Granada y tuvo a la vista la Alhambra, abrió los brazos... ¡y ay dios de mi vida! ese fue el comienzo de la primera guerra bacteriológica de la historia.
 

Me queda ahora la duda de si Pinti no habrá leído alguna vez este ensayo de don Baldomero Sanín Cano, quien residió y publicó durante tantos años en el Río de la Plata. Es más: la primera edición de Tipos Obras Ideas se imprimió en Buenos Aires. Pero ya lo dice bien claro, (o sea: en francés) el lema de la orden de la Jarretera: Honni soit qui mal y pense!
 

Y cierro definitivamente este capítulo, con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, como subrayan los carteles de las corridas de toros.

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