Antes de despedirme de ustedes rememoro una vez más la noche del 10 de diciembre en Estocolmo.
 
Palacio Municipal. Sala Azul. Pocas horas antes se han entregado en el Palacio de Bellas Artes los Premios Nobel de Física, Química, Medicina, Literatura y...¿cómo se llama esa disciplina de la que nadie, nadie, ni siquiera los supuestos especialistas, sabe nada de nada a no ser a posteriori?...¡ah, sí, Economía! Pues bien: tras la ceremonia, el banquete. ¿Y no tendrían ustedes curiosidad por saber lo que comieron los 1348 invitados a ese ágape presidido por la pareja felizmente reinante? Voilá le menu! De entrada, una terrina de alcachofas con salmón ahumado y langosta. Como plato principal, pechuga de paloma con unas salsas y unas guarniciones de las de chuparse los dedos, aun cuando claro está que la etiqueta lo prohibe en este caso. Por último, el postre: helado coronado con un penacho de algodón de azúcar del color de la vida en la vieja y bella canción de Edith Piaf, es decir: rosa. ¿Se les hace la boca H²O? Pues añádanle un traguito de güisqui para celebrarlo, porque la Oficina de Turismo de Estocolmo les ofrece la posibilidad de comer el menú de los Nobel, a lo largo de todo el año, en el acreditado restaurante de sus sótanos, al precio de unos 110 dólares (cambio actual) per capita...eh, quiero decir: per stomachus. Desde luego, los invitados del 10 de diciembre corren por cuenta de la Fundación Nobel: la dinamita permite semejantes gastos. Anímense, caramba: sencillamente basta con volver a escribir algo así como Platero y yo. O como Cien años de soledad.
 
Por mi parte, y sin haber escrito nada parecido, ya me he desempeñado dos veces como Premio Nobel de Literatura, aunque nunca haya participado en la tan opípara cena.
Les cuento.
 
Un día del verano de 1968 me hallaba en plena siesta, en mi ciudad natal de Huelva, España, cuando se presentó allí un equipo de TV alemana que estaba documentando, a lo largo del mundo cada vez menos ancho y más CNN, algunos lugares que la Literatura ha convertido en universales. Entre ellos el pueblo de Moguer, tan cerquita de donde yo nací, y al que Juan Ramón Jiménez inmortalizó en Platero y yo. El equipo de TV necesitaba un intérprete (lingüístico) y consultó al cónsul alemán, viejo y gran amigo mío, arquéologo aficionado, quien a su vez me contactó interrumpiendo aquella gloriosa siesta.
Acepté la oferta y la filmación se hizo muy rápidamente, muy profesionalmente, hasta que llegamos a la escena final. Según el guión, Juan Ramón Jiménez debía aparecer a lomos de su burro, de su Platero (“pequeño, peludo, suave”), encuadrado por la cámara mientras avanzaba hacia uno de esos crepúsculos incendiarios de la Andalucía atlántica.
Fue en vano que le explicase al realizador, el israelí Nathan Jariv, que Juan Ramón jamás se había montado a lomos de Platero ni de ningún otro equino... porque le tenía un pavor sagrado a los cuadrúpedos como medio de locomoción. "La escena hay que tomarla tal cual lo indica el guión, basta", me dijo, y no sólo eso, sino que yo era la persona más adecuada para montar el pacientísimo burro alquilado de que disponíamos para la película.
Como se me filmaría de espaldas no importaba que yo fuese lampiño, carente de la barba nazarena de JRJ. “Por lo demás”, remachó Nathan, “eres de Huelva, poeta (aunque sólo sea aficionado), y alto y desgarbado, igual que el gran Juan Ramón”. De manera que me encaramé al Platero de alquiler, y me fui cabalgando en él frente a un lujoso ocaso de oros y de malvas.
 
Esta fue la primera vez que me desempeñé como Premio Nobel.
 
La segunda tuvo lugar en 1975 y en la emisora alemana que fue mi ganapán durante 35 años. Estábamos realizando una serie dedicada a las sólo seis escritoras que habían obtenido hasta entonces el galardón de la Academia Sueca. Entre ellas la norteamericana Pearl S. Buck. Y en el capítulo dedicado a la autora de Viento del Este, viento del Oeste, el director de la serie me encomendó el papel de Sinclair Lewis, el primer Nobel estadounidense de Literatura. Pero no sólo eso: resulta que en el texto se deslizó un fallo no detectado hasta el momento de empezar a grabar, así que además de darle voz a Lewis tuve que escribir parte de un discurso suyo.
Según el guión, Sinclair Lewis comenzaba su discurso en un banquete de homenaje a Pearl S. Buck al despedirla camino de Estocolmo, y luego ese discurso quedaba en segundo plano bajo el diálogo de dos personajes que diseccionaban a placer la figura de la pobre Mrs. Buck, para luego volver a primer plano –me refiero al discurso de Lewis– cuando dicho diálogo concluía. "Muy bien", dijo el director, el uruguayo César Salsamendi: "pero si Lewis continúa hablando en fondo, ¿cómo es que sólo tenemos en el texto las palabras del comienzo y las del final, es decir, las que se escuchan en primer plano? Aunque sólo sea en segundo plano bajo el diálogo, Lewis debe estar diciendo algo, se debe poder seguir el hilo de su discurso, ¡no puede estar sencillamente diciendo blablabla o leyendo los resultados de la última jornada de fútbol!".
Salsamendi tenía más razón que un santo, y como no nos daba tiempo de ir a consultar a ningún archivo el texto del discurso original (que a lo mejor hasta era posible que sólo hubiese sido una improvisación), ahí me tienen ustedes escribiéndolo a mí, el número de líneas necesarias para que se mantuviera de un modo realista como telón de fondo acústico al maldito diálogo.
Me he preguntado muchas veces desde entonces qué habría dicho Sinclair Lewis de haber podido leer la traducción de las palabras que le hice escribir. No creo que las llegase a vilipendiar, porque él mismo no debía estar muy a gusto pronunciando aquél discurso. Se sabe que su primera reacción al enterarse del Premio Nobel a su colega fue la siguiente: "La Marina norteamericana ha tenido su Pearl Harbour, y la literatura norteamericana su Pearl S. Buck".
 
Y estas fueron las dos veces que el azar, ese prestigioso seudónimo del Destino cuando actúa de incógnito, ha hecho que me mimetizase nada menos que en un Premio Nobel.
 
Con lo que me despido. Hasta la Victoria (la de Samotracia, naturalmente), siempre.

Finis coronat opus (no Dei)


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