A las mujeres nos gusta lo prohibido. Podríamos decir que es una manía que nos quedó desde que a Eva le dio por probar la manzana.
 
Cuando en otras ocasiones he dicho que los buenazos no inspiran sino amistad, es precisamente por eso. Porque lo inalcanzable, lo desconocido, lo imposible, es lo que más nos gusta.
 
¿No han oído acaso hablar a un ex seminarista? Yo sí. Una vez, un tipo que conocí en la universidad, me contó que había ido a un seminario porque en serio quería ser cura. Su vocación se vino al traste cuando las mujeres comenzaron a acosarlo. Parecía un rock star. Nunca había tenido tanto éxito en su vida, sobre todo porque era más bien feo, bajito y de gafas, con el pelo ralo y crespo y una nariz insignificante que le daba un aire de niño desprotegido.
 
Muchas mujeres piensan que las sotanas son atractivas. Nada más emocionante para ellas que ser capaces de quitarle un hombre a la causa de Dios y otorgárselo a su causa personal.
 
Mi amigo renunció a la sotana, y con ella a las tentaciones terrenales que paradójicamente lo perseguían desde el descubrimiento de su vocación.
 
Sin embargo, los curas no son los únicos hombres prohibidos que las mujeres codician. También sienten una enorme atracción por las argollas de los casados.
 
¿Por qué –se preguntarán– es que los hombres casados levantan más que los solteros? Fácil. Porque lo que ellas buscan es un tipo que no le tenga miedo al compromiso, que sea capaz de jurar amor eterno, que esté dispuesto a someterse a una rutina y sobre todo que quiera formar un hogar.
 
Ahora, el hecho de que ya haya pasado por ese proceso con otra mujer, tiene a este tipo de nenas sin cuidado. Un detalle menor, pensarán.
 
Y para eso también tengo una historia. Uno de mis mejores amigos se casó y me confiesa feliz que en su vida había tenido tantas mujeres pidiéndoselo. Mientras mi amigo me dice esto, una amiga me pregunta por un tipo que conoció la otra noche en mi casa.
 
Ah –le digo yo–. Te jodiste. Está casado.
Mi amiga me mira con la cara ladeada, como sin entender muy bien mi respuesta, y luego me pregunta:
–¿Y dónde estaba su esposa esa noche?
–Estaba de viaje, trabajando.
–¿Y trabaja mucho? Pobre, el tipo debe sentirse solo…
 
Cuando la miré, vi en sus ojos la malicia de Eva. Me la pude imaginar codiciando la manzana, y a riesgo de sonar moralista, comprendí perfectamente por qué Dios nos echó del Paraíso ¡Es que no podemos tener la boca cerrada… y tampoco las piernas!
 
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