(Mientras transcribo a pantalla mi diario de viaje a la provincia [léase Berlín], entretengamos la espera con esta divagación)
 

En los idiomas inglés y alemán, como saben todos los que saben inglés y alemán, existe una construcción gramatical llamada genitivo sajón, consistente en evitar la preposición "de" añadiendo una "s" al nombre propio que es el sujeto de la frase. Recordemos un ejemplo: la novela antiesclavista de Harriet Beecher-Stowe titulada en español La cabaña del Tío Tom, y en su original inglés Uncle Tom's Cabin. Pero esto, que resulta de tanta ayuda para formulaciones de una precisión fulminante, puede dar lugar a disparates del tamaño de la catedral de Colonia sin ir más lejos, como diría el impertérrito locutor de Les Luthiers.

[Dicho sea de paso, en castellano también existe un genitivo de una índole muy parecida, aunque tan oculto y olvidado que nadie se acuerda de él. Es ése que podemos localizar en todos los apellidos terminados con la desinencia "ez": Fernández no significa otra cosa sino "hijo de Fernando", como López es "hijo de Lope", Rodríguez "hijo de Rodrigo", y así sucesivamente. Pero regreso al caso del genitivo sajón y a los disparates que logra provocar una lectura deficiente: en este caso justamente de un apellido, y un apellido ilustre, además].
 

El caso que quiero narrar sucedió cuando a un crítico literario alemán se le cruzaron los cables y aplicó el genitivo sajón a la lengua castellana al ocuparse de la primera traducción de un libro de Alvaro Mutis al idioma de Günter Grass. Era a su vez la primera novela de la entonces todavía sólo trilogía de Maqroll el Gaviero, La nieve del Almirante. Entretanto el maestro Mutis ha ampliado la saga hasta un total de siete títulos, enriqueciéndola sobre todo con una joya refulgente: La última escala del Tramp Steamer, un relato de una perfección comparable a la de El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, El perseguidor de Cortázar o La tregua de Benedetti.

Pues bien: en un diario de Franconia apareció una reseña de la edición alemana de La nieve del Almirante en la que se mencionaba siete veces, siete, al autor, y las siete veces llamándolo, ¡pobrecito mío!, Alvaro Muti. Lo bueno del caso es que el libro le había gustado a ese crítico
y lo analizaba con bastante acierto y hasta con cierta osadía, diciendo verbigracia que "Muti escribe de un modo más claro y más plástico que García Márquez".
 

Lo que me pareció un desafuero es que el buen señor dijera también que "la traducción de Katharina Posada conserva la precisión y la exactitud de las frases originales", y que le hacía justicia al texto. Afirmar semejante cosa es mandarse la parte, como dicen en el Río de la Plata, y no porque no sea cierto lo dicho por el crítico, que sí lo es: la traducción de Katharina Posada merecía ciertamente la felicitación. Pero ¡por Dios! que la hubiese felicitado alguien que sepa español, porque si no cualquier elogio se vuelve un boomerang.
 

Y es evidente que no sabe español quien insiste machaconamente en que el autor de La nieve del Almirante es Alvaro Muti. No sólo éso: Me temo que de repente pueda suceder que me encuentre otras reseñas de la misma firma y me enfrente en ellas con La raza cósmica de José Vasconcelo, Doña Bárbara de Rómulo Gallego, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuente, El Aleph de Jorge Luis Borge, Antes que anochezca de Reinaldo Arena y, desde luego, el inmortal Don Quijote de la Mancha del no menos inmortal don Miguel de Cervante.
 

Que nadie se ría o se sonría con este cuento autentiquísimo, pero que a mí casi me hizo llorar. Y es que "todo es según del color / del cristal con que se mira", como dijo sabiamente Ramón Campoamors. Perdón: de Campoamor.

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