Por Luigi Amara

 

Cuando se avecinaban grandes acontecimientos, Buñuel decía que nada mejor que abandonarse a la “voluptuosidad de la espera”. Cuando se trata del Mundial, ya que la espera es demasiado larga, la cuenta regresiva se vive con poca voluptuosidad y mucha ansia, sólo comparable a un síndrome de abstinencia. En medio de los sudores de la desesperación, al igual que el toxicómano con su decepcionante metadona, confieso que caí en toda suerte de paliativos: programas de análisis en radio y televisión, álbumes de estampitas sin importar las canas, quinielas y bolas de cristal de cualquier tipo.

Dos cosas hicieron más insufrible la espera: la mercadotecnia desatada, que aporta motivos de sobra a los Scrooges del futbol, con todos esos artículos que adoptan previsiblemente la forma de balón, y las contradicciones patrioteras del técnico de México, Javier Aguirre, quien después de declarar que el país es un desastre se dedicó a hacer promocionales en los que el destino de la nación parecía depender de si se avanzaba a la segunda ronda. Con frases tan desmesuradas como: “El reloj de la historia está sonando de nuevo en este 2010”, por momentos uno se sentía confiado de que las desigualdades sociales y el rezago educativo de México tomarían otro rumbo si Giovani saltaba inspirado a la cancha. ¿Y el futbol? El futbol llegó a convertirse en una rutinaria sesión de pases laterales que interrumpían una abominable catarata de anuncios. Mientras los partidos de preparación se sucedían, uno más intrascendente que otro, nos enterábamos de la marca de pan de los seleccionados, su refresco, su navaja de afeitar, su yogur, sus churritos y su institución bancaria, pero no a qué diablos jugaban. Y entre el reality show de la expulsión del seleccionado número 24 y la duda de si los pocos cracks caben en el esquema, el timonel del Tri seguía dando bandazos: un día era un altisonante detractor del país y al siguiente una suerte de Morelos sin paliacate. Ya convertido en político en campaña hacia ninguna parte, Aguirre recibió el espaldarazo del presidente Calderón, obsesionado a su vez en que todo cuanto suceda en la cancha tendrá repercusiones cósmicas. "La selección está mostrando algo que los mexicanos necesitamos ejercer más a menudo, que es carácter, determinación, una visión resuelta a no darse por vencido, a no dejarse abrumar ni por la fatalidad, ni por la crítica", declaró después de que se le ganó a una entumecida Squadra Azzurra. Y si no comparó la hazaña con la de los Niños Héroes es sólo porque todavía falta un rato para el 2036. (Eso sí, la inauguración no se la iba a perder, y por fortuna logró reprimir su pasión por los disfraces y esta vez no se puso la verde —es decir, la negra— de modo que no le quedaron largas las mangas del uniforme.)

El silbatazo inicial llegó por fin y me encontró bañado en sudores fríos. Cuatro años de espera y el balón rodando en el césped parecía cargado de electricidad, era como una ambrosía circulando nuevamente por las venas. En medio de un infierno ensordecedor de vuvuzelas, comienzo prometedor para México; pero poco a poco las descargas de euforia empiezan a apagarse en los trazos largos desacertados y, sobre todo, en la frente del Pólvora mojada Franco. Un primer balance de las decisiones polémicas de Aguirre sería que en ambas se equivocó: ni Guillermo Franco estuvo a la altura del compromiso, ni la exclusión de Guardado del cuadro inicial fue justificada con variantes contundentes.

Si la falta de gol de México fue un problema de puntería o de los tan comentados complejos psicológicos nacionales, es algo que no puedo dilucidar aquí; es posible que el lema del Mundial, “Ke nako”, repetido durante la ceremonia inaugural, se lo hayan tomado personal. Sobre las incidencias del partido, debo decir que en contra de lo que se suponía, el árbitro Irmatov no benefició a los Bafana Bafana; al contrario, le perdonó un claro penalty a El Maza Rodríguez que hubiera hecho que el partido se convirtiera en un auténtico mal viaje.

Se calcula que después de un gol, el equipo que lo ha recibido se tarda más o menos seis minutos en volver en sí, en sacudirse el aturdimiento. En el caso de México, esos seis minutos parecía que se iban a alargar por seis días. El golazo al ángulo de Tshabalala, pero quizá más que nada su contagioso baile zulú, se repetía en las cabezas de los mexicanos con más insistencia que en las pantallas. Estaban perdidos en la cancha, sonámbulos a cien kilómetros por hora; y en muy poco ayudó la entrada de Cuauhtémoc, cuyos desplazamientos se antojaban a ritmo de cámara phantom. Como le suele suceder al toxicómano, la espera del primer partido nos estaba jugando una mala pasada: playeras amarillas galopando la sabana del área grande era la estampa del infierno que había anticipado Parreira con su viejo colmillo retorcido. Y aunque, a la larga, el empate definitivo se diría previsible,mi valoración es que México se salvó de la derrota de milagro.

Al final, no sonó el reloj del bicentenario de Aguirre, ni Calderón podrá sacar lecciones históricas de lo sucedido en la cancha (aunque ya se sabe que le gusta rescatar victorias aun de los reveses). Al final, queda la cosecha de un punto que lo complica todo para ambos equipos y, sobre todo, el baile de Tshabalala para rumiar largamente durante la resaca.

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