Si me pongo a repasar mis lecturas en el año recién despedido, las primeras que se me vienen a la mente son un ensayo de un alemán, Patrick Süskind, un libro de cuentos de una senegalesa, Fatou Diome, y y otros tres que son, los tres, de autores colombianos: Los emboscados, una novela de Juan Gabriel Vásquez que me parece sencillamente la mejor que lei en todo el año;
El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, el reportaje documental de Alberto Salcedo Ramos, que me parece sencillamente el mejor texto novoperiodístico que he leído desde Las pantuflas de Stalin, del chileno José Miguel Varas, y Pago de letras, del peruano Víctor Hurtado Oviedo; y finalmente El olvido que seremos, un estremecedor relato autobiográfico de Héctor Abad Faciolince al que quiero, más avanzado el 2007, dedicarle una entrada especial en este blog.
 
Del autor mundialmente célebre de El perfume, Patrick Süskind, el ensayo que se titula Sobre el amor y la muerte acaba de ser traducido al español y publicado por Seix&Barral, y hago mías las palabras de su traductor, Miguel Sáenz, cuando dice: «El presente ensayo de Süskind me parece magistral y, lo que es mejor, sugerente. En cada página hay que detenerse para pensar
un momento. Realmente, hace falta coraje para escribir sobre el amor y la muerte, y hace falta talento para decir algo nuevo al respecto». Lo recomiendo sin género de dudas, sobre todo a los cristianos seriamente creyentes, aunque a decir verdad eso sería muy poco público, que me perdonen Süskind y la editorial.
 
Y lo recomiendo tanto como el libro de cuentos de Fatou Diome, pero como creo que aún no ha sido traducido y publicado en nuestro idioma, me provoca compartir con ustedes uno de ellos. Es un cuento largo, lo que los franceses llaman una “nouvelle”, una de las seis que componen este libro, La préférence nationale, y su título es “Le visage de l’emploi”, que yo traduciría no literalmente como “Cara de sirvienta”.
 
Está contado en primera persona y se trata de una chica africana que llega a Estrasburgo (no se nos dice para qué) en pleno invierno, conque la odisea comienza con el choque no sólo cultural sino también térmico. Pero por fin, voilá! es el verano... Y la chica tiene que trabajar, ganar dinero, así es que busca lo que sea, y se postula como baby sitter en una familia típicamente galo-burguesa, los Dupont, de los que él es racista, o al menos no le gustan los negros, mientras que ella, madame –que también trabaja, no puede atender a su hija y necesita una “muchacha para todo” – las contrata pero no le duran ni un mes, porque es una mujer imposible, y además celosa. Cuando la protagonista se presenta en la casa, con un grito de triunfo madame Dupont certifica: “Se lo descubrí por el acento, que era africana”. Y le empieza a hablar en infinitivos
y tuteándola: “¿Tú poder comprender mí?” La protagonista asevera: “Sí, madame”. Llega el marido, Jean-Charles, y le pregunta a su esposa qué es lo que quiere hacer con «eso». Pero al final madame la contrata, como baby sitter, lo que pasa es que la hace venir media hora antes,
a las 8.30 a.m. y además de llevar la niña a la escuela le encarga lavar la ropa, limpiar el piso, etc. etc. etc., en fin, una esclava pagada, si es que no hay contradicción en ello. Como la chica necesita la plata, aguanta dos años, y con una gracia indecible transmite sus observaciones sobre la vida de una familia francesa de la burguesía media provinciana: “Madame cultivaba consecuentemente el estilo de la reina inglesa: un peinado como una lechuga y una apariencia como la de una col. Si esta mujer excita a su hombre, me dije, entonces también debe de haber hombres que encuentren sexy a la Madre Teresa de Calcuta”.
Para hacerlo corto : Un viernes, la niña se empeña en ver el video de Cenicienta y le pide a la protagonista que lo instale en la casetera. Ella se niega, porque no es muy ducha en electrónica y teme dañar el aparato. Entonces madame salta: “¿Tú poder conectar video?” “No, madame” “¿Tú, cabeza para pensar?” le pregunta madame, y añade dirigiéndose a monsieur: “«Cogitum sum», «lo había pensado», como dijo Descartes”. Y aquí se dice (y nos dice) la protagonista: “Esta vez había ido demasiado lejos, la ofensa era demasiado grande, y el legado de Descartes estaba en peligro”. E ilustra a madame: “No, madame, lo que dijo Descartes fue «Cogito ergo sum», «Pienso, luego existo», como puede leerse en su Discurso del método”.
Tableau!
El primero que reacciona es monsieur, preguntándole airado que si pretende darles lecciones. Madame, más circunspecta, le pregunta, siempre tuteándola, pero ya sin infinitivos, que si está haciendo el bachillerato. “No, madame, hace dos meses terminé mi maestría en Literatura. Sí, madame, los niños del cholocate Suchard también saben hoy leer y escribir”.
El matrimonio Dupont desaparece escaleras arriba, él queriéndose escabullir de la vergüenza, ella de él en pos, pero sabiendo que necesita que la protagonista siga en la casa porque ya es indispensable. La chica les grita “Au revoir!” y se marcha cerrando la puerta. El lunes regresa, pero no a las 8.30, sino a las 9.00, que es la hora laboral correcta. “Bonjour, madame!” “Bonjour. La estaba esperando, la niña tiene que ir a la escuela y si la llevo yo llego tarde al trabajo. ¿No podría venir media hora antes, como hasta ahora? Naturalmente, se la pagaría”. Como ven, ya no hay infinitivos ni tuteo. Y el final lo resumo casi sin resumir nada, porque es delicioso:
“La primera semana transcurrió más bien fría. Pero el tiempo fue borrando la vergüenza y el encono. Un par de meses después le di algunas lecciones gratuitas de francés a madame, que tenía que rendir unos exámenes. Hablaba completamente normal conmigo, nos tuteábamos
y nos llamábamos por nuestros nombres. Hasta su esposo Jean-Charles condescendió a hacerlo. A veces comemos juntos. Las recetas senegalesas parece que les gustan, y a las personas de piel negra no las llaman más «esos» sino «africanos»”. Y la última frase: “Sólo hay un problema. Desde que Jean-Charles oyó que he leído a Descartes, tiene la seguridad de que mis macizos muslos de chocolate también saben latín”.

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