Existe en Madrid una agrupación literaria llamada Círculo Cultural Faroni en honor a un personaje ficticio creado por los protagonistas de una novela del autor español Luis Landero, Juegos de la edad tardía, narración que desconozco.
Lo cierto es que este Círculo Cultural Faroni convoca con regularidad un Premio Internacional de Relato Hiperbreve, entendiendo por tal el que no supere las quince líneas. Tusquets Editores sacó en 1996 un volumen con ese título: Quince líneas, donde se recogían 78 relatos hiperbreves de la más distinta calaña y, en general, de bastante buena calidad, y todos ellos provenientes de los entretanto riquísimos archivos del Círculo Cultural Faroni.
Celebrándose hoy la festividad cristiana que exalta a Melchor, Gaspar y Baltasar (cuyos restos mortales dizque están enterrados en la catedral de Colonia, esta ciudad donde sobrevivo), me hago eco de uno de dichos relatos, firmado por la argentina o el argentino Hellén Ferrero y que dice iconoclástica pero bien sabrosamente lo que sigue:
«José regaló a los pastores los presentes de los Reyes Magos. Los pastores tampoco supieron qué hacer con ellos».
¡Bravo por el autor o la autora de estas pocas y sabias líneas, bravo...! Porque el oro, el incienso y la mirra (que es además un afrodisíaco) siempre me resultaron harto más que sospechosos como regalos a un recién nacido.
Pero volviendo al tema del relato hiperbreve, y abordándolo con una vuelta de tuerca irónica, quisiera dejar claro que el farragoso y gárrulo cuento del guatemalteco Augusto Monterroso titulado El dinosaurio, que suele citarse como craso ejemplo y paradigma de brevedad y concisión, a mí se me hace que de lo que más peca es de ambigüedad.
Recordemos su extenso texto:
"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Un texto que me sugiere dos preguntas: a) ¿quién se despertó?, y b) ¿quién estaba todavía allí?
Si –según la interpretación que Andrés Hoyos hizo alguna vez en la revista El Malpensante– este mamotreto se llamase Pesadilla, cabría inferir que alguien despertó de alguna de ellas en la que aparecía un dinosaurio, comprobando al despertarse que el dinosaurio seguía allí. Pero titulándose la oceánica narración tal y como se titula, lo elemental es que quien se despierta no puede ser otro que el propio dinosaurio, con lo que quedan contestadas ambas preguntas y sólo queda por despejar una única incógnita: ¿dónde es allí? ¿será quizás Allí, con mayúscula, el Macondo, la Comala, el condado de Yokpanatawpha de Augusto Monterroso?
En fin, que ya lo dijo don Baltasar Gracián: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", pero se le olvidó añadir: "Y lo breve, si sólo ingenioso, tres veces confuso".
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Postdata 1 : Por no sé qué cortacircuitos mental, de esos que los castizos llamamos black out, en mi entrada anterior hablé de una novela de Juan Gabriel Vásquez titulada Los emboscados, que al menos hasta ahora todavía no la ha escrito. Lectores muy atentos, y que no quisieron poner en evidencia mi membresía como paciente en el Club del Dr. Alzheimer, me hicieron ver que con toda seguridad yo me había querido referir a Los informantes, y así es: una gran novela, no importa cómo le camuflé el título. Vale.
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Postdata 2 : Un lector que se identifica como Fabio, y espero que no sea el destinatario de la Epístola Moral, ni del poema de Rodrigo Caro, me dejó el siguiente mensaje en la entrada anterior:
«La poco exhaustiva lista que compone Lecturas del 2006 deja por fuera a Pamuk, sin embargo, me parece que la gozosa referencia a Fatou Diome da a entender que la memoria suele registrar lo que más se disfruta y no solo lo que algunos pocos consideran como lo mejor del planeta».
La razón del aparente olvido, amigo Fabio, es que no lei a Orhan Pamuk en el 2006: lo vengo leyendo desde que se empezó a traducir al alemán, hace muchos años, pero del libro que publicó el año pasado, Estambul, sólo he podido leer hasta ahora un único capítulo. Al cual, por cierto, pienso dedicarle la siguiente entrada en este blog. Más vale.

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