(Rocco y yo)
 
Budapest es la casa del actor porno italiano Rocco Siffredi, con quien pasé un par de días. Vine a entrevistarlo, pero fue raro porque yo, que me intimido ante cualquier persona medianamente famosa, estuve inusualmente cómodo con él. No sentí que estuviera trabajando, sino de vacaciones. Almorzamos, fuimos a su mansión, donde vive con su esposa y sus dos hijos, y a sus estudios, en los que rueda poco más de una docena de películas al año.

Se trata de un tipo afable, sencillo, terriblemente amable. De solo verlo no se imaginaría uno que ha actuado en más de mil películas y se ha acostado con cinco mil mujeres, lo que quiere decir en matemática pura que por nuestras manos ha pasado un gran total de cinco mil tres mujeres. Mal no nos ha ido.

Más allá de yo preguntar y él responder, nos dedicamos a morbosear húngaras como si fuéramos dos amigotes. Ese señor piensa en sexo todo el día, y basta con ver una de sus películas para ver lo que es capaz de hacerle a una de ellas.

Simón Posada, autor del libro Días de porno y experto en el tema, me dijo que Siffredi era el único actor elegante del género. Y si por elegancia entendemos meterle nuestro miembro por el ano a una mujer durante media hora, luego sacárselo para que otra lo lama y al final eyacular en la cara de ambas, entonces sí, Rocco es la tapa de la elegancia y el refinamiento, y nosotros hemos perdido el tiempo celebrando la vida y obra de Coco Chanel.

Asuntos sofisticados a un lado, Budapest nació de la unión de dos ciudades, Buda y Pest. Aunque alquilé un apartamento en Pest, hubiera preferido alojarme en Buda. Seguramente de haber estado en Buda hubiera pagado el doble con tal de poder dormir en Pest. Así somos.

En un anticuario de Pest compré Alicia en el país de la maravillas en húngaro para reivindicarme con una amiga que tiene la manía de coleccionar ese libro en todos los idiomas posibles. En viajes pasados le había prometido llevarle una versión en coreano, en hindú y en afrikáans, pero no había cumplido mi juramento hasta hoy. Confirmado, Juliana, llego a Colombia con Alice Csodaországban y qué pena avisarte por acá, pero es que no respondías mis correos.

Yo no colecciono el mismo libro una y otra vez, tengo taras más simples, como beber hasta el hastío Coca Cola con sabor a cereza cada vez que doy con ella, que no es muy a menudo. En Europa solo la he visto en Polonia y en Hungría. Y es raro que en países de la ex Cortina de Hierro, donde antes era difícil comprar media libra de queso en el supermercado, haya abundancia de Cherry Coke. En cuatro días me tomé quince litros y quedé estreñido.

En la otra mitad de la ciudad fui al castillo de Buda, un lugar majestuoso con miles de escalones y caminos de adoquín donde me topé una y otra vez con dos viejitas que se movilizaban en unas scooters sin placas. Era curioso, no importaba en qué torre estuviera ni cuántos escalones subiera, las dos venerables ancianas estaban ahí cuando yo llegaba, tomando fotos y cubriendo con sus vehículos motorizados los estrechos corredores reales. Ignoro cómo se las arreglaban para llegar antes, pero me hacían morir de la rabia, y la envidia.

Pero lo que nunca olvidaré de mi visita a Budapest fue que ese día descubrí que Palota significa Palacio, lo que quiere decir que Peter Palotas, uno de mis jugadores preferidos de la Hungría de 1954, era apellido Palacios, como cualquier hijo de vecino en Santa Marta.

Oscurecía tarde a causa del verano, más allá de las nueve de la noche. A casa llegaba después de la puesta del sol, cansado de tanto caminar (lo que no me hubiera pasado de haber tenido una motoneta), prendía la televisión y me ponía a escribir. Es increíble lo populares que son las telenovelas latinoamericanas por estos lados. Dramas mexicanos, culebrones venezolanos, y también coproducciones colombianas. Gracias a que transmiten en horario prime "Hijos ricos, pobres padres" pude ver a mi amiga Mónica Pardo hablando en húngaro.

Dejé Budapest esta mañana luego de cuatro días. El último se lo dediqué a tomarle fotos a los detalles de las estatuas. La ciudad está repleta de monumentos a sus héroes nacionales: príncipes, reyes, meros soldados, guerreros montados a caballo. Es raro que a un país que celebra tanto su pasado belicoso, sus vecinos le hayan dado en la jeta, marica, cada vez que se les ha dado la gana. Es como si por toda Alemania se encontraran construcciones conmemorando las dos guerras mundiales perdidas.  
 
La noche antes de mi partida comí solo en un restaurante en el centro de la ciudad. Pedí gulash, el plato nacional de Hungría, una especie de sopa espesa con carne y verduras picadas. Me lo llevó a la mesa una mujer rubia, de ojos claros y bronceado recién estrenado de no más de 25 años. Me tenía atontado, más de lo normal, y a punta de caritas y buen servicio se ganó una buena propina. Me despedí de ella con unas pocas palabras en español que por supuesto no entendió: “las cosas que te haría Rocco”, le dije entre dientes mientras ella sonreía y recibía de buena gana mis mil florines.

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