(La armadura de tres mil euros junto a abanicos de un euro) 

España tiene al equipo campeón del mundo y al 20% de su población económicamente activa desempleada. 
 
Es quizá una tara mía creer que quien se va de Colombia para llegar a Madrid en realidad no ha salido del país, y que irse de un lugar de habla hispana a otro es lo mismo que quedarse en casa. En esta ciudad todos los días son de largas filas en el consulado colombiano, y mientras se espera de pie se puede comprar pan de bono y arepa para calmar el hambre. A eso me refiero. 
 
Poder y pobreza mezclados, acá se pasa del Palacio Real, el más grande de Europa Occidental y sede de las ceremonias de la monarquía, a ver a pocas cuadras a personas que llegaron como turistas un día y se quedaron como pordioseros, porque Madrid vive de fiesta las veinticuatro horas y siempre hay uno que otro que no se sabe controlar. Cerca de Chueca, fortín gay, un hombre pide limosna y en el vaso de plástico donde recibe las monedas hay siempre un cuarto de dólar canadiense, para atraer el dinero.

España nos abre la puerta a todos, pero uno no deja de sentirse como el hijo bastardo que no es del todo bien recibido cuando llega a casa de su padre (o de su madre, patria en este caso). Medio millón de colombianos, otros tantos ecuatorianos, peruanos, bolivianos, no todos son iguales acá; a Europa se trajeron su familia, sus ahorros y también las divisiones sociales. Un bogotano que llegó con la visa de trabajo debajo del brazo no necesariamente trata con especial cariño a la indocumentada llegada de Armenia por el solo hecho de ser compatriotas. 

En este desierto urbanizado el aire es caliente y estático durante el verano, y el calor sale de todas partes, incluso (o especialmente) del suelo. Media China se vino a vivir acá y vive de ofrecer masajes callejeros, trabajar en restaurantes y tener tiendas donde venden gaseosas a noventa centavos y grandes cajas de plástico a trece euros, nueve sin la tapa. Todos aprendieron a decir con el más oriental de los acentos palabras como “hola”, “euros”, y “gracias”. Tienen la amargura dibujada en sus caras y es fácil notar que de cuerpo están en Madrid, pero el alma se la dejaron en China.

En los paseos peatonales del centro hay carpas para que el sol no queme tanto, y bajo de ellas, inmigrantes africanos acostumbrados al más salvaje de los soles venden todo tipo de mercancía sobre mantas en el suelo. Senegaleses, togoleses, nigerianos, hombres que cruzaron el Mediterráneo y en el camino botaron sus documentos al mar para evitar ser deportados a su país de origen. A España llegaron en busca de una mejor vida, y a fe que la encontraron, porque ser vendedor ambulante, vivir por decenas en pequeños apartamentos y tener los euros suficientes para comer al menos una vez al día es un lujo que antes no se podían dar.

Al lado de ellos, cerca de la entrada principal de El Corte Inglés, un español de tan buena pinta que si se vistiera de saco y corbata pasaría por presidente de Telefónica, ofrece el premio mayor de veinte millones de euros mientras mira sin pudor el culo de las turistas que pasean en shorts; luego escupe en el suelo. Decencia y guarrada, mezcla justa que no puede faltarle nunca a un vendedor de lotería ni a un alto ejecutivo. 

A esa misma hora en el Parque del Retiro, jíbaros marroquíes venden por diez euros bolsas de hachís y marihuana de tan mala calidad que ni siquiera traban. El lugar, frecuentado por turistas, madrideños de a pie y señoritas de la alta sociedad que pasean a sus hijos en coche, es patrullado constantemente por la policía, que no permite ni tomar cerveza allí. Aun así, el negocio de la droga prospera. 

A un par de kilómetros del parque, en la Plaza Mayor, una peruana que fue reina de belleza de su pueblo hace ya unos años se gana la vida de mesera en un restaurante de paella, y en lo que va de la cocina a las mesas se alcanza a ver algo del garbo con el que solía desfilar, solo que esta vez lleva platos en vez de corona.

 
La plaza es dominada desde el centro por una estatua ecuestre de Felipe III que hace unos años olía muy mal (aunque no tan mal como debió oler en vida el Rey por culpa de estos calores de agosto). Los turistas que se acercaban a tomarle fotos se lo hicieron notar a las autoridades, que fueron a investigar: descubrieron que la boca del caballo era tan grande que las palomas se metían por ahí, pero después no daban cómo salir, así que morían y se pudrían adentro. Le hicieron un leve retoque cosmético y problema solucionado. Suertudo el caballo que pese a lo caro que sale ir al odontólogo en este país recibió quizá hasta tratamiento de conductos gratis.

Agosto es tiempo de las vacaciones de verano en Madrid, y todos los que viven aquí se han ido. En las salas de cine semivacías de la Gran Vía exhiben películas de Hollywood dobladas al español de España que tanto nos incomoda a los latinos: la película de Los Magníficos se llama El equipo A (por aquello de The A-team), mientras que Angelina Jolie dice “Me cago en la hostia” en Salt, su última película, como si hubiera nacido en Majadahonda.

Y justo en la acera de enfrente, un almacén común y silvestre que vende a los turistas camisetas alusivas a España a quince euros, platos de adorno a doce, gafas a diez y abanicos a uno, exhibe una armadura medieval de tres mil euros con su respectiva capa, que se puede adquirir también por otros sesenta y cinco euros.

La habría comprado si no me hubiesen robado en Alemania; paseo a Madrid no es paseo si no se lleva de recuerdo a Colombia una armadura de siete millones de pesos. Es un dineral, de acuerdo, pero yo creo que hay que hacer lo necesario para aliviar la crisis económica de la Madre Patria.

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