“Lo que no sé, tampoco presumo de saberlo”
Sócrates


Siempre he luchado por no ser una persona inculta. He hecho lo posible por cultivarme. El problema -y lo digo sin falsa modestia, como un diagnóstico- es que no tengo ni la inteligencia ni la memoria que se requieren para ser una persona verdaderamente culta. Si lo digo con una metáfora informática, esto está relacionado con el tamaño de mi disco duro, que es muy pequeño. Ni siquiera promedio: pequeño. Digamos que mi cerebro puede correr algunos programas, incluso algunos complejos -aunque no demasiado complejos: corro el programa ajedrez, pero no el programa ajedrez en el modo avanzado de un maestro de ajedrez-, y de todas maneras, en ningún caso soy capaz de correr más de un programa a la vez.
Puedo, por ejemplo, durante lo que dura un viaje a Egipto -que no es mucho- aprenderme los nombres de algunas dinastías, de unos cuantos faraones con sus amantes y de un puñado de dioses. Pero poco tiempo después del regreso -digamos dos semanas- una niebla de confusión invade mi mente y todo se confunde en una sopa de letras. ¿Era Anubis un perro, un pájaro o un gato? ¿Cómo se llamaba el dios que pesa el corazón según El libro de los muertos? ¿Las columnas de tal templo o el obelisco sin nombre, ¿en qué lugar las vi? ¿De quién era esposa o pariente o amante Nefertiti? ¿A qué oficios divinos se dedicaba el dios Toth?
Si yo fuera una persona de verdad inteligente y culta, sabría al menos estos datos elementales sobre la historia de Egipto. Y debería saberlos puesto que los estudié, los supe por unas semanas, y hasta los escribí en un libro sobre El Cairo donde creo haber mencionado a todos los anteriores. Es decir, para saber de Anubis, puedo consultar un libro mío, pero no puedo consultar mi memoria. Esto es lo triste y lo que a veces me hace preguntarme si no seré un farsante. Sé que al menos algunos de ustedes me creerán si les digo que cuando escribí eso, lo sabía. Lo sabía porque lo había leído, claro, pero todos los que saben algo sobre Egipto lo saben porque lo leyeron en alguna parte. Yo, al menos por el transcurso de unos pocos días o semanas, también supe lo que esos nombres significaban verdaderamente.
Lo mismo me pasa con los reyes de Francia o con los de España. Sé que alguna vez supe exactamente quién era el Rey Sol, y alguna cosa supe de Carlo Magno, y también qué hizo el rey Alfonso el Sabio, o qué no hizo Felipe el Hermoso, pero hoy todo eso está envuelto en una niebla indistinta. Podría explicarlo diciendo que tal vez no me interesa la historia de esas naciones y por eso no se me graba. Pero no es eso, porque tampoco soy capaz de recordar a los varones ilustres de la historia patria. Sé que algún día supe qué hicieron Sucre y Miranda y Atanasio Girardot. Hoy no lo sé y esos nombres están agrupados en el subconjunto “próceres” de mi pobre enciclopedia mental, pero sin ninguna distinción personal. Por eso no me considero de verdad inteligente: porque he estudiado más allá de las posibilidades que tengo de aprender.
Por eso mismo no soy culto y también por eso en las conversaciones con los cultos me quedo callado, ensimismado, abismado de mi cruel ignorancia, deprimido por la constatación constante de las dimensiones diminutas de mi memoria, que es una parte esencial de la inteligencia puesto que sin memoria no se puede hablar verdaderamente de inteligencia. Sueño con que me instalen un chip suplementario en el cerebro, que sea algo así como un instantáneo buscador de Google, al que yo pueda acudir de inmediato cuando alguien diga Francisco de Miranda y en mi pantalla cerebral se desplieguen fechas, dichos, batallas, derrotas y hazañas. No es así.
No digamos en ciencias (¿por qué se me olvidó, si una vez la supe, cuál es la segunda ley de la termodinámica? ¿Por qué no sé explicar la teoría de la relatividad si una vez un amigo me la explicó durante una hora con pasmosa claridad, tanta que yo casi la entendí, les juro?). No digamos, pues, en ciencias. Pero ni siquiera en el oficio que se supone que es mi especialidad, los libros y la literatura, me puedo considerar una persona culta.
Supongo que me creen si les digo que he leído a casi todo Flaubert; no sólo Madame Bovary, también los Tres cuentos, las cartas, el viaje a Oriente, el Diccionario de lugares comunes, Bouvard y Pécuchet… (Acabo de mirar en Google si Pécuchet se escribe así o Pècuchet, ¿ven? Si fuera culto me acordaría, pero si fuera totalmente inculto no sabría que hay dos tipos de acento). Pero de estos libros conservo la noción remotísima de una vaga trama, y no podría hablar con propiedad más de 10 segundos de ninguno de ellos, ni repetir anécdotas, virtudes, frases o nombres de personajes. Podría empezar mañana otra vez La educación sentimental, y mirar con horror e interés los subrayados que le hice hace 22 años cuando la leí, deslumbrado y feliz, y al mismo tiempo avanzar ahora hasta el final sin tener la menor idea del desarrollo de la trama.
A veces me ha pasado que repito películas y las veo con pasión (incluso películas de suspenso, donde la gracia está en el desenlace sorpresivo) y no me doy cuenta de que ya las vi. ¿Cómo puedo darme cuenta de que me doy cuenta? Llevo o he llevado diarios, y alguna vez me pasó que apunté en el diario de 1985 un comentario sobre una película que yo pensaba, en el 2005, que acababa de ver por primera vez. Buscando un dato en ese cuaderno, leo lo que me había gustado 20 años antes, lo profundamente que me había impactado la película. ¿Y ese impacto profundo se disolvió en la nada? Qué depresión ante el tamaño de mi inteligencia.
Peor sería, dicen algunos, no olvidarnos de nada, pues siempre tendríamos presentes y torturantes, por ejemplo, los terribles desprecios y agravios que padecimos alguna vez. Pero eso me parece solamente un consuelo que a mí no me consuela. Además, a veces me pasa lo contrario: recuerdo sin querer un montón de cosas que quisiera olvidar, o al menos que no me interesa recordar. ¿Por qué no se me va de una vez de la cabeza una frase tonta que dijo el presidente Turbay hace 33 años? Ojalá tuviera un borrador de neuronas para sacármela de encima. Cómo me gustaría tener una memoria y un olvido que no dependieran de su capricho, sino de mi voluntad.
Hace apenas diez días Santiago Gamboa, que es una persona más culta que yo, me contó una anécdota que me había contado por lo menos una vez más -hace unos años-. En ambas ocasiones la anécdota me pareció absolutamente fascinante, mezcla de vida, libros raros, vanidad de los escritores. Pero aunque me la contó hace menos de dos semanas, ya hoy soy incapaz de repetirla completa y con todos los detalles. Y las anécdotas sin detalles no sirven para nada; son como un cuadro al que se le han borrado los colores, las sombras y las líneas. Quedan manchas. Esta anécdota tenía que ver con Juan Ramón Jiménez y con un grupo de poetas peruanos que -para obligar a contestar al poeta español- se inventan la identidad de una mujer. Y aquí me falta el nombre de la mujer, que era bellísimo, y el nombre del soneto que él le dedica a su muerte (pues los peruanos se ven obligados a matarla cuando el poeta dice que irá a visitarla) y por eso mismo la anécdota pierde espesor y ya no la puedo contar bien.
Un amigo que yo tuve se burlaba así de los desmemoriados que intentan contar una historia: “Hace como tres años estaba yo con mi esposa en Bruselas, o no sé, tal vez fue en Ámsterdam o en París, bueno, no importa, yo estaba con Patricia mi esposa y entonces fuimos a un restaurante como a la orilla de un río, o era un lago, o el mar, ya no sé, pero bueno, entonces pedimos un plato ¿cómo era que se llamaba, Patri? Era un plato como con verduras, o frutas, o tal vez era pollo, bueno, no me acuerdo bien, supongamos que fuera pescado, y entonces, entonces, ¿Qué fue lo que pasó, mi amor? Bueno, sigamos. Resulta que yo le dije a Patri, no sé bien qué le dije, pero entonces ella se puso, no me acuerdo bien si brava o contenta, pero el caso es que me contestó, ¿qué fue lo que me contestaste, mi vida?”
Así estoy yo.

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