Viene el señor Tobias Wenzel, que es periodista y está preparando un libro en el que los escritores se preguntan y se responden a sí mismos algo. Lo acompaña una fotógrafa, Carolin Seeliger, con unos inmensos ojos azules bordeados de negro. Las cosas que uno se pregunta a sí mismo son muy distintas a las que preguntan los demás. “¿Cómo te llamas? ¿Dónde naciste? ¿Qué haces? ¿Dónde vives?” Uno nunca se pregunta esas cosas porque ya las sabe. Una de mis peores pesadillas es que un día me despierte y no me acuerde de mi verdadero nombre. Ha habido casos de locuras así, y a un tío abuelo mío le pasó: se levantó preguntando, “¿quién soy yo?”
La verdad, en todo caso, es que uno vive hablando consigo mismo, y preguntándose cosas. “Converso con el hombre que siempre va conmigo”, dijo Antonio Machado. Tal vez lo que el señor Wenzel pretende es que uno se haga la pregunta que quisiéramos que nos hiciera un periodista o una mujer que nos interesa. En tal caso siempre se piensa en una pregunta que nos haga quedar bien porque sabemos la respuesta y con esta podemos hacer lo que en italiano se dice “una bella figura”, es decir, podemos lucirnos. Si fuera por la “bella figura”, me gustaría que me preguntaran si me sé algún poema de memoria y entonces me pondría recitar de corrido durante media hora, como un rapsoda homérico.
Sin embargo, si uno es sincero y quiere que le hagan realmente una buena pregunta, tendría que ser una pregunta fundamental que nos ayudara a aclararnos alguna cosa íntima a nosotros mismos. Algo que fuera interesante para sí mismos, y quizá también, por extensión, para los demás.
En tal caso me preguntaría, creo, algo que ni yo ni los otros pueden saber muy bien. Por ejemplo: “¿Por qué esa sed de cambiar radicalmente de vida cada tres o cuatro años?” Santiago Gamboa siempre me ha dicho que yo me he pasado la vida tratando de empezar una nueva vida. Ahora que me hago esta pregunta ante Tobias Wenzel, o que me lo pregunto gracias a su sugerencia de preguntarme algo, la pregunta coincide con que acabo de empezar hace apenas cinco días una nueva vida en Berlín. Y me siento feliz, renovado, como recién nacido. Volver a nacer es una sensación liberadora, maravillosa, da esa limpieza del alma que dicen que nos concede el agua bautismal. Todas las paredes del apartamento donde vivo están pintadas de blanco, y no hay ni un solo cuadro. Así mismo me siento, como estas paredes blancas.
Yo reconozco el valor de la rutina y sé que muchas cosas hay que volverlas rutinarias para poder soportarlas. Bañarse, afeitarse, limpiar las gafas, ir al banco, lavar la ropa o lavar los platos… Lo obligatorio y aburrido hay que volverlo rutinario y hacerlo siempre, en la medida de lo posible, a la misma hora. Yo voy al baño y me lavo los dientes siempre a la misma hora. Pero el resto de las cosas de la vida, las agradables, las intensas, detesto que se vuelvan rutinarias.
¿Cuántos años se pueden vivir al lado de una misma mujer (o de un mismo hombre) sin que la vida se vuelva un infierno? ¿Cuántas veces a la semana se pueden comer frisoles o pasta o pizza sin que nos empiece a dar asco? ¿Cuántas veces se puede mirar el mismo cuadro? A los cuadros hay que cambiarlos de pared por lo menos una vez al año si queremos volver a verlos. Con el paisaje no ocurre lo mismo porque el paisaje siempre cambia: los árboles crecen, se les caen las hojas, dan frutos o florecen, el río se seca o se desborda, el cielo va variando de color… También las caras cambian, pero casi siempre para empeorar, y esa metamorfosis no agrada.
Entonces el cambio de vida cada cierto tiempo, pasarse de casa o al menos de cuarto, aprender un idioma, conocer nuevas personas, irse a vivir a otra ciudad, a otro país o al menos a otro barrio, eso que para algunas personalidades es un desastre porque desacomoda su vida, a mí en cambio me da una sensación de libertad, de arrebato, de que algo se renueva fuera y dentro de mí. No creo que sea una huida, como dirían los psicoanalistas, sino una búsqueda, una búsqueda que no tiene ningún objeto preciso. Los que tenemos la tendencia a aburrirnos cuando algo se nos vuelve hábito, necesitamos estas pequeñas revoluciones. Al cabo de un tiempo todo vuelve a lo de antes, y hay que volver a empezar, la piedra de Sísifo vuelve a rodar por la pendiente del aburrimiento, pero mientras tanto, mientras subimos la piedra, el tiempo pasa de un modo distraído, más suave, más ameno.
Después de que le contesto lo anterior a Tobias Wenzel, la fotógrafa de ojos azules, Carolina Seeliger, me toma una foto con una cámara al viejo estilo, con caja de acordeón e imagen que se ve invertida en la cara posterior de la cámara oscura. Ella enfoca mis ojos, dice, mientras yo me concentro en los ojos de ella, azules con borde negro. Si me hubiera quedado en Medellín no hubiera tenido nunca esta experiencia, sencilla y bonita a la vez, que me llena de felicidad el resto del día.

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