Y es que la India es un país de personajes particulares, peculiares e insólitos. Que se quedan estáticos mirándolo a uno sin verguenza en el bus; que vuelven en las pesadillas; que tienen una uña más larga que las demás; que en realidad no se ven malos ni feos sino tan normales que son raros. En la India es normal ver hombres mastubándose en un parque, un vendedor de cajas de dientes usadas, un niño que sabe quién es Juan Manuel Santos, un dentista que tiene un grupo de rock cristiano y un taller improvisado en la calle para arreglar cepillos de dientes. La India es un país de detalles inimaginables. 
 
Todas las rarezas que se encuentran tienen una expliación histórica y cultural difícil de entender para nosotros, los occidentales. Pero que los tipos que escriben su nombre en un grano de arroz son raros, no hay duda.
 
El arroz es una institución milenaria, y uno de sus artes es éste: coger un delgado y diminuto grano de basmati y delinear con un punzón el nombre de su amado o amada. Después, con el color de su preferencia, resaltar las letras, que pueden ir en hindú, chino u occidental, como ellos llaman todos los idiomas que se escriben con nuestros caracteres. Cobran 10 rupias por una joya, lo que da para dos tés.  

 

¿Cómo termina uno siendo artista de nombres en granos de arroz? El hombre de la foto vive en Bombay, la inmensa y cosmopolita capital económica de la India. Tiene dos celulares y una scooter, donde carga su mesa, sus herramientas, sus pinturas, su aviso, y el arroz, que no compra en el mercado sino recibe de la plantación que la familia de su madre tiene en Karnataka, un Estado aledaño. Le enseñó uno de los amigos que tuvo en el barrio donde creció, Matunga, a donde nunca volvió porque sus papás se separaron, cosa muy mal vista en este país. El papá del amigo, que se graduó de la Escuela de Bellas Artes de Bengalore, también era pintor en arroz y tenía una colección con los nombres de todos los presidentes de Estados Unidos. En la sala de su casa hecha con ladrillos de barro en Matunga, recuerda el señor de la foto, el papá de su amigo también tenía un museo casero con arroces donde estaban escritos los nombres de las novias de James Bond. Cobraba 15 rupias la entrada, más de lo que paga un indio por entrar al Taj Mahal, 10 rupias.   

Cada país tiene su forma de escribir su historia, y la de los indios no es más que uno de los detalles de desvelan su ser, abstracto, rarito, chistosito, cursi y, de nuevo, milenario.

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