Tanto en Túnez como en Egipto, los gatos están por todos lados y son los dueños absolutos de las ciudades. Con una botella llena de agua y un agujero en la tapa, los meseros de los restaurantes los espantan, porque se montan en las mesas y los sillas. La gente, sin embargo, adora a los gatos y nos les importa que, después de haberse restregado en el basurero, se sienten en su silla, su ropa o su cama. Yo, por mi parte, como buen colombiano que soy, cobarde y miedoso, los odio con toda mi alma y los espanto y les pego con ruidos y patadas.


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