*Publicado en la revista Cartel Urbano. www.cartelurbano.com

La noticia de la toma de Las Delicias me cogió en plena fiesta con los de la universidad. Era 1996, y por esos días pasarla bien con bajo presupuesto era más importante que la inoperancia del gobierno permitiera que la guerrilla matara a 31 soldados, hiriera a 17 y secuestrara a otros sesenta.

Tampoco le puse cuidado a la masacre de El Aro, un año después. Es que los muertos fueron apenas quince, y para rematar, campesinos. Tan poca inquietud me causó, que para las elecciones presidenciales de 2002 hasta pensé en votar por Uribe, pese a ser sospechoso de haberle dado una mano a los paramilitares que la cometieron.

Eso sí, debo decir que en ese mismo 2002 vi en cine El aro, y del susto no pegué el ojo en tres noches.

La matanza de La Gabarra me cogió más grandecito, pero ya con la piel curtida y la indiferencia bien instalada. Fueron 34 los campesinos asesinados a sangra fría, si no estoy mal, víctimas de ocasión de la lucha entre guerrilla y paramilitares. Ojeé los titulares en la prensa y me fui a jugar un partido de fútbol. Perdimos 2-1.

El asesinato de Pepe, el hipopótamo (¿Pepepótamo?) me agarró con una separación encima y un blog en internet donde lamenté el episodio. Al parecer también me sorprendió hecho un huevón, porque no sé a qué horas me salieron palabras sentimentales al respecto, y hasta terminé protestando en un parque junto a cien personas igual de cursis a mí. Semejante ridiculez era sólo comparable con aquella vez que unos adolescentes se fueron a la Embajada de Francia en Bogotá para protestar por las pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa, mientras en Colombia la violencia nos asfixiaba en silencio.

Lo que sorprende del asunto de los hipopótamos es que Pablo Escobar tuviera como rival a Los Pepes –Perseguidos por Pablo Escobar–, pero que Pepe, que no era miembro fundador del grupo, fuera una de sus mascotas más queridas. Lo demás es pendejada.

Fue un facilismo, una barbarie si se quiere, haber cogido a tiros al animal, pero se trató apenas de una anécdota pequeña. Nos dibujó de pies a cabeza como país, aunque no por eso deja de ser un mal menor.

Vemos las noticias con pavorosa frialdad. Desaparecidos del Palacio de Justicia; civiles soachunos con retraso mental que aparecen muertos en Norte de Santander y son rebautizados como “Falsos positivos”, nombre tan absurdo como el país donde son asesinados; militares hostigando a los ciudadanos que deberían proteger; políticos de apetito voraz haciéndose pasar por servidores públicos. Nadie dice nada. Siempre hay una rumba, un partido de fútbol, un polvo pendiente, un dinero por debajo de cuerda que impide quejarnos.

Hacemos oír nuestras voces  por unos hipopótamos, pero nos callamos por los pobres hijuepútamos que mueren a diario. La moraleja de todo esto es que para que lloren, luchen y marchen por uno, no se puede ser campesino, ni pobre, ni campesino pobre, como nace la mayoría. Toca ser hipopótamo, o atolón. O en el peor de los casos, Ingrid Betancourt.

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