Siempre es bueno encontrarse con gente que viene de afuera para airear un poquito la mente y diversificar las posibilidades. Porque en esas ando: diversificando ingresos, como dice un amigo, poniendo mis huevos en distintas canastas —y, claro, probando los huevos de las distintas canastas que me encuentro por ahí—. Y ando en esas desde hace más o menos dos fines de semanas, cuando amanecí en la casa de un desconocido (uno de esos amaneceres en los que uno se despierta con una vaga noción de lo que había pasado la noche anterior, un terrible dolor de cabeza y una pequeñita vergüenza por no conocer las reglas de la casa —y la cama— en que se despertó), y el personaje me quedó gustando. Pero por ahora no voy a hablar de eso: hemos hablado un par de veces desde entonces, hace ocho días se fue de viaje y no hay novedades dignas de registrar.

Debo admitir, sin embargo, que para quitármelo de la cabeza, lo único que he hecho es salir con otros tipos (psicología inversa o lo que sea) y puedo decir que en un fin de semana he conocido a más hombres de los que conocí en los dos meses anteriores. El jueves, fue Andrés (amigo del novio de una amiga) que llegó a Armando Records en la 85 dizque con "ganas de lo que fuera" y en menos de dos horas me pasó unos cinco vasos de vodka llenitos. Y yo: besitos y nada más. El viernes en Penthouse, también en la 82, de la nada apareció un tipejo que aparentaba unos 28 años —después me enteraría que tenía 40, no por él sino por una amiga que es esposa de la prima de yo sé quién; ella también me dijo que "ese tipo es una cafre, siempre llega a todas partes con una vieja distinta"—, bailamos un rato, y como estaba enguayabada y el tipo un poco insistente, después de concederle una pieza erótica al son de Kinito Méndez lo mandé al carajo. Y el sábado me encontré con un viejo polvo de la universidad que desde hace 4 años vive en Nueva York, donde está terminando un doctorado en Literatura y minorías (o alguna extravagancia posmoderna), y al que a pesar de todo todavía le tengo mucho cariño. 

En sus cartas varios lectores me han preguntado que cómo me gustan los tipos a mi. Bueno, llegó la hora de responderles, a partir de la extraña conversación que tuve con mi amigo neoyorquino a quien llamaré David. Después de tomarnos un par de cervezas, de desatrasarnos en detalles nimios (el trabajo, la soltería, algunos libros), empezamos a hablar de sexo —él es una de esas personas con quién todos los caminos llevan al sexo— y me empezó a contar sobre sus experiencias: una novia que tuvo, mayor que él, que para seducirlo tocaba chelo empelota por las mañanas; cómo se ha convertido en blanco de la coquetería gay de varios dominicanos; sus polvos con una feminista activista (y las reglas que ellas tienen para tirar: nada de ponerse en cuatro, nada de misionero, nada de nada); y cómo no, el éxito que últimamente tienen en esas latitudes los hombres con un dejo homoerótico (ciertos gestos y gustos que muchos de ustedes consideran de maricones: la cruzada de pierna, una leve fractura de muñeca, la pulcritud de los metrosexuales acompañada de cierta sensibilidad femenina). Mi amigo, aclaro, no lo tiene. Y ese, precisamente, es el prototipo de hombres que me encanta. Por eso, mientras él intentaba cruzar sus gruesas piernas sin mucho éxito (me diría después que le era físicamente imposible, que se le subían las guevas), intenté explicarle cuál es la magia del homoerotismo.

Después de todo, para seducirme (bueno, eso creo) me han desfilado en kimono mientras cantan al son de un tal Falete (el Rafael del flamenco; por favor, ¡vean sus videos en youtube!), varios de mis noviecitos de colegio decidieron que serían gay después de vivir un tiempo por fuera del país (por momentos he creído que es una especie de maldición. Y no. Ahora sé: mi pasión por lo homoerótico es lo que ha desviado mi camino); y algunos incluso me han dicho entre sábanas que son bisexuales (en realidad me da lo mismo y admito que me encantaría verlos en plena acción con otro man si después me dejan participar). La magia de lo homoreótico radica en un sencillo argumento: muchas mujeres a veces lo confundimos con la sensibilidad femenina con la que tanto nos identificamos, que supuestamente hace que los hombres en vez de querer ser los protagonistas de toda novela sean buenos oyendo nuestras historias y que nos entiendan cuando nos dan esas "molestas cosas de mujeres" como la regla.

En la mayoría de casos, esta percepción no más que una falacia, como ocurre con la mayoría de estereotipos. Pero hay algo en que el homoerótico nunca falla: la estética y el refinamiento. Físicamente, detesto al prototipo de hombre peludo y musculoso. Y aunque no tengo un tipo de hombre definido, me encantan los hombres que le ponen atención al detalle, que quieren romper las reglas y si lo hacen con su físico y gustos sexuales, tanto mejor: me siento plenamente identificada. (Un dato: un psiquiatra alguna vez me dijo que en mi pareja yo buscaba la imagen de madre. Perro les aseguró, no soy lesbiana: mi madre fue, ante todo un padre. Hagan las cuentas).

Por fortuna, no me cierro a las posibilidades —Colombia es un desierto si lo que se busca son hombres de estirpe homoerótica—: el domingo amanecí entre las gruesas piernas de mi bello David y esa tarde, en un asado, me vi con Andrés, el de Armando Record ¿se acuerdan? Nos cruzamos un par de miradas despachadoras y fin del asunto.

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