La Justicia es una de esas cosas a la que le damos carácter humano para poder echarle la culpa de nuestros defectos.

De ella decimos que cojea pero llega, y que es ciega, curiosa metáfora para decir que trata por igual a todos los hombres. De la forma en que yo lo veo, ser ciego es un defecto antes que una virtud. Y encima, es mentira que esa señora sea ciega.

Pero supongamos que la Justicia es en efecto ciega y coja. Pues yo creo que es caprichosa también. Es capaz de convertir en delincuente a aquel que hasta ayer le decían Doctor, como le acaba de pasar a José Miguel Narváez, ex subdirector del DAS, sospechoso de ser el autor intelectual del asesinato de Jaime Garzón.

Para la Justicia es posible también redimir al delincuente más temido. Mientras La Quica paga cinco cadenas perpetuas en Estados Unidos por el atentado al avión de Avianca en 1989, el ex Fiscal Gustavo de Greiff afirma que es inocente del crimen. De ser cierto, Dandenys Muñoz Mosquera no se convertiría en una buena alma de Dios, pero se quitaría de encima unas tres cadenas perpetuas como quien se quita la piyama para meterse a la ducha, calculo alegremente. Algo es algo.

Además de ciega, coja y de sufrir un serio trastorno bipolar, es retrasada mental. Solo así se explica que el gobierno francés haya esperado a que se suicidaran veinticuatro personas de una misma empresa para tomar cartas en el asunto, y aun así no echar al presidente de la compañía, y de ahí para abajo a cuantos fueran necesarios. Pero no hay que echarle la culpa a los dirigentes franceses, sino a la Justicia. De haber dependido de ellos, hubieran hecho todo lo necesario por evitar la tragedia. Seguro.

Por andar pensando en la Justicia y otras huevonadas casi me atropella un carro mientras esperaba a que cambiara un semáforo. No fue imprudencia mía; el sujeto que casi me lleva por delante se lo había pasado en rojo. Aun así, me gané su insulto.  

Como ya tenía el cerebro aceitado, me puse a hacer cuentas. Son unos cuatro los carros que en este país se vuelan un semáforo cada vez que cambia de color. Si multiplicamos esa cifra por el número de semáforos que hay y por el número de veces que cambian de verde a rojo, debe dar una escalofriante cifra de decenas de miles al día, vuelvo alegremente a calcular.

Cada vez que trato de adivinar la cantidad de dinero que por concepto de multas de tránsito podrían recibir nuestros campesinos vía Agro Ingreso Seguro, me dan ganas de llorar. Solo me consuela la imagen de Valerie Domínguez feliz, recorriendo sus tierras, con la réplica de la corona que le queda a cada mujer que ha sido señorita Colombia bien ceñida a su cabeza.

Un estudio de la Universidad de Los Andes afirma que en Bogotá por cada 200 infracciones solo se ponen seis comparendos. Yo creo que la cifra –de comparendos, no faltaba más, es mucho menor-, pero de haber sometido mi caso ante un juez, seguro habría exonerado al que se pasó el semáforo en rojo y me habría puesto una pena como si hubiera volado yo el avión de Avianca

De manera que la Justicia ya no solo es ciega y coja, y bipolar, y tarada, sino que también es daltónica. La muy puta.

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