En las playas de Goa, el estado más pequeño de la India, en la costa occidental, hay filas de palmeras, restaurantes de pescado frito con meseras rusas y suficientes asoleadoras para las pocas personas que habitan las inmensas playas. También hay unos tipos que le limpian los oídos.

 

Es una de las experiencias típicas: que un señor lo pare en la playa, haga como si le sacara un mugre hediondo de la oreja, y lo convenza de que es suyo y de que su sistema auditivo necesita ser aseado por sus científicas manos y herramientas. Acto seguido, el señor le muestra una licencia del Instituto de Audición de la India que lo certifica como limpiador profesional de oídos.
 
Empieza en 500 rupias (10 dólares que alcanzan para 5 almuerzos decentes, o un trayecto de 24 horas en tren, o una noche en un hotel con televisión, o 100 paquetes de galletas) y termina en 50 (lo mismo que valen 10 latas de Coca Cola). Saca un maletín de cubierta dura, donde guarda los aceites, copos de algodón en palo de metal reciclado y demás herramientas que usará en la operación.
 
No contento con haberlo convencido de hacerse la cirugía, Rahish, nombre que delata su botiquín, saca cantidades irreales de mugre café, negro y rojo, como si fuera posible que, primero, uno no se haya metido el dedo o un copo de algodón en 30 años, y que, segundo, uno pudiera sacar de la oreja lo mismo que saca de una caneca.

Es decir, hablamos de un chiste por el que uno paga con la excusa del mugre de sus oídos; de una vil parafernalia para sacarle plata al extrajero. Como todo -o, bueno, casi todo- en la India.


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