El reality más famoso de la bobósfera entra a su recto final. Siete escritores colombianos resistieron las más duras pruebas, desde escribir un cuento de una sola frase hasta tener que oír a Isabella Santodomingo todos los días, dejando por fuera del camino a figuras tan reputa(da)s internacionalmente como Gabriel García Márquez y a otras sin la menor reputación como Miguel Ángel Manrique, el eliminado de hoy. Aunque alcanzó a trabar amistad con Gabriel Ruiz-Navarro –el único concursante tan desconocido como él–, en realidad nadie notó su salida del programa, ni siquiera porque por fin se fue el olor a lana virgen de la casa editorial estudio. A su regreso a Bogotá, Manrique fue recibido con un disturbio de los encapuchados poéticos del ESMAD, en el que hubo un lacrimógeno recital de poesía de Anthony.


Sin embargo, nuestros más suspicaces seguidores, más suspicaces que los de la Pola Verde, se están haciendo unas válidas preguntas: ¿por qué si Santiago Gamboa tenía la misma votación aún continúa en la casa editorial estudio? ¿tendrá esto algo que ver con que el jurado fuera Mario Mendoza? ¿Será que Gamboa compró su permanencia así como se dice que ha comprado varios de sus premios literarios? Como la televisión es igual a la realidad colombiana, esto sólo se sabrá dentro de 20 años, cuando los culpables sean unos ancianos que puedan pagar geriátrico por cárcel. Y, mientras tanto, todo sigue. Por eso, es hora de centrarnos en los ganadores de la impunidad.

A pesar de sus claras diferencias, el dandi de Teusaquillo, Andrés Hoyos, y la pantera rosa de El Poblado, Jaime Espinal, celebraron su impunidad colectiva compartiendo lo único que los une: la in-mensa pretensión de ser escritores. Por primera vez en el tiempo que llevan en el set, pasaron del saludo y se dedicaron a medir sus egos, a ver quién viene de la familia más pudiente, quién ha trabajado menos, quién conoce a más gente importante, quién ha pasado más tiempo en Nueva York y quién llama más la atención: el que grita por todo o el que se viste raro. Al final, se quedaron dormidos cuando intercambiaron sus libros e intentaron leerlos.

Mientras tanto, las emocionantes emociones del
Desafío Literario continuaron: gracias a la nueva alianza mediocrática de La Bobada Literaria y SoHo, los más inteligentísimos escritores tuvieron que volverse periodistas y hacer una genial crónica al estilo zonzo. El jurado, por supuesto, es Daniel Samper Ospina, quien por primera vez desde que asumió como director de FloHo va a leer algo de lo que escriben sus autores. Eso sí, de su incipiente calva sacó las maravillosas ideas que les propuso a los concursantes: Andrés Hoyos tendrá que vivir sin asistente personal por un día, Efraím Medina ser burra por un día, Gabriel Ruiz-Navarro quitarle el guión a su apellido por un día, Jaime Espinal ser escritor por un día, Mario Mendoza investigar un verdadero complot por un día, Ricardo Silva pasar un día sin ir a cine y Santiago Gamboa ser un dermatólogo por un día. Era eso o conseguir que Karim Estefan lograra una buena foto sin ayuda de Photoshop, razón por la cual todos decidieron, al unísono, escribir las espectaculares crónicas que publicamos a continuación.

Andrés Hoyos
SIN ASISTENTE POR UN DÍA

Cuando se me propuso el tema presente, ¿cómo es un día sin su asistente?, de inmediato una cáustica voz interior, que suele meterme en problemas, respondió: ¿inexistente? Para nada: todos los asistentes se parecen. Luego pensé que un día de estos mi asistente podría darme arriesgados consejos sobre entuertos como hacer mercado y que entonces se verá que el abanico de posibilidades manuales es inmenso. Retiro, por lo tanto, mi primera respuesta. Pero empiezo por decir que hace años dejé de mercar. Pero sí, durante la prolongada adolescencia pasé por dos o tres supermercados, así que me sentí en relativa capacidad de hacer uno. Pero al llegar comprendí que ese lugar era lo menos indicado para desplegar mis habilidades. No supe dónde estaban los carritos esos que quién sabe cómo se llamarán, ni la extraña disposición de las secciones, ni por qué tenían que estar los dependientes de las cajas uniformados. No pasé dos segundos en el lugar y ya me estaba refugiando en el asiento trasero de mi camioneta, sin conductor a quién decirle que me sacara de ese infierno. Contarles la tropelía para llegar a mi casa es inútil. Pero el final de este cuento es que, al día siguiente, mi asistente estaba despedida.

DSO: Oiga, no, eso sí que no. Mándeme la hoja de vida de ese personaje, que acá andamos buscando un reemplazo en redacción.

Efraím Medina
UN DÍA COMO BURRA

No creo en la fidelidad como una regla o un argumento, creo en la posibilidad de que el amor siempre tenga la posibilidad de surgir o inventarse. Traicionar y ser traicionado es parte de la vida emocional y me resulta grotesco y patético la forma como se sobrevalora la traición amorosa cuando se ejerce con una burra. El amor es una forma de comunicación y de conocimiento del mundo a través de lo que sentimos por quien amamos y de nosotros mismos a través de la mirada de quien nos ama, lamentablemente como burra no es mucho lo que haya podido mirar a los ojos a mis amantes. Pero si un hombre no entiende la dimensión de una burra merece ser traicionado una y mil veces. Fue la desobediencia de la mujer la que en buena hora los mandó a las garras de una burra, que en este caso fui yo. El amor no puede ser un tiquete de regreso al Paraíso, debe ser delirante y desnivelado, debe llevar al vértigo y al naufragio, y eso como burra sí que lo entendí. Volvería a amar como burra todas las veces que fuera necesario, para entender cada vez más lo que es el amor.

DSO: Efraím, sigues siendo tan raro como desde el principio. Eso de hacerse el burro y sentir el amor supera al mismísimo Bukowski. Ya no tienes que seguir intentando ser como él.

Gabriel Ruiz-Navarro
UN DÍA SIN EL GUIÓN DE MI APELLIDO

Basuras, basuras barrían el viento y la lluvia por las calles desérticas. Y a todo el que me presentaba, poco le impactaba. Es extraño cómo cambia todo con un guión. Una película no existiría sin un guión, un diálogo no existiría sin un guión. Yo no existo sin ese guión. Sin él, no soy más que Gabriel Ruiz, un nombre que podría ser el nombre de un contador público, un secretario privado, un vendedor de hamburguesas recorriendo en su bicicleta la inquietante ruta que dibuja una recta desde Chapinero hasta el Centro. Sin guión no hay nada. Me gustaría tener un guión para escribir esto.

DSO: Eso no es problema, Gabo. Para nuestra edición de amor y amistad te diremos sobre qué escribir.

Jaime Espinal
UN DÍA COMO ESCRITOR

Durante la inserción en "lo que es" la escritura, he llegado a convencerme, sin duda alguna, de una sospecha que sé que la mayoría de ustedes también ha tenido en algún momento de la vida: no soy escritor. Ha habido un error histórico imperdonable que nadie hasta ahora se había encargado de desmentir. Y es que mi historia no es el relato de lo que sucede, sino de lo que nunca sucederá. De ahí que algún desequilibrado se haya confundido y me haya dado un premio de literatura. Afortunadamente, aquí estoy yo para corregirlo. La duda siempre estuvo presente (aunque de manera inconsciente) y se anidó en alguna parte del almacenamiento cerebral hasta que por fin, en un acceso de erudición infinitesimal, se despejó la ecuación y salió a la luz la certeza de la que ahora, luego de rascarme y de rascarme más y un poco más y más, estoy plenamente convencido.

Espinal no era un escritor.









Era un payaso.

DSO: Por primera vez en mucho tiempo no hizo falta que nuestros redactores le escribieran el testimonio a alguien que no escribe.

Mario Mendoza
UN DÍA INVESTIGANDO UN VERDADERO COMPLOT

Un día de 1986 estaba terminando una tesis de grado sobre los rincones y callejuelas de Teusaquillo, mi director de tesis estaba en Estados Unidos (no había entonces Internet) y dependíamos de la terrible mafia del tráfico de libros de los viajeros que viajaban. Me enviaba una buena bibliografía desde Estados Unidos y en algún momento se me acercó un sujeto que tomaba clases con nosotros en el Departamento de Literatura de la Universidad Javeriana de Bogotá y me pidió compartir bibliografía. Yo me aterré, porque en los ojos se le veía como una posesión diabólica. Y claro, él estaba escribiendo una tesis de grado sobre el doctor Jekyll y Mr. Hyde. Esa presencia demoniaca fue la misma que irrumpió por la puerta de madera de un restaurante y masacró a un grupo de comensales en Pozzeto, nombre que paradójicamente remite a posesión. Una posesión posesiva, penetrante y turgente que se convirtió poco a poco en el libro que lo explicaría todo, con el nombre del rey de las lóbregas tinieblas del Hades, los abismos abismales del infierno y el fuego que quema y consume: Satanás.

DSO: Mendoza debería estar quemándose en el infierno. Aunque, pensándolo bien, una prosa tan rimbombantemente rimbombante como la suya debe salir de alguien que sufre tanto que no tiene tiempo para pensar.

Ricardo Silva Romero
UN DÍA SIN IR A CINE

Tengo que aceptar esta crónica. Tengo que hacerlo, aunque me duela. Pero no pude, aunque tal vez esta sea la crónica. En lugar de levantarme a vivir un día sin ver películas era preferible probar por primera vez en mi vida una droga, así que llamé a mi amigo Afanador para que me recomendara lo más fuerte que conociera para dormir. Tres mareoles, fue su respuesta.

DSO: Un testimonio honesto de un columnista que, cada vez que no escribe de cine, se convierte en uno de los mejores del país.

Santiago Gamboa
DERMATÓLOGO POR UN DÍA

Se me pide un texto sobre los malestares físicos que les surgen a los varones en la década que va de los treinta a los cuarenta años, un camino que me dispongo a concluir a fines del próximo diciembre, situación que, supongo, me convierte en el perfecto testigo. Pero veamos. En esto de los achaques y malestares no queda más remedio que referirse a los propios, razón por la cual dejaré de lado aquellos que no padezco, como la alopecia, que suele atacar la coronilla de algunos congéneres a partir de los treinta años. Claro, existen casos agudos en los que la zona exterior del cerebro se despeja a mediados de la veintena, quedando una correa pilosa en la parte baja del cráneo que algunos resabiados dejan crecer y peinan con gomina hacia adelante, al modo de las capotas de los convertibles, con el inconveniente de tener que protegerla ante las mil vicisitudes de la vida diaria, la lluvia o el viento, lo que genera un tic nervioso y es el de estar tocándose constantemente la cabeza, un tocamiento que, según el psicoanálisis, muy bien podría leerse como el deseo de frotar zonas genitales o, como dicen los discípulos de Freud en España: de rascarse los huevos. Por supuesto que después de los treinta, año tras año, los guayabos son cada vez más largos y ya no basta un buen desayuno y en ocasiones ni siquiera un almuerzo bien trancado para librarse de ellos. Mucho menos de los remordimientos de conciencia que suelen acompañarlos y que lo hacen a uno desear haber nacido muy lejos, por ejemplo en Botswana. Pero, en fin, supongo que no fue para hablar de los guayabos que me cedieron esta página, asunto poco memorable y que no causa revuelo entre las musas, sino de las dolencias treintañeras. Así que pasemos a otra cosa.

DSO: El autor, claramente, evadió el tema. No me gustó mucho lo de la alopecia.

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