Epítetos le caen muchos: el Diez, el Diego, hasta D10S, pero mi preferido me lo dijo un amigo hace poco: gordo versero.

Es un gordo versero, un poeta del engaño. Haber sido uno de los mejores dentro de la cancha le dio carta blanca para hacer lo que se le diera la gana afuera de ella. Su fama y juventud lo llevaron a probar la droga, pero fue la incondicional idolatría de sus seguidores lo que lo convirtió en un adicto. Cada vez que le dicen dios, o alguien cuelga una pancarta que reza  “Maradona y once más”, es como si le estuvieran pasando una bandeja repleta de cocaína.

Como técnico no hizo ningún mérito para estar en la selección, salvo dirigir fugazmente y sin éxito a dos equipos en primera. No entrenaba mucho, pero hacía unos asados bárbaros, según algunos de sus dirigidos. Eso fue hace década y media, cuando el fútbol era otro. Se desactualizó Arrigo Sacchi y lo hizo evidente en su ultima etapa en el Atlético de Madrid, no se iba a desactualizar él, que  nunca estudió, nunca hizo un curso; sus logros en la materia durante estos quince años fueron pontificar de lo divino y lo humano –él es un poco de ambos-, y jugar fútbol cinco.   

Como a Hugo Sánchez en México, le dieron la selección para que dejara en paz a todo el mundo. Su protagonismo sobreactuado sigue intacto, sin que a nadie le importe que ese sea precisamente el problema. Ya no es la selección de Argentina, sino la selección de Maradona (un hombre por encima de un país, ¿no es eso una dictadura?).

A Sánchez lo echaron en dieciocho meses, a él no le va a alcanzar el tiempo para dejar al equipo por fuera del Mundial. Lástima.

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