Boté a la caneca 31 horas de mi vida sin el más mínimo sentido de la consideración. 31 horas en Nueva York. 31 horas en dólares. A las 6pm del jueves con los Coreanos hasta las 3am del viernes. A las 8pm del viernes con los suizos hasta las 4am del sábado, cuando salí del quinto bar de la noche con los franceses. A las 10pm del sábado en un Halloween inventado por una compañía de fiestas llamada TheDanger, de la que salí a las 3am del domingo. Y el domingo, como si no hubiera sido suficiente, brunch desde las 5pm a punta de champaña con jugo de naranja –llámese mimosa– con la ecuatoriana. A las 3am del lunes, por último, estaba saliendode un bar de cocteles llamado Milk and Honey. Boté sin piedad 31 horas de mi vida. Porque no aprendí nada. Porque se me olvidó la mitad. Porque no hice nada productivo que contribuyera con mi futuro.

Y no me habría sentido tan mal si hubiera sido gratis. Pero tenía que pagar 273 dólares por 31 horas de improductividad. En el momento en que los gasté no pasaba por mi cabeza su significancia, hasta el lunes, cuando me levanté a la 1pm y cada dólar gastado se había convertido en un espasmo en la espalda que me estaba matando sin compasión. Me tuve que levantar de la muerte y algo tenía que hacer por mi idoneidad. Algo de lo que no me arrepentiría. Algo que tuviera un beneficio a largo plazo.

Busqué los libros más importantes de la historia de la lengua inglesa, tanto de ficción como de no ficción. Time tiene una buena selección, de 100, algo parcializada hacia Inglaterra. También existe una famosa de 1,000 realizada por The New York Times, que no solo es demasiado grande sino que no jerarquiza los libros. En todo caso, hice una lista personal, basando en otras dos o tres listas, y logré una selección interesante, con unos diez libros de ficción y otros diez de no ficción. Woolf, Larkin, Bukowski, Updike, Fitzgerald, McEwan y así.

Primero fui a una tienda de todo tipo de cosas usadas, entre microondas y faldas setenteras, donde tuve escarbar para encontrar un solo Tom Wolfe en una biblioteca de guías y libros de cocina. Ahí me atendió una negra de algo menos de 50 años, flaca, con gafas colgadas al cuello, que me vendió TheRightStuff por 3 dólares—por ser de tapa dura—.

En la cuadrasiguiente —2nd Ave. en el East Village—entré a una de esas tiendas de libros usados que parecen francesas, con gatos dormidos sobre las torres de libros, olor a café y un viejo cascarrabias al que, se sabe, uno nunca le debe dirigir la palabra. Tanto el guayabo de cuatro días como el dolor de la espalda me tenían inútil. Además, Bob Dylan en concierto a un volumen abrumador y los gatos pegados a mis pies no me dejaban concentrar. Por eso, no encontré un solo libro en media hora, hasta que le pedí ayuda al metalero que trabaja para el viejo cascarrabias. Le dí al de los pantalones apretados la lista, y—con ganas obvias de deshacerse de mí—encontró 6 libros. Thompson, Orwell, Joyce, Lessing, Eliot y así. Me senté sudando y me puse a comparar precios y escoger cuál me llevaba. Sin embargo, el hecho de haberle pedido el favor de que encontrara los libros al flaco de ropa negra me obligaba a darle propina o a comprarlos todos. Encima, mi falta de decisión y mi oscuro guayabo no me dejaban pensar en paz. Finalmente decidí, impulsivamente, comprarlos todos con los ojos cerrados, sin comentarle una palabra al viejo de guantes de cuero. Salí de la tienda con la maleta repleta de libros viejos, en buen estado en general, con un recibo de 36 dólares en la mano, el cual boté con rabia en una caneca.

¿Acaso me sentía mejor, como había pensado que sería? Por ningún motivo. Me sentía como si hubiera matado a un niño o le hubiera robado pan a un hambriento. No había posibilidad de que me sintiera peor en ese momento.Me había gastado 40 dólares después del exceso del fin de semana. El objetivo de hacer algo considerado me llevó a un escalón incluso más abajo del que estaba cuando me levanté el lunes. Cuando salí de la tienda,lo único que podía pensar era en la manera como iba hacer para gastar menos durante la semana, como comer arroz todos los días, o no comer, o dumplings de un dólar, o barras dietéticas con 300 calorías, o hielo, o McDonald’s todos los días; aunque eso ya sería un lujo.

El único libro que de verdad quería empezar a leer esta semana no había sido encontrado por el flaco de arete en la nariz. Y tuve, en mi medio de mi inconciencia, que entrar a Barnes and Nobel para encontrarlo en un par de segundos, y —en una acción de desmesura, inconsideración y estupidez—compré el libro. Era The Armies of the Night, de Norman Mailer, por 14 dólares. Tanta era mi depresión, mi profundo arrepentimiento, que la cajera de anillos en la mano y maquillaje lila me tuvo que preguntar qué era esa tristeza que veía en mis ojos. No pude ni quise responderle, y salí del edificio en el peor de los remordimientos. Me había gastado 50 dólares en libros en una hora, sin razón alguna, después de haberme gastado 273 en 31 horas improductivas.

Nueva York, sin embargo, es la ciudad de las oportunidades. Y tenía que encontrarme en Washington Square, en medio de un desasosiego que me impedía caminar con ritmo y oír música al tiempo, con un tipo de barba de cuatro días en una caseta anaranjada en la que colgaba un cartel que decía, “Book X Change: wegiveyoumoneyforyourbooks”.

Una fila de 15 estudiantes con maletas grandes esperaban con pacienciamientras el tipo de gorra verde y gafas de sol ochenteras cotizaba los libros, los escogía, y daba a los estudiantes billetes, que empezaban por los diezes y terminaban por los cienes. Así de fácil. Libros de todo tipo, la mayoría prácticamente nuevos y de texto, de esos que son un manual para seguir una clase, grandes, con texto objetivo y sin literatura, de los que valen más de 100 dólares y pesan toneladas, eran intercambiados por billetes en un par de minutos.

Hice la fila y le pregunté con voz cortada al tipo de pantalones anchos y celular morado cuánto me daba por algunos de mis libros. El que más me daba era el primero que había comprado en la tienda de la negra con cola de caballo: TheRightStuff, de Tom Wolfe. Porque era de portada dura y estaba en buen estado, el tipo me podía dar 5 dólares más de lo que yo había pagado, es decir 8. Lo mismo con Rabbit, Run, de John Updike, por el que me dio 10.

Salí satisfecho de Washington Square, preguntándome por qué rayos la gente vende los libros que tanto les cuesta leer y terminar. Poner un libro en la biblioteca, después de haberlo leído página por página, es como un trofeo que uno le da al mejor amigo que tuvo en la semana anterior. Pero acá no. Acá no se van a encartar con libros gigantes, llenos de filosofía política y citas de Kant. Acá van y los venden.

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