Soy Nicolás Cuervo, vivo en Chicago y soy publicista (sí yo se, otro publicista). Con muchos menos reconocimientos, premios, entrevistas, discursos, comerciales, empleados, presidencias ocupadas y millas que Ortiz.

Pero eso sí, soy más alto que él. Mido como uno noventa y eso es lo que importa.

Ok, escribo para contar lo que pasó el otro día.

Aclaro, primero me pasó a mi y luego yo hice que le pasara a él.

Caí redondito, no lo niego. Y lo primero que pensé era que se lo tenía que hacer a otra persona. Era un chiste genial e inesperado y lograr hacérselo a Ortiz sería doblemente genial.

La idea no era hacer caer a Juan Carlos si no hacer caer a Ortiz, la luminaria publicitaria colombiana multinacional summa cum laude.

Conozco a Ortiz desde hace varios años y pensé que ya se la sabía. Tengamos en cuenta que Ortiz ha ido a Chicago más veces que yo a Unicentro en mi adolescencia.

Le hice campaña de expectativa como es requerido. Que tenía que probar la Chocolate Shake más espectacular del mundo, que la vendían en Lincoln Park y que lo tenía que llevar como fuera. Lo tenía listo y ensillado. Fue un trabajo arduo, un trabajo de meses.
El chiste funciona de la siguiente manera. Uno le alimenta la ansiedad a la víctima con semanas o hasta meses de anticipación. Le insiste que hay una malteada que tiene que probar como sea.

La alimentada de la ansiedad ya estaba. Es que decirle a alguien a las once de la noche que vaya a tomar una Chocolate Shake no es fácil. Pero si uno ya ha hablado del tema con anticipación la víctima suele ceder más fácil.

Pues ahí estábamos. Mi esposa y yo (que ya nos sabíamos el chiste) y las víctimas (Ortiz y la esposa, que no tenían ni idea).

El lugar al que hay que llevarlos es una hamburguesería de medio pelo en Lincoln Park, un barrio bastante decente de Chicago. Imagínense el típico sitio nocturno al que uno iría con los amigos después de una buena rumba.

Ya estando ahí le digo a Ortiz que la Chocolate Shake vale veinte dólares. Que yo sé que es un poco cara, hasta para él, pero que no se va a arrepentir. El hombre por fin la pide y comienza a ocurrir como en cámara super slow motion lo siguiente:

UNO: La cajera del lugar (a la que uno le pide la Chocolate Shake) mira con risita a Ortiz. DOS: Apaga y prende la luz dos veces.
TRES: Da una vuelta completa medio bailando.
CUATRO: Se levanta el brassiere, se sube la camisa y le hace un Chocolate Shake a Ortiz pero de tetas.

La morena miraba a Ortiz que no entendía nada (cuando digo morena, me refiero a una gigantona levantadora de pesas con brazos que parecen muslos). Ortiz me miraba mientras yo me cagaba de la risa. Mi esposa se reía atrás mío y la esposa de Ortiz… muda. No entendía que estaba pasando. Las risas seguían mientras los melones retumbaban frente a nosotros. Fueron siete segundos infinitos de tetas con pezón tapa de Nescafé, con grumos, con celulitis y con manchas extrañas.

Luego, se las guardó como si nada y se puso seria.

 Pues señores, habíamos presenciado la Chocolate Shake. ‘Shake’ por lo de la batida y ‘Chocolate’ por el color de las tetas de la camajana.

Pero a pesar de semejante faena, Ortiz seguía con ganas de Chocolate Shake y  acabamos tomando la de verdad en un McDonald’s de por ahí. No me acuerdo cómo era la vieja que nos la sirvió pero si me acuerdo que no le miré las tetas.

Por último, espero que esta pequeña nota le sirva de inspiración a Ortiz para una campaña de brassieres con soporte anatómico o para que le proponga a los de McDonald’s lanzar una Chocolate Shake como esta. Seguro que los convence.


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